La guerra está a punto de cumplir su primera semana y el sonido de las sirenas ya forma parte del paisaje cotidiano en amplias zonas de Israel. Los lanzamientos de misiles balísticos desde Irán y su intercepción en el cielo, las restricciones en el transporte público, las clases suspendidas -o trasladadas al formato virtual- y la vida reorganizada en torno a refugios y habitaciones blindadas son parte de una rutina de excepción que amenaza con extenderse varias semanas.
En ciudades como Tel Aviv o Jerusalén las alarmas se repiten con mayor frecuencia. Son las áreas más pobladas, y por tanto blanco preferencial de los ataques de Irán. En otras zonas, la amenaza es menos constante, pero la tensión se palpa en el ambiente. El país entero vuelve a vivir pendiente del móvil y de la alerta previa a la sirena, un aviso que incrementa la tensión de los civiles, más allá de que el misil caiga o no en su zona.

En ese contexto transcurre la vida de Ester Shechter, española nacida en Antequera (provincia de Málaga), que se mudó a Israel en 2013. Durante diez años vivió en Jerusalén; hoy reside con su marido y sus tres hijos en Beit El, un asentamiento cercano a Ramala, en el norte de Cisjordania. Desde allí cuenta cómo se atraviesa esta primera semana de guerra cuando la maternidad y el trabajo se combinan con las alertas antiaéreas.
“Primero vine a vivir a Jerusalén y luego nos mudamos a un sitio más tranquilo. O al menos eso pensábamos”, cuenta por videoconferencia a Artículo14. Está casada, tiene tres hijos -la mayor de seis años, otra de cuatro y un bebé que acaba de cumplir uno- y trabaja desde casa como aromaterapeuta, ayudando sobre todo a mujeres en el posparto. También colabora como correctora de estilo en la traducción del Talmud (textos litúrgicos) al español.
Esa posibilidad de trabajar desde casa es, en estos días convulsos, “una inmensa suerte”. Porque la guerra no ha detenido su vida laboral, pero sí la ha reconfigurado. “Nosotros en casa tenemos un mamad (cuarto blindado). Dormimos todos ahí. Hemos puesto los colchones en el suelo. No sabemos cuándo va a sonar la sirena y para los niños es mucho más tranquilo estar ya dentro”, dice.

La escena se repite en muchos hogares: lápices de colores, cuentos, una pequeña mesa improvisada. “Mi hija hizo esta mañana una clase virtual con sus compañeros desde el refugio. Empezaron a las diez unos minutos después volvió a sonar la sirena. Simplemente cerramos la puerta y ya estábamos dentro”. Lo cuenta con serenidad, pero no le resta gravedad: “El aviso previo suena muy fuerte. Ya te pone a mil”.
Su marido trabaja en un puesto considerado esencial y debe desplazarse a Jerusalén, aunque el transporte funciona con frecuencia reducida. “Hay un autobús cada hora. Muy poco. Pero en su trabajo tienen refugio y aquí también. Hacemos lo que podemos”.
Ester es consciente de que su realidad, viviendo en un asentamiento, considerado por la mayoría del mundo como ilegal. A nivel interno israelí, destaca que no hay demasiada diferencia respecto al impacto del conflicto. “En este caso, al hablar de misiles balísticos, no hay tanta diferencia entre vivir aquí o en el centro del país. Incluso en Tel Aviv están teniendo más intercepciones”, señala. Lo que a ella le inquieta más no es el misil, sino la posibilidad de una incursión terrestre desde un poblado palestino. “Pero estamos rodeados de seguridad, hay presencia militar. En teoría, me siento incluso más segura aquí que en otros sitios”.
Informar a su familia española
Lo más complejo no es la logística, sino la distancia emocional con España. Toda su familia sigue en Antequera. “Ellos ven las noticias y se preocupan, sobre todo por mis hijos. Pero es muy difícil de explicar”, reconoce. “Pasan misiles por encima de nuestras cabezas, suenan alarmas, nos metemos en un cuarto seguro… Suena a película. Yo creo que no logran dimensionarlo”, prosigue.
Tampoco quiere mentirles ni minimizar la situación. “Me dicen que me cuide mucho. Y yo pienso: ¿qué más puedo hacer? Cuando suena la sirena, entro en el mamad. No me voy a ir a un campo abierto. Tampoco hay mucho margen”. La conversación con los suyos transcurre entre preocupación y cierta incredulidad. “Para ellos todo suena demasiado extraño. No es su realidad”.
Y, sin embargo, pese al desgaste acumulado desde el 7 de octubre de 2023, cuando el ataque sorpresa de Hamás en el sur de Israel desató un conflicto regional en siete frentes y estos casi tres años de tensión permanente en la región, Ester no duda. “Estoy absolutamente segura de que quiero seguir viviendo aquí en Israel”, afirma con rotundidad.
La vida sigue “aunque caigan misiles”
Habla del hesed (responsabilidad mutua), una palabra hebrea que traduce como algo más que solidaridad: es un vínculo profundo entre personas que comparten destino. “El israelí es bondadoso con el otro. Da igual si es religioso o laico. Hay un sentimiento de pertenencia al pueblo judío que está por debajo de todo”. Tras el 7 de octubre, asegura, esa cohesión se ha intensificado. “Que nos estén tirando bombas no hace más que reforzar esa identidad. Para mí eso tiene tantísimo valor y no lo cambio por nada”.

Su trabajo con mujeres en el posparto adquiere una dimensión especial en tiempos de guerra. “La vida sigue aunque caigan misiles”, dice. Hay embarazos, partos, bebés que lloran de madrugada mientras suena una alarma. “Cuando ayudas a otra persona, eso también te ayuda a ti. Pero el sistema nervioso se pone a mil. Si ya es duro un posparto en condiciones normales, imagínate con sirenas”, reflexiona.
En esos momentos, recurre a las herramientas que enseña: respiración, aceites esenciales, rutinas que devuelvan una sensación mínima de control. “Tengo el difusor todo el día puesto en el mamad. Los aceites trabajan directamente en el sistema nervioso y ayudan muchísimo”, agrega. Y reivindica la fuerza de las mujeres tras el parto: “es el periodo en el que estamos más débiles y necesitamos más ayuda. Pero también es cuando más fuerza interior encontramos. Cuando acabas de dar a luz, te sale una energía natural para defender a tus hijos pase lo que pase”.
