En los espacios donde se decide la seguridad de un país no siempre hay uniformes visibles ni fronteras físicas. A veces la defensa se libra en silencio, en redes que nunca descansan, en patrones que solo unos pocos saben interpretar. En ese territorio opera Myriam Sánchez, responsable del área de Inteligencia y Contrainteligencia de TRC, la compañía española que ha convertido la innovación y la soberanía tecnológica en su misión estratégica.
La inteligencia consiste en anticiparse a lo que todavía no ha ocurrido; la contrainteligencia, en impedir que otros penetren sistemas o erosionen infraestructuras críticas. Es un terreno donde la certeza es un lujo y lo imprevisible, la materia prima: decidir cuando no todo está claro, actuar cuando no todo se ve. Desde ese epicentro discreto, TRC diseña y despliega soluciones completas para proteger datos, fronteras y redes críticas, consolidándose como un activo tecnológico estratégico para España.
El trabajo de Myriam se desarrolla en un entorno donde la claridad es un privilegio escaso. “Nuestro objetivo es identificar los riesgos a los que se enfrentan nuestros clientes y ayudarles a desarrollar estrategias para defenderse”, explica. En un ecosistema saturado de información, su equipo actúa como un faro: separa lo esencial de lo irrelevante, descifra señales débiles y las transforma en inteligencia útil para quienes deben tomar decisiones críticas en defensa, seguridad o protección de infraestructuras estratégicas.

La “incertidumbre”, recalca Myriam, no es un obstáculo, sino un reto y el terreno de operaciones. “Podemos tener solamente un malware o una dirección IP”, cuenta. A partir de ese mínimo indicio comienza una investigación que recuerda a las viejas artes del contraespionaje, pero adaptada al siglo XXI: seguir rastros digitales, reconstruir movimientos invisibles, anticipar intenciones antes de que se conviertan en un ataque real. En su mundo, cada dato es una pista y cada pista puede evitar un impacto devastador.
“La velocidad es súper importante. El tiempo es crítico”
En defensa, el tiempo es un recurso estratégico. “La velocidad es súper importante, el tiempo es crítico”, subraya. Detectar una amenaza con antelación permite activar medidas preventivas que pueden impedir desde un sabotaje industrial hasta la disrupción de una operación militar. Su equipo puede invertir jornadas enteras conectando piezas dispersas, y aun así prefieren pecar de prudentes: “Es mejor un falso positivo que un falso negativo”. En su ámbito, el margen de error se mide en consecuencias, no en porcentajes.

Puestos virtuales
Entre las capacidades que han transformado la operativa de TRC destacan los puestos virtuales, una solución que redefine la forma de desplegar recursos en escenarios complejos. Myriam los describe como “la infraestructura mínima necesaria para coordinar y analizar en cualquier lugar”. No dependen de un edificio ni de un centro de mando tradicional: pueden activarse en un blindado, en un hospital de campaña o en un enclave remoto. La conectividad -5G, Starlink y otras tecnologías- se convierte en la columna vertebral que permite operar en tiempo real, escalar recursos y mantener la coordinación incluso en entornos hostiles.
Estas capacidades forman parte del ADN de TRC, que desarrolla tecnología soberana lista para actuar en escenarios reales: desde inteligencia artificial aplicada a la defensa de fronteras hasta la integración de sensores en emergencias naturales o la protección de redes críticas en Defensa, Interior o Sanidad.

Esta visión de soberanía tecnológica también se refleja en Frontek, la tecnología que diseñaron para controlar accesos en pasos fronterizos, puertos y aeropuertos. Concebida para Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, operadores de infraestructuras críticas e instituciones gubernamentales, simboliza la apuesta de la compañía por dotar a España de capacidades propias, robustas y adaptadas a los desafíos actuales. Es la evolución natural de un país que entiende que la seguridad no puede depender de terceros.
Abrir camino
Pero detrás de cada sistema hay personas. Y en un ámbito históricamente dominado por hombres, Myriam Sánchez ha abierto camino. Su relación con la tecnología empezó mucho antes de llegar a la defensa. De niña, cuando los ordenadores aún no estaban al alcance de todos, descubrió la programación a través de los videojuegos: quería entender cómo se construían, cómo funcionaban, cómo podía crear los suyos. “Me llamaba muchísimo la atención poder desarrollar algo y programar algo para obtener un resultado”. Aquella curiosidad la llevó a estudiar Informática y, con el tiempo, a descubrir que lo que realmente le apasionaba era la ciberseguridad y la protección frente a ataques. Hoy, ironía del siglo XXI, también parte de su trabajo pasa por analizar lugares inesperados: conversaciones que se mueven en mundos virtuales e incluso, en juegos online.
Cuando llegó a TRC, no había ninguna mujer en el área de inteligencia y contrainteligencia, fue la primera y abrió camino a un área en el que ya son seis entre informáticas, ingenieras o criminólogas, un reflejo de cómo la contrainteligencia moderna exige perfiles híbridos capaces de unir análisis técnico, pensamiento crítico y comprensión operativa. Su crecimiento profesional se sostiene sobre tres pilares: curiosidad, constancia y aprendizaje continuo. Y su mensaje para otras mujeres que quieran entrar en este sector es directo: “Que no se autoexcluyan, que la defensa necesita talento diverso y que este ámbito ofrece oportunidades tan exigentes como estimulantes”.
Diseñar en contacto permanente
En TRC, la inteligencia no se diseña desde la distancia, sino en contacto permanente con quienes la necesitan. “Tenemos que validar continuamente que lo que desplegamos cumple con las expectativas y resuelve necesidades reales”, afirma. La misión no es solo detectar amenazas: es garantizar que las soluciones funcionan en escenarios operativos, bajo presión y con impacto directo en la seguridad.
Cuando se le pregunta qué es lo que más le apasiona de su trabajo, Myriam no duda: “Me encanta identificar qué hacen los malos y cómo puedo llevarlo a mi terreno”. En esa frase se condensa la esencia de la inteligencia y la contrainteligencia moderna: anticipar, desactivar, proteger. No es solo análisis técnico; es estrategia, visión y la capacidad de adelantarse a quienes buscan causar daño.
Hoy, la seguridad ya no se mide en fronteras ni uniformes. Se juega en redes que nunca descansan, satélites que vigilan desde el cielo y sistemas que se extienden más allá de lo visible. Profesionales como Myriam Sánchez operan en ese mundo invisible, neutralizando amenazas que podrían paralizar infraestructuras críticas o poner en riesgo operaciones estratégicas. Su trabajo pasa desapercibido, pero sostiene la estabilidad de un país con algo más poderoso que la fuerza: inteligencia, precisión y una determinación inflexible por proteger la soberanía tecnológica de España.
