Opinión

Sorpresas desde Budapest

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Empiezo a escribir cuando faltan 15 minutos para el cierre de los colegios electorales en Budapest, Hungría. Desde que llegué, el pasado viernes, no dejo de asombrarme. Lo primero, al salir del aeropuerto, porque los carteles electorales eran una alternancia entre un Zelenski en blanco y negro en una foto que recuerda a las fotos policiales de frente y un Orban en color, con gesto apacible y mirada contemplativa y un texto que exhorta a los húngaros en un “¡Unámonos contra la guerra!”. Una vez llegada a Budapest, ciudad que no conocía, por la grandeza que respira. El impresionante edificio del Parlamento húngaro, muy Westminster, compite en la orilla de Pest con el magnifico Castillo de Buda del otro lado del Danubio. Camines por donde camines, las calles y avenidas están sembradas de imponentes edificios que hacen pensar en un pasado imperial, el gran edificio de la opera, la estación del tren hacia el oeste en estilo art deco.

Mi sorpresa continúa al comprobar que Budapest tampoco está a salvo del turismo y mucho menos de las despedidas de solteras y solteros europeos. Sin embargo, este fin de semana esa profusión de gente joven se mezcla con muchísimas familias MAGA venidos de Estados Unidos para ser testigos de esta noche electoral. Y digo familias porque la cuarta de las sorpresas es la cantidad de familias con niños que hay. Especialmente con niños pequeños, de recién nacidos a tres años. Inmediatamente me pregunto, ¿será este el resultado de aquella política de natalidad de Orban? Al parecer, desde el 2011 en que se aprobó la Ley Fundamental para defender la familia, el matrimonio y la vida humana los resultados de esta se han visto claramente en el aumento de la tasa de fecundidad, el aumento del numero de matrimonios y el descenso del aborto, pero justamente la tasa de natalidad sólo ha mejorado un 0,4%, pasando de un 1,23 a un tímido aún 1,6. Claramente será mi impresión o es que muchos de los partidarios de la familia, se han reunido aquí este fin de semana.

Francamente, algo de esto último hay porque estas elecciones se están viviendo como una suerte de plebiscito entre la democracia liberal, representada en este caso por la oposición de Peter Magyar, y la democracia iliberal que representa Orban. Magyar formaba parte de Fidesz, el partido de Orban, y saltó a la primera línea de la política destapando la corrupción de su partido a través de unas grabaciones de su entonces mujer que era Ministra de Justicia. Una curiosa forma de darse a conocer, pero a la vez, tiene la fuerza de quien conoce por dentro la naturaleza del Orbanato. Por su parte, Orban ha utilizado sus 16 años en el poder para eliminar controles institucionales neutralizando al poder judicial, controlando los medios de comunicación y ocupando todas las instituciones independientes. Un modus operandi en el que cada paso que iba dando era legal pero que el conjunto de todos ellos hace un sistema más parecido a una autocracia competitiva que a una democracia.

Y como era de esperar, en esto Orban no está solo. Se ha convertido en el mejor socio y amigo de Putin dentro de la UE hasta el punto de haberse descubierto que su ministro de exteriores enviaba información a los rusos sobre las deliberaciones en el consejo europeo que les afectaban. A la vez, es uno de los héroes del movimiento Maga, del trumpismo y de Vox, que le consideran modelo y garante de la tradición judeo-cristiana de Europa (en el caso de Vox es también garantía económica) al alzarse como protector de la familia tradicional, rechazar la inmigración, la política antiwoke y sus formas de “tipo duro” tan acordes con sus buddies.

Esta extraña alianza explica que Zelenski y la posición de la UE ante la guerra de Rusia en Ucrania se haya convertido en el caballo de batalla de Fidesz para convencer a los húngaros de que ambos -el líder ucraniano y la UE representada por VDL- son los culpables de que la situación económica se haya deteriorado tanto.

Y es que, sirva como otra de las sorpresas de las que hablaba al inicio, los precios en Budapest son verdaderamente altos, tanto o incluso más que Madrid – una tarifa de taxi al aeropuerto de 35 euros y un ticket medio de 50 euros-; con la diferencia de que el salario mínimo en Hungría se sitúa en los 707 euros y el medio neto en torno a los 1300-1500 euros.

Precisamente por eso, en este momento en que cierran los colegios con un 77,8% de participación que es una cifra récord en todas las elecciones desde el fin del comunismo, el ambiente en las calles se va calentando con el optimismo de los partidarios de Tizsa, el partido de Peter Magyar, convencidos de que se va a dar un cambio hacia un gobierno proeuropeo y respetuoso con el Estado de Derecho. Si se produce, lo sabremos en un par de horas, será una grandísima sorpresa no sólo para Hungría sino para toda la UE y, también, para resto del mundo libre.

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