Anna llegó a Finlandia hace 14 años. Lo que iba a ser una estancia temporal acabó convirtiéndose en una vida entera en el país. “El viernes pasado hizo 14 años que llegué”, cuenta. Su idea inicial no era quedarse tanto tiempo: tenía un contrato de un año, pero en ese periodo conoció a quien hoy es su marido y decidió establecerse allí.
Antes de Finlandia ya había vivido en otros países y antes de llegar, Anna pensaba que Finlandia se parecería mucho a Noruega, tanto en el paisaje como en la forma de ser de la gente. Dice que esa idea era “muy, muy equivocada”. Las diferencias le llamaron la atención desde el principio. “No se parece en nada, en Finlandia el clima es muchísimo más duro porque no tenemos una corriente del golfo. Muchísimo más frío”, afirma.
Sin embargo, ese cambio no fue negativo. Al contrario: asegura que eso le gustó “mucho más”. Según explica, “si tú estás dispuesto a darlo todo y a integrarte, ellos lo van a dar todo por ti”. Para Anna, ese factor fue decisivo. “Creo que eso fue un punto para mí también para quedarme aquí”.
“Aquí vivo para mí”
Anna vive en un pueblo de la costa finlandesa, no en una gran ciudad, y eso influye mucho en su experiencia. Dice que el ritmo de vida es “muy diferente” al de España. Todo ocurre mucho antes. “Son las 11 de la mañana, las 12 casi, y me estoy preparando la comida. Y me parece que ya muy tarde para lo que es mi día”. Explica que allí se come y se cena muy temprano y que el ocio se concentra después de la cena, entre media tarde y la noche.
Más allá de los horarios, hay una idea que repite para resumir cómo vive en Finlandia: “Aquí vivo para mí”. Asegura que allí adapta su vida a sí misma y no a las expectativas de otros. “No tengo que complacer a nadie. Nadie está esperando nada de mí”. En el plano social, eso también se nota. Cuenta que proponer un café improvisado no funciona igual que en España. “Quieres quedar con alguien a tomar un café y te dicen: sí, tengo tiempo dentro de tres semanas”. Lo resume así: “La gente vive muy para ellos”.
En su opinión, la forma de entender el trabajo también es distinta. Anna tiene hijos y organiza su jornada en función de la vida familiar. “Yo mi jornada la adapto a mi vida familiar”, explica.
Lo importante, para ella, es que en Finlandia nadie espera que se dé más de lo pactado. “Nadie espera que tú hagas más de tu trabajo”. Y añade: “Si hoy dices ‘yo hoy hasta aquí trabajo, me tengo que ir’, te vas y no pasa nada”.
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Encontrar empleo, sin embargo, no es fácil. Anna responde de forma muy clara cuando se le pregunta por ello: “No”. Matiza que sí puede ser más sencillo acceder a trabajos no cualificados, como fábricas o empleos de temporada en el norte, pero que para personas con titulación la situación es complicada. “No hay trabajo”, afirma. Según explica, incluso los propios finlandeses se están marchando a otros países porque no encuentran oportunidades acordes a su formación.
Sobre el idioma, considera que en una ciudad grande puede vivirse bien solo con inglés, pero no en zonas más pequeñas como la suya. “Donde yo vivo no sería posible vivir solo con inglés porque todo pasa en finés”. Además, aunque mucha gente sepa inglés, no siempre quiere utilizarlo. “Hay gente que sabe inglés, pero no te quiere hablar en inglés. Porque les da vergüenza o porque no quieren”.

“Es un país completamente seguro”
Uno de los aspectos en los que más nota la diferencia con España es la seguridad. Explica que en Finlandia los niños se mueven con mucha más independencia desde muy pequeños. “Es un país completamente seguro”. Sus hijos van solos al colegio desde el primer curso y pueden salir a jugar fuera sin supervisión constante. “A mí no me da miedo que abran la puerta de casa, salgan a la calle y estén jugando fuera solos”. En España, en cambio, no haría lo mismo. “Cuando vamos a España… no los dejo salir solos ni a la esquina”.
Como madre, también observa diferencias respecto a las familias finlandesas. Cree que allí se da mucha independencia a los hijos desde edades muy tempranas. Habla de niños de 7 y 9 años que se quedan solos en casa durante horas o que van solos a la playa en verano. También le sorprende que tengan móvil tan pronto. “Para mí son demasiado pequeños todavía”.
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En cuanto a la educación, valora especialmente la motivación que reciben los niños en la escuela. “Mis hijos salen del colegio felices, sin deberes. Aprenden un montón”. Compara esa experiencia con la de amistades en España y dice que “es una realidad completamente paralela”. Cree que en España la exigencia es mucho mayor y que se espera más del alumnado. En Finlandia, dice, “van más lentos”, empiezan el colegio un año más tarde, pero al final “el resultado es el mismo”.

“Aquello me horrorizó”
Entre las anécdotas que más recuerda está una de sus primeros días en casa de unos amigos finlandeses. Sabía que tenían un bebé, pero no lo veía por ninguna parte. Cuando preguntó dónde estaba, le respondieron que estaba “echándose la siesta”. ¿Dónde? “En la calle”. El bebé dormía fuera, en el carrito, con 20 grados bajo cero. “A mí aquello me horrorizó”, reconoce. Con el tiempo, acabó haciéndolo ella también.
Aunque en Finlandia hay muchos españoles y existen incluso grupos organizados de familias españolas con hijos, Anna decidió hace años que necesitaba construir su vida con gente del país. “Yo no tengo amigos españoles ni extranjeros. Todos mis amigos son finlandeses”. Si se iba a quedar, quería vínculos estables. “Cada vez que se va alguien, te rompes el corazón”.
A sus 40 años, dice que hacer amistades cuesta más que cuando una es joven, pero asegura que sí es posible y que tiene “muy buenas amigas”. Sobre su futuro, no tiene dudas: se queda en Finlandia. “Yo me veo aquí, y me voy a quedar aquí”. Siente que sus hijos pertenecen ya a ese lugar. “Van de vacaciones a España todos los años, pero no es su casa”.
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