Guerra

Trump, atrapado en el atolladero iraní (que prometió evitar)

Un mes después de lanzar la operación Furia Épica, el presidente de EE UU -que se enzarzó en el conflicto con la expectativa de una victoria rápida y el colapso del régimen gracias a sus bombardeos de precisión- se ve presionado a considerar operaciones terrestres

Trump
El presidente de Estados Unidos, en el barro de Irán
KiloyCuarto

En la costa este de Estados Unidos hay cinco estaciones: primavera, verano, otoño, invierno… y la estación del barro. No es una broma local ni una exageración literaria. La ‘mud season’, ese periodo que va de marzo a comienzos de mayo, convierte caminos en trampas, senderos en lodazales y cualquier intento de avanzar es un ejercicio de desgaste. Lo más sensato, lo sabe cualquiera que haya vivido allí, es no entrar. Porque salir cuesta más que entrar.

La analogía es incómodamente precisa para describir la posición de Donald Trump en Irán. Un conflicto en el que prometió no poner “botas sobre el terreno” y que, sin embargo, ya van en camino. Y es que mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, aseguraba que los objetivos se podrían alcanzar en unas semanas sin tropas, más de mil soldados eran desplegados en la región. Como en la estación del barro, la lógica inicial de intervenir rápido y salir sin ensuciarse, ha dado paso a una realidad pegajosa donde cada movimiento complica el paso siguiente.

El escenario de este atolladero es el estrecho de Ormuz, una franja de apenas 30 kilómetros en su punto más estrecho por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Quien controle ese paso domina la ruta marítima que condiciona el pulso de la economía global.

Estrecho de Ormuz - Internacional
Vista de satélite del estrecho.
Wikipedia

La importancia del Estrecho de Ormuz

Irán lo sabe y ha jugado esa carta con precisión quirúrgica. Minado el paso, asegura ahora que quien quiera pasar tiene que pagar impuesto revolucionario. El resultado es una presión que hace crujir los mercados con una sensación de crisis que se extiende desde el Golfo hasta Australia pasando por América, África, Europa y Asia. La guerra embarrada ya, deja de ser regional para convertirse en sistémica.

Trump, que llegó al conflicto con la expectativa de una victoria rápida buscando con sus bombardeos de precisión el colapso político del régimen, se encuentra ahora ante una realidad complicada. Teherán no ha caído, no ha cedido, y ha demostrado que su capacidad de disrupción es suficiente fuerte como para forzar a Washington a reaccionar.

Imagen distribuida por el U.S. Central Command este martes
EFE/ U.S. Central Command

Ahí aparece la paradoja. Para reabrir Ormuz no bastan los bombardeos. Los ataques aéreos pueden degradar capacidades, pero no garantizan control. Y el control, como enseña cualquier manual militar, exige presencia física. De ahí los planes filtrados de unidades de marines entrenadas para operaciones anfibias, toma de islas como Abu Musa o Qeshm, despliegue de radares, misiles y bases temporales. Una estrategia diseñada para negar a Irán su ventaja geográfica.

Ante la promesa de Trump

Pero ese salto, de la guerra aérea a la ocupación puntual, es precisamente lo que Trump prometió evitar. “No habrá botas en el terreno” fue una línea roja política de su campaña. Cruzarla supone meter los pies en el barro de una guerra que ya no es lo que se dijo que sería. Según un responsable del Pentágono, más de 300 soldados estadounidenses han resultado heridos en combate desde el inicio de las operaciones militares contra Irán. Más del 75 % de ese total corresponde a traumatismos craneoencefálicos, según declaró a la CNN. Desde el 28 de febrero hasta hoy, han muerto 13 estadounidenses.

Un avión de combate de EE UU despega de una base durante la Operación Furia Épica contra el régimen iraní
EFE/CENTCOM

El problema de las guerras en terreno ambiguo es que no tienen salidas limpias. Como en la ‘mud season’, cada paso genera más resistencia. Tomar islas implicaría defenderlas. Defenderlas exigiría refuerzos. Los refuerzos, a su vez, abrirán nuevos frentes. El Pentágono parece consciente de esa dinámica. La doctrina de “unidades pequeñas y ágiles” busca precisamente evitar el despliegue masivo que caracterizó Irak o Afganistán. Pero la historia sugiere que las guerras rara vez obedecen a diseños iniciales. Y en ese enquistamiento reside el riesgo político. Trump necesita resultados rápidos para reabrir el estrecho y estabilizar los precios del petróleo.

La gestión de la crisis ha estado marcada por mensajes contradictorios. De un ultimátum de 48 horas a un aplazamiento de cinco días, y después otras diez jornadas. Este vaivén es parte del estilo de propaganda de Trump que erosiona la credibilidad externa. Teherán puede interpretar los cambios como señales de duda.

En busca de una salida rápida

Dentro de Washington crece la percepción de que el presidente busca una salida a un conflicto que no anticipó correctamente. La idea de una guerra breve y decisiva se ha diluido en una realidad inesperada. Para Irán, el cálculo es distinto. Resistir es una victoria. No necesita derrotar a Estados Unidos en términos convencionales. Le basta con mantener la presión sobre Ormuz. En ese escenario, el tiempo juega a su favor.

Iraníes sostienen carteles del nuevo líder supremo iraní, el ayatolá Mojtaba Jamenei
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Cada día de interrupción en el flujo energético aumenta el coste global. Cada ataque selectivo refuerza su capacidad de disuasión. Cada vacilación estadounidense valida su estrategia. Es una guerra asimétrica en la que la superioridad militar no se traduce automáticamente en victoria política. El “atolladero iraní” ha dejado de ser una metáfora periodística. Es una descripción estructural de un conflicto mal calibrado desde su origen. Trump, que construyó parte de su capital político en la promesa de evitar nuevas guerras interminables, se encuentra ahora atrapado en una de ellas.

Como en el barro de marzo, la cuestión de cómo avanzar acarrea la pregunta de cómo salir sin perder las botas en el intento.