El mundo ha descubierto dos cosas: que unos pequeños drones suicidas iraníes de 4.000 dólares pueden hundir a cientos de petroleros en el estrecho de Ormuz. Y que esos mismos drones pueden causar un estrangulamiento energético, pues por ese estrecho pasa el 20% del petróleo del mundo. En cuestión de días, el barril de crudo ha pasado de 60 dólares a superar los 100.
Desde que estalló la guerra entre EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero, los españoles se hacen estas preguntas: ¿cuánto va a durar la crisis? ¿Cómo me va a afectar?
Veamos el peor escenario.
Imaginemos una guerra que se extienda durante muchos meses con un barril que llegase a 150 euros o 200 euros. El impacto en la economía sería terrible: subirían de precio todos los productos del supermercado, caería el poder adquisitivo, aumentarían los costes de las empresas, habría despidos, el Banco Central Europeo podría subir los tipos de interés para detener la inflación, las familias con hipotecas variables tendrían que pagar mucho más y entraríamos en una recesión mundial.

“España sería uno de los países europeos más expuestos a este escenario pues depende del exterior para cubrir sus necesidades energéticas”, dice Rafael Pampillón, profesor de la Universidad Ceu-San Pablo y de la Universidad Villanueva.
Según la agencia Bloomberg, el equipo de Trump ya maneja informes con el petróleo a 200 dólares, y afirma que el impacto en la economía mundial sería masivo, reduciría el crecimiento y aceleraría la recesión mundial.
Pero no es la primera vez que el mundo atraviesa una crisis energética, y tampoco nos pilla sin defensas: cuando hay cataclismos siempre aparecen soluciones radicales.
Vamos a ver tres casos y sus soluciones.
En 1973 y en 1979, debido a un conflicto en Medio Oriente (parecido a este), el barril pasó de 3 a 12 dólares en 1973, y a 30 dólares en 1979. El resultado fue una recesión mundial. Pero también hubo una reacción de las industrias. Las empresas de automoción se pusieron a fabricar vehículos de bajo consumo como el Volkswagen Golf. Las aeronáuticas crearon aviones hechos de materiales menos pesados, mejor aerodinámica y con bimotores más eficientes que consumían menos queroseno. La vulnerabilidad de los países importadores llevó a crear instituciones como la Agencia Internacional de la Energía en 1974. A partir de ahí, muchas economías empezaron a diversificar proveedores, crear reservas estratégicas y reducir su dependencia del petróleo en sectores clave. La crisis de 1973 fue la más transformadora.
En esta guerra de 2026 está pasando algo similar a 1973. Las empresas están usando la Inteligencia Artificial para obtener mejores resultados en menos tiempo, y ser más eficientes. Maxence Visseau, fundador de Arkevium, afirmó a Bloomberg que la IA le permitió recortar un 80% el tiempo dedicado a investigación de escenarios de estrés y precedentes históricos. Jian Shi Cortesi, de GAM Investment Management, pasó de media hora a segundos en resumir noticias sobre la guerra y de días a menos de 24 horas en recopilar información empresarial, multiplicando su velocidad por cinco: “Antes era como cavar un hoyo con una pala. Ahora estás cavando tierra con estas enormes excavadoras”, dijo a la agencia.
Una guerra larga aceleraría la entrada de la IA en las empresas porque ahorra costes con mucha rapidez, y sería el equivalente a la aparición de modelos de coches de bajo consumo en los setenta como el Golf.
También se acelerará la adopción de coches eléctricos, el autoconsumo de energía con paneles solares, las bombas de calor, las cocinas eléctricas y se incrementará la eficiencia de los acumuladores, el gran desafío. “Los consumidores están respondiendo a una de las mayores perturbaciones en los mercados petroleros mundiales adoptando tecnologías bajas en carbono que prometen reducir las facturas de gas y electricidad”, decía un teletipo de Bloomberg.
Sigamos con el segundo de los paralelismos.
En la crisis de los setenta, 1975 fue el único año con impacto negativo en el PIB de los países del Mercado Común, con una caída media del 0,6%. Después, todos los años fueron positivos hasta los años 90, donde hubo otra guerra en el Golfo: subió el crudo pero el impacto fue reducido porque duró muy poco tiempo.
La invasión de Ucrania por Rusia en febrero de 2022 desató un pequeño terremoto. En mayo de 2022, el precio del barril brent del Mar del Norte superó los 114 dólares, una cifra a la que aún no se ha llegado con el conflicto en Irán. En España el litro de gasolina superó los dos euros en junio de 2022. Todos los productos empezaron a subir.
Sin embargo, en el pasado febrero, cuando se cumplieron cuatro años de esta guerra en el continente europeo, no había sensación de que estuviera impactando a la economía. La razón es que los países han buscado otras vías para asegurarse los recursos energéticos y el precio del petróleo bajó a 60 dólares en febrero pasado.
Aunque parezca increíble, en los últimos 50 años, en el peor año para la economía mundial no se debió a una guerra. No hubo drones. No hubo amenaza nuclear. No hubo problemas con el petróleo. No hubo invasiones. Para Europa y para el mundo el peor año fue 2020. Por culpa del COVID, el PIB medio europeo cayó un 5,6%, y el de España mucho más: 10,9%. Solo es comparable a la Guerra Civil.
Hagamos un tercer paralelismo.
En los setenta, la crisis del petróleo aceleró la construcción de centrales nucleares y de gas. La AIE señaló en un estudio que, tras el shock de 1973, hubo un gran impulso a la energía nuclear, con casi 170 GW de nueva capacidad iniciada en la década siguiente.
El 70% de la electricidad en Francia procede de plantas nucleares. Los países que tienen mucha capacidad nuclear instalada ahora se alegran de ello. Otros lamentan haber hecho lo contrario. La ministra de Energía de Alemania, Katherina Reiche, dijo hace poco: “La eliminación gradual de la energía nuclear fue un error garrafal. Ahora echamos de menos esa energía”.
España aún tiene siete centrales nucleares. El Gobierno insiste en que quiere cerrarlas de aquí a 2035. Pero guste o no, la energía nuclear es la más estable, cuesta siempre lo mismo en origen, emite vapor de agua y permite mayor grado de independencia energética.
Si la guerra se extiende mucho en el tiempo, el gobierno de Pedro Sánchez se verá más forzado que nunca a repensar su política nuclear como se debate ahora en Alemania.
Apostar por energías verdes, como lo hace el Gobierno, también es apostar por independencia energética, por supuesto. España no sufriría las oscilaciones producidas por conflictos que afectan al petróleo y al gas.
En esa línea, hay que alegrarse de que más de la mitad del suministro de energía eléctrica en España ya procede de energías verdes. Es la gran apuesta de Pedro Sánchez
Sin embargo, esas energías tienen un problema: cuando no sopla el viento, o los días de sol son cortos y nublados, y cuando hay sequía, esas fuentes de energía producen poca energía, y el país debe echar mano de otros soportes como el gas y la nuclear.
Hay una cosa que la gente no sabe: cuando se habla de que más del 50% de la energía eléctrica procede de energías verdes, no quiere decir que ‘toda’ la energía que se consume en España sea verde. No es así
En 2024, la mayor parte de la energía que usó España siguió viniendo del petróleo y del gas: los vehículos, los camiones, los autobuses, los tractores, la calefacción de los edificios, los aviones y muchas actividades industriales ( empresas azulejeras) consumen gasolina, fuel oil, queroseno y gas. Según un informe del Ministerio de Transición Ecológica, en 2024 las renovables aportaron bastante menos que el petróleo y el gas en el consumo final total. Es decir, España depende del petróleo y del gas.
Además, aunque, según el Gobierno, solo el 5% del petróleo consumido España pase a través del estrecho de Ormuz, el precio del barril como el del gas son internacionales. Cuando suben de precio, España lo sufre igual que todos.
De modo que España tiene que repensar si quiere prescindir de la energía nuclear. Alemania, al cerrar las plantas nucleares, ha tenido que recurrir de nuevo al carbón y comprar más gas en el exterior, las dos energías más contaminantes y más caras.
Si la guerra se alarga, el Gobierno tendrá que decidir qué es más importante para España: tener un país con predominancia de las energías verdes y sin nucleares, o uno con una combinación de renovables, nuclear, gas y petróleo, que asegure el suministro a costes razonables y wi-fi permanente en los hogares.
