He vuelto a pensar en la escritora nigeriana Chimamanda Adichie leyendo Persépolis, la novela gráfica en la que Marjane Satrapi cuenta su infancia y adolescencia en Irán y Viena. He vuelto sobre todo a su famosa charla Ted de 2009 “El peligro de la historia única”. A esa forma de cómo convertir mundos complejos en bloques estereotipados.
Persépolis le devuelve a Irán su espesor humano. La historia de Satrapi desde su niñez hasta convertirse en adulta, nos abre el mundo íntimo de una parte de la sociedad iraní, cómo vive y cómo piensa, para que veamos más allá y sepamos que hay detrás de las puertas cuando se cierran. Porque, a veces, las historias únicas no son falsas, pero siempre son incompletas. La adolescente de Persépolis se enfada, y con razón, cuando le dicen que todos los iraníes son maleducados, fanáticos o terroristas.
Pero Persépolis no solo desmonta la historia única que desde Occidente podríamos crear sobre Irán. También deja ver el mecanismo inverso: la sospecha, el prejuicio y, a veces, la caricatura con la que se mira a Occidente desde otros lugares.
La generalización es un peligro en el que todos caemos antes o después. Recuerdo cuando publiqué una de mis novelas en Polonia y me llegó la propuesta de portada. Era una mujer morena, con moño, con flor. Solo faltaba un torero en una esquina. Les dije: «Pero si mi libro transcurre en un pueblo de Soria». Y la respuesta fue: «el público polaco no distingue eso. España es flamenco, folclóricas y toros. Y además nos pasamos el día durmiendo la siesta». África, decía Chimamanda Adichie en su charla, es a menudo para los occidentales un país —uno solo— donde hay paisajes, animales salvajes, gente incomprensible que hace guerras sin sentido y muere de hambre y sida mientras espera ser salvada por un extranjero blanco.
Oriente y Occidente son palabras demasiado amplias. Debajo de ellas hay individuos, lugares, familias, barrios, adolescencias, abuelas, miedo, deseo de libertad y ganas de vivir. Hay seres humanos y distintas realidades. Una distancia entre lo que imaginamos saber del otro y la verdad de las personas concretas.
Quizá por eso la literatura sea una forma de luchar contra estos estereotipos. Porque donde el discurso político simplifica, la literatura añade texturas, pliegues, grietas. Desmonta certezas e invita a la reflexión. Donde la propaganda política aplana, ella devuelve volumen. Donde la historia única encierra y limita, una novela o unas memorias pueden abrirnos una ventana a otra realidad. Por eso la literatura puede ser una forma de justicia o incluso de venganza, como el maravilloso título del libro que escribieron Mario Vargas Llosa y Claudio Magris.
Vivimos tiempos de consignas, de opiniones inmediatas, de mapas morales dibujados con brocha gorda y un único color. Todo nos empuja a posicionarnos, a elegir bando antes de conocer, de mirar más de cerca. Y es, precisamente, ese mirar de cerca el que puede salvarnos del prejuicio. Lo que ignoramos muchas veces lo tememos. Persépolis posee la fuerza de lo íntimo: nos recuerda que cualquier país no cabe en una sola narración y que ninguna cultura puede entenderse desde un único ángulo. Tal vez leer sea un primer paso para resistirse a la comodidad de la historia única. El mundo, por fortuna, siempre es más complejo de lo que quieren contarnos.
