“Dios mío, casi no quiero recordar aquello… Nos despertaron por ‘alerta de combate’ a las cinco de la madrugada y en aquel momento, no sé ni cómo explicar lo que sentí: me apoyé en la pared y me sentí como si yo fuera de algodón. Empecé a temblar, me sentía confusa y no sabía qué hacer”, relata Krystina Sanina, al preguntarle por el aquel 24 de febrero de hace cuatro años, cuando Putin lanzó su invasión contra Ucrania.
“Mi marido Anton fue el que me dijo que tenía que ser fuerte, que me preparara, recogiera las cosas de primera necesidad y fuera a mi unidad. Él hizo lo mismo”, continúa. Ambos trabajaban en el Mando de las Fuerzas Terrestres del Ejército, en Kiev, y lo que Krystina Sanina describe a continuación es la radiografía del pánico y el caos que sintieron millones de ucranianos durante las primeras horas de la guerra a gran escala.
“Me pusieron un arma en las manos”
“Fue terrible… Caminé unas dos horas hasta mi puesto de trabajo porque la ciudad estaba colapsada. Había muchos coches y autobuses, y cada uno conducía como quería, como si no hubiera reglas… Pensé que no iba a conseguir llegar, y cuando lo logré y atravesé la puerta, me pusieron un arma en las manos”.
“Todo el mundo estaba recibiendo armas, cargadores, chalecos antibalas y sacos de dormir. Pero nadie sabía qué hacer o cómo comportarse, daba tanto miedo… Lo siento, pierdo la voz cuando estoy nerviosa”, se disculpa cuando sus palabras se vuelven susurros.

Pasaron aquel primer día de invasión cargando armas para los defensores que partían hacia Bucha, Irpín o Gostomel. “Nadie estaba haciendo sus tareas habituales, ni los de finanzas, ni el departamento de recursos humanos… Hacíamos lo que podíamos, lo que se necesitaba inmediatamente. Y de repente entendimos que estábamos guerra”, prosigue.
“Ha empezado”
“Desde el cuartel, se escuchaban los misiles que volaban y las explosiones cercanas. Fue terrible, sinceramente, todos nos despedimos porque pensábamos que ya venían y que nos iban a matar. Y cuando llamábamos a los amigos y a la familia, sólo pronunciamos una frase: ha empezado”.
Lo que relata sobre aquel día Tina –como le gusta que le llamen– fue una vivencia común para millones de ucranianos. Por eso muchos decidieron abandonar el país, hoy todavía viven en calidad de refugiados en otros lugares de Europa.
Unos huyeron en coche, otros en tren, incluso a pie –con lo puesto y acarreando a sus hijos pequeños– y sin saber dónde iban a acabar. Aquellas primeras horas de la invasión a gran escala paralizaron el país y la vida de los ucranianos.
Pero Tina tuvo claro desde el principio que no iba a abandonar Ucrania, y consiguió superar aquel primer día de guerra, y los que vinieron después. “Y cuando estábamos acostumbrándonos a la situación, llegó nuestra hija, sin buscarla, nos la trajo el destino”, asegura.

“Cuando me enteré de mi embarazo, claro, me asuste. Los misiles volaban todo el tiempo sobre Kiev, empezaron a llegar también los drones Shahed… y yo tenía mucho miedo porque era responsable de una persona no nacida dentro de mí. Nuestro pequeño granito”, dice con una ternura infinita.
Ser padres bajo las bombas
“Recuerdo que una vez, durante el primer mes de embarazo, estuve sentada en el metro durante seis horas y alguien me ofreció una manta, y me puse a llorar. Yo estaba muy sensible todo el tiempo; y cada vez que sonaba la alarma, corría a refugiarme bajo tierra”, continúa, relatando la montaña rusa de sensaciones, de miedos y dificultades añadidas que sintió mientras gestaba a su bebé en medio de esta guerra.
Pero cuando llegó el día y acudió a la maternidad, Tina –que seguía las noticias sobre los bombardeos casi de forma obsesiva– no volvió a mirar el móvil. “Ya no me importaba nada, sólo pensaba en las 42 semanas y un día de gestación, y en que el bebé no quería nacer para nada, aparentemente estaba cómoda aquí dentro”, bromea.
Finalmente su pequeña Stefa nació. “No hubo bombardeos masivos aquel día, pero al siguiente, cuando estaba en la sala postnatal dando de mamar a la niña, oí todo volando por los aires”, recuerda. “Pensé, Dios mío, cómo estarán esas mujeres que están ahora mismo en el paritorio”
“Creo que todas las mujeres que hemos sido madres aquí, durante estos años, sentimos el miedo mismo a tener un hijo en un país en guerra. Yo fui la primera de mis amigas, pero las que tuvieron niños después sintieron lo mismo”, apostilla.
Un accidente fatal
Tras la baja por maternidad, Tina se reincorporó al trabajo. “Vivimos bien, a pesar de la guerra, hasta el día en que ocurrió el accidente más terrible para todos nosotros”, explica, con un tono más sombrío. Aún le cuesta hablar de la que fue la peor experiencia de su vida, pero la fortaleza con que afronta la situación despierta sólo admiración por ella.
“Sucedió en julio de 2024, recuerdo que el calor era aplastante”. Tina conducía su coche, su marido viajaba de copiloto y la bebé iba en su sillita en el asiento de atrás cuando otro vehículo chocó contra ellos. “Cuando salimos a averiguar qué había pasado, un tercer coche me llevó por delante”.
Tardó una semana en atreverse a destapar la sábana que la cubría en el hospital, y ver que no tenía piernas. “En ese momento me pregunté cómo iba a seguir viviendo”.

“Mi hija tenía un año, estaba aprendiendo a dar sus primeros pasos y ahí estaba yo, en la cama de un hospital”, recuerda. “Tenía muchos planes y luego en un momento todo se acabó y tocó empezar a lidiar con las graves consecuencias del accidente”.
Tina relata su historia desde el centro de rehabilitación Tytanovi, especializado en veteranos de guerra con amputaciones muy graves en las que –en muchos casos– no se puede acoplar una prótesis normal. Así que ellos fabrican unas cuyos anclajes se implantan directamente en el hueso de la persona amputada, mediante cirugía.
Un país experto en amputados
Tras cuatro años de guerra, en Ucrania hay más de 100.000 personas amputadas. La mayoría han perdido sus piernas o brazos en el frente de combate, y aunque el caso de Tina es diferente, ella también es militar y comparte la rehabilitación con otros veteranos.
“Este es mi lugar de fortaleza”, dice refiriéndose al centro Tytanovi. “Mientras hacemos los ejercicios bromeamos, sabes, como ¿dónde está tu brazo? ¿Dónde está tu pierna? Algo así. Recargo mis baterías aquí”, explica. Pero la realidad es que es un proceso muy largo y muy duro.
“Después de estar 10 meses sentada, no te imaginas cómo duele la cadera al ponerte de pie sobre las prótesis… Mi marido me regaña a veces, porque digo que si tuviera al menos una pierna sería más fácil. Pero él dice que hay que trabajar con lo que tenemos y resolver los problemas a medida que vayan surgiendo”, asevera.
Es curioso, porque esa misma frase la repiten a menudo los soldados que están desplegados en el frente de combate, en las trincheras, cuando confiesan a la periodista que escribe estas líneas que no tienen todos los recursos que necesitan, o que están en inferioridad numérica frente a las tropas rusas.
Seguir soñando
“He tenido que someterme a varias cirugías, incluida una reamputación para quitar los tejidos blandos que sobraban, y poder poner los implantes para las prótesis. Luego cada proceso de rehabilitación es diferente para cada paciente”, describe Tina.
“Aprender a caminar con las prótesis altas, cuando se trata de una doble amputación, es mucho más difícil que cuando se tiene una pierna, y no importa si está por debajo de la rodilla o por encima de la rodilla. Tardaré un poco más que otros, pero lo conseguiré”, subraya con una sonrisa.
Volver a ponerse en pie no es lo único que Tina está consiguiendo. Hace poco cumplió 30 años, y ha protagonizado un número de la revista PlayBoy Ucrania dedicado a mujeres que han sufrido amputaciones y heridas de guerra. Quiere dar visibilidad y ejemplo a aquellas que están pasando por lo mismo.

También ha desfilado en la semana de la moda, y está dispuesta a participar en todas las iniciativas que puedan servir de ayuda a las personas amputadas, cuyo número no deja de crecer en Ucrania. “Es como si tuviéramos que demostrar que no tenemos miedo a vivir, somos un país en guerra pero la vida no debe acabar, tenemos que creer en el futuro. Antes tenía miedo, pero ahora ya no”, asegura.
Ir a España, junto al mar
“Cuando me preguntan por mis sueños, por supuesto siempre digo que el fin de la guerra, todos estamos muy cansados de ella”, responde Tina cuando hablamos del futuro. “Pero también tengo muchas ganas de llevarme a mi familia a un país cálido con mar, tal vez a España”, fantasea.
“Sólo apagar los teléfonos por unos días y descansar de este ritmo de vida donde siempre hay muchas llamadas, muchas preguntas, muchas cosas por resolver. Yo sólo quiero descansar, descansar de los centros de rehabilitación y de la guerra, para recuperar fuerzas y volver a Ucrania a hacer cosas buenas”.

Después de concederme esta entrevista, entre los mensajes de Whatsapp que intercambiábamos, Tina me envío las fotografías más esperadas: ella, abrazada a Anton, sobre sus prótesis altas. Como muchas otras mujeres ucranianas –cada una a su manera– ha conseguido volver a ponerse en pie en mitad de la guerra.
