El estudio de yoga “Conatus”, fundado por Noa Cohen, está prácticamente inoperativo. En tiempos de guerra y recesión económica, los primeros recortes de muchas familias pasan por los gastos prescindibles. Tampoco es una actividad muy práctica: las alarmas y los boom por impactos de misiles en Tel Aviv son parte de la rutina diaria del último mes. Aportar calma a una clientela exhausta y angustiada parece tarea imposible.
“A nivel personal yo estoy bien, pero dentro del contexto del estado de Israel estoy acabada”, lamenta la joven emprendedora en conversación con Artículo14. Pese al discurso triunfalista del primer ministro Benjamin Netanyahu, que presume de los objetivos militares y altos cargos liquidados en Irán y Líbano, Cohen reconoce que “estamos sufriendo muchísimo”. Ella sufre menos: no tiene hijos y dispone de cuarto blindado en el apartamento de unos amigos, donde pasa las noches.
Noa Cohen: “Mi negocio se ha ido al traste”
“Mi negocio se ha ido al traste”, lamenta. A diferencia de guerras pasadas contra Hamás o Hizbulá, donde Tel Aviv era concebido como una burbuja aislada del conflicto, ahora la gente huye de la ciudad, convertida en blanco preferente del régimen iraní. “Mucha gente canceló sus suscripciones, los eventos se han pospuesto, significa que no hay dinero”, prosigue.

Con el sistema educativo parado, los padres lidian con los niños en casa siete días a la semana. En una rutina donde las alarmas antiaéreas llegan a sonar más de una decena de veces al día, muchos temen alejarse en exceso de los bunkers. Las víctimas mortales en Israel son relativamente bajas -18 civiles y cuatro soldados-, pero el terror constante por los proyectiles dirigidos contra la población civil causa desgaste, disrupción y estrés permanente.
Golpe a la economía israelí
Los negocios que se tambalean, como el de Noa Cohen, no reciben apoyo estatal. “Puede que haya alguna subvención, pero mientras tanto nos envían todos los cargos de Seguridad Social, impuestos municipales y los suministros”, protesta. La maestra de yoga vive ajena al bucle informativo, apenas presta atención a declaraciones de políticos o militares. Pero siente en sus propias carnes las consecuencias de más de 900 días de guerra en todos los frentes.

“No creo que los enemigos sean débiles”
“Estoy segura de que tenemos un Ejército increíble, y la población civil es resiliente. Pero no hago caso de nuestros líderes, no creo que los enemigos sean débiles”, considera. La mejor prueba está en su entorno: las calles del sur de Tel Aviv, habitualmente dinámicas, están a medio gas. Los restaurantes abren a medias. Al atardecer, la actividad se apaga. “Nunca sabes cuando te va a tocar a ti, y es peor si tienes niños en casa”, agrega.
En el centro del país se dispone de más tiempo de preparación, ya que antes de las alarmas por misiles disparados desde Irán, una aplicación ya avisa que se detectaron los misiles. Hay minutos de margen. “Pero en el norte, donde vive mi familia, apenas hay 15 segundos para llegar al refugio, y no hay alerta previa”, matiza. Hizbulá está disparando más de un centenar de misiles diarios, pese a la promesa de Netanyahu en la tregua de noviembre de 2024, cuando aseguró que sus capacidades militares quedaron muy diezmadas.

Como tantas familias, un hermano de Noa Cohen está movilizado como reservista. Este jueves, el comandante en jefe del Ejército, Eyal Zamir, alertó que las tropas están al borde del colapso por las continuas rondas de reclutamiento. “Es una guerra de verdad a gran escala, te amarga la vida. Hoy hemos estado unas diez veces en los refugios desde la mañana”, continua. Las pocas personas que intentan llegar a su estudio a “hacer terapia para relajarse” lo tienen complicado. “Es un caos”, dice.
Los israelíes se derrumban
“No creo que sea aceptable llevar una vida así. Tiene que haber un alto al fuego, un acuerdo de paz o algo así. No soy experta en esto, pero nos cuentan una historia ridícula sobre una guerra de supervivencia”, protesta. No elude la amenaza que supone el régimen de los ayatolás, pero “ya los atacamos una vez, y ahora otra, y otra… parece que no tengamos idea de hacia dónde nos dirigimos. Es evidente que tenemos poderío bélico, ¿pero que sigue después?”, se pregunta.
En su entorno, detecta a gente “realmente destrozada. Yo sigo aguantando, pero también siento el miedo de que no consiga aguantar a esta guerra”. Noa incide en que seis años con la pandemia del coronavirus, constantes elecciones y guerras que se eternizan, conlleva que “muchas familias se derrumben y gente intenta huir de aquí”. Al concluir la charla, recoge sus pertenencias y se va a pasar la noche a casa de sus amigos. Su suerte es que no tendrá que correr escaleras abajo cuando suene la próxima alarma.
