Días después de los bombardeos sobre infraestructuras energéticas en Teherán, las consecuencias siguen siendo visibles tanto en el paisaje como en la vida cotidiana de sus habitantes. Las imágenes por satélite muestran que varios de los incendios provocados por los ataques del 7 de marzo continuaban activos, alimentando la preocupación por el impacto sanitario en una ciudad donde viven millones de personas.
Las explosiones alcanzaron distintas instalaciones de combustible situadas en varios puntos de la capital iraní. Entre ellas se encuentran depósitos en Shahran, Aqdasieh y Shahid Dolati, además de la refinería ubicada al sur de la ciudad. En algunos de estos lugares, el fuego no se había extinguido ni siquiera diez días después, lo que ha prolongado la emisión de humo y partículas contaminantes en la atmósfera.
La nube generada por estos incendios no solo oscureció el cielo de Teherán, sino que introdujo en el aire una combinación peligrosa de sustancias como hollín, compuestos derivados del petróleo y dióxido de azufre. Este escenario se agravó cuando, pocas horas después de los ataques, una tormenta descargó precipitaciones que arrastraron esos contaminantes, dando lugar a un fenómeno descrito por los vecinos como lluvia oscura cargada de residuos.

“Ecocidio”
Quienes viven en la capital han comenzado a notar los efectos de esta contaminación. La exposición a este tipo de emisiones puede derivar en enfermedades graves con el paso del tiempo, como afecciones cardiovasculares, daños neurológicos o distintos tipos de cáncer.
Las autoridades iraníes han denunciado lo ocurrido calificándolo de “ecocidio”, en referencia a la destrucción deliberada del entorno natural. Más allá de la dimensión política, la situación ha reavivado el debate sobre los efectos ambientales de los conflictos armados, especialmente cuando tienen lugar en áreas densamente pobladas.
Aunque la contaminación atmosférica es un problema crónico en Teherán —en parte debido al uso de combustibles de baja calidad—, la magnitud de los contaminantes liberados en este episodio ha sido distinta. Residuos negros han quedado adheridos a superficies como vehículos, tejados o carreteras, evidenciando la intensidad de las emisiones. En algunos casos, incluso el agua utilizada por los residentes se ha visto afectada.

Riesgo a largo plazo
Organismos internacionales también han expresado su preocupación. El director general de la Organización Mundial de la Salud advirtió que la situación podría “contaminar alimentos, agua y aire – peligros que pueden tener graves impactos en la salud, especialmente en niños, personas mayores y personas con enfermedades preexistentes”. En la misma línea, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente alertó de que la inhalación directa del humo por parte de la población, incluidos menores, incrementa el riesgo de efectos a largo plazo.
Además de los daños inmediatos, los expertos subrayan que las consecuencias podrían extenderse más allá del aire. Las sustancias tóxicas liberadas por los incendios tienen la capacidad de filtrarse en el suelo, alcanzar las aguas subterráneas y ser absorbidas por cultivos, lo que podría afectar a la seguridad alimentaria.

En el plano internacional, Israel ha reconocido su responsabilidad en los ataques sobre depósitos de combustible. Por su parte, el papel de Estados Unidos no ha quedado completamente claro. El secretario de Energía estadounidense afirmó en declaraciones a CNN: “Estos son ataques israelíes, estos son depósitos locales de combustible para llenar el tanque de gasolina”.
La situación en Teherán continúa evolucionando, pero los incendios persistentes y la acumulación de contaminantes plantean un escenario complejo. Más allá de los daños visibles, las autoridades sanitarias y los expertos coinciden en que el verdadero alcance de esta crisis podría hacerse evidente con el paso de los años.
