En un momento clave para Hungría, con unas elecciones en las que Viktor Orbán se juega este 12 de abril su continuidad tras 16 años en el poder. Además el contexto político está marcado por la polarización y el debate sobre el rumbo democrático de Hungría y el papel de las mujeres. Para analizar esta realidad desde Artículo14 hablamos con Edina Hajnal, experta en derechos de las mujeres y miembro de MENŐK, la Asociación del Foro Europeo de Mujeres Húngaras, una organización feminista que trabaja para aumentar la participación de las mujeres en la política y garantizar que sus derechos, intereses y experiencias estén presentes en la toma de decisiones.
– ¿Considera que estas elecciones son especialmente relevantes para Hungría y para las mujeres? ¿Por qué?
– Sí, sin exagerar, estas elecciones tienen una importancia histórica tanto para Hungría como para las mujeres.
El gobierno actual ha impulsado durante años una política claramente hostil hacia las mujeres y la infancia, aunque se presente a sí mismo como un “gobierno favorable a la familia”. En la práctica, el Estado solo reconoce a las mujeres dentro de un modelo muy restringido: como madres, idealmente de al menos tres hijos. En el sistema político construido por Fidesz, la mujer como sujeto autónomo prácticamente no existe.
En los últimos 16 años, los derechos de las mujeres se han ido reduciendo progresivamente. Hungría sigue sin ratificar el Convenio de Estambul, a pesar de haberlo firmado en 2014. Además, el sistema de ayudas familiares funciona muchas veces como una trampa: empuja a las mujeres hacia roles tradicionales, las endeuda y las coloca en una situación de dependencia económica. Si una mujer no puede tener el número de hijos prometido —a menudo tres— o si la pareja se separa, puede verse obligada a devolver grandes sumas con intereses punitivos. Esto hace que muchas mujeres permanezcan atrapadas en relaciones infelices o incluso abusivas, sin una salida real.

También se han restringido los derechos reproductivos. Un ejemplo es la llamada “ley del latido fetal”, que obliga a las mujeres a escuchar el latido del feto antes de interrumpir el embarazo, ejerciendo una presión psicológica exclusivamente sobre ellas, mientras que el padre ni siquiera tiene que estar presente. El acceso al aborto sigue siendo limitado y, en muchos casos, obstaculizado en la práctica. La píldora abortiva no está disponible en Hungría, y la píldora del día después sigue requiriendo receta médica. Además, muchas mujeres sufren un trato paternalista, humillante o despectivo dentro del sistema ginecológico y de atención al embarazo.
La situación también es grave en el ámbito obstétrico. Hungría tiene una tasa muy alta de cesáreas —alrededor del 40%— y muchas intervenciones médicas innecesarias. La violencia obstétrica sigue siendo una experiencia extendida y sistemáticamente invisibilizada. Cada año, aproximadamente 50 mujeres son asesinadas en Hungría en contextos de violencia de pareja, y el Estado sigue siendo incapaz de ofrecer una protección y una respuesta realmente eficaces.
A todo esto se suma una profunda desigualdad estructural en la representación y la toma de decisiones. Hungría no tiene actualmente ninguna mujer ministra. Según la clasificación “Women in Politics 2026” de la IPU y ONU Mujeres, el país cae en una categoría prácticamente no evaluable en cuanto a representación ministerial por tener un 0% de mujeres ministras. En el Parlamento, las mujeres ocupan apenas alrededor del 15% de los escaños, lo que sitúa a Hungría en el puesto 144 de 196 países y en el último lugar entre los países europeos. Hungría aparece así junto a países como Azerbaiyán, las Islas Marshall, Yemen, Togo, Papúa Nueva Guinea y Zambia. El porcentaje de mujeres en puestos de alta dirección empresarial ronda apenas el 10%.
No es casualidad que, según el índice de igualdad de género del EIGE, Hungría se sitúe entre los últimos puestos de la Unión Europea.

– ¿Cómo describiría la situación actual de las mujeres en el país? ¿Si Orbán gana mejorará o empeora esa situación?
– Si Orbán gana, la situación de las mujeres empeorará claramente. Y aquí es importante decir algo con precisión: Hungría no es simplemente un “Estado iliberal”, como Viktor Orbán intenta presentarlo, sino una autocracia. Y ya no hablamos solo de mecanismos autoritarios “blandos”: el poder se ejerce cada vez más mediante el control, el miedo, la propaganda, la dependencia económica y la restricción sistemática de derechos.
En este contexto, la situación de las mujeres no puede mejorar, porque el propio funcionamiento del sistema necesita subordinarlas. A través de múltiples medidas políticas y culturales, el gobierno ha intentado devolvernos simbólica y socialmente a una lógica propia de los años cincuenta: como si las mujeres fueran ciudadanas de segunda categoría, cuya experiencia, palabra, autonomía y voluntad no cuentan realmente.
El poder intenta encajar a las mujeres en un papel extremadamente estrecho: el de madre y esposa obediente. Y para imponer ese modelo utiliza todos los instrumentos a su alcance: legislación, propaganda, incentivos económicos, presión moral e incluso manipulación del lenguaje público. El resultado es que la imagen social de las mujeres en Hungría ha sido profundamente deformada, y los discursos misóginos se han vuelto cada vez más normalizados en la vida cotidiana.

Vivimos en un sistema típicamente abusivo, donde a las mujeres no se las reconoce como personas plenas, sino solo como portadoras de determinadas funciones dentro de una narrativa rígida y patriarcal. Y lo más peligroso es que esto no es una amenaza abstracta o futura: ya está ocurriendo. Si Orbán permanece en el poder, no solo seguirán deteriorándose los derechos de las mujeres, sino también su seguridad, su capacidad de decisión, su independencia económica y su posibilidad de alzar la voz sin miedo.
Por eso la votación del domingo es tan decisiva, porque la situación de las mujeres en Hungría ya es grave, y con otro mandato de Orbán puede volverse todavía más dura, más desigual y más desesperanzadora. Si Orbán gana, las mujeres en Hungría no solo perderán más derechos: perderán todavía más espacio para existir como personas libres.
Los regímenes autoritarios suelen consolidar su poder también a través del control sobre el cuerpo, la reproducción y el rol social de las mujeres. Hungría no será una excepción.
– ¿Qué opina del papel de la UE en Hungría? ¿Cree que es positivo para las mujeres que Hungría se mantenga cerca de la UE?
– La Unión Europea representa hoy uno de los últimos frenos reales frente al sistema de Orbán. No porque Bruselas haya resuelto los problemas de Hungría —no lo ha hecho—, sino porque la pertenencia a la UE sigue significando un marco de derechos, normas democráticas y límites institucionales que todavía contienen, aunque cada vez con más dificultad, la deriva autoritaria del gobierno húngaro.

Estoy convencida de que, si Hungría no formara parte de la Unión Europea, la situación de las mujeres podría parecerse mucho más a la que viven hoy las mujeres en Rusia o Bielorrusia. Por eso, las elecciones del domingo no solo decidirán un gobierno: también funcionan, en cierto sentido, como un referéndum sobre si Hungría quiere seguir perteneciendo políticamente a Europa o si va a continuar alejándose de ella.
Para muchas mujeres, esto no es una cuestión abstracta de política internacional, sino una cuestión profundamente personal y existencial. Muchas están esperando estos resultados con enorme ansiedad, y no pocas están vinculando su futuro —o el de sus hijos— al desenlace electoral. Hay madres que sienten claramente que, si Orbán vuelve a ganar, se plantearán abandonar el país, porque entonces desaparecería una parte esencial de la esperanza de criar a sus hijos dentro de un marco de valores europeos, democráticos e igualitarios.
Desde mi punto de vista, seguir en la Unión Europea es un interés vital para Hungría, no solo en términos económicos, sino también a nivel civilizatorio. La verdadera pregunta es a qué comunidad de valores queremos pertenecer: si a una Europa democrática, donde todavía existe la posibilidad de reconstruir un Estado de derecho real y garantizar a las mujeres derechos fundamentales e igualdad de oportunidades; o si seguimos desplazándonos definitivamente hacia el Este, hacia un modelo cada vez más autoritario, donde las mujeres no solo serán discriminadas u obstaculizadas, sino crecientemente vigiladas, disciplinadas y controladas.

– ¿Qué opina de la cercanía de Orbán con Estados Unidos y Rusia?
– No me sorprende en absoluto. Viktor Orbán lleva años intentando construir para sí mismo un papel de influencia real en la escena internacional. Cuando no logró consolidarse como un referente liberal dentro de Europa, decidió reinventarse como figura de la derecha radical y del bloque autoritario global.
Eso explica también su aparente “giro” hacia Rusia y hacia ciertos sectores de la extrema derecha estadounidense. Y digo “aparente” porque, en realidad, no se trata de una evolución ideológica coherente, sino de una estrategia de poder oportunista. Orbán no se mueve por convicciones democráticas o morales firmes: se mueve por cálculo, supervivencia política y ambición personal.
Por eso su cercanía actual con Rusia resulta tan reveladora. En los años noventa Orbán era abiertamente antirruso y llegó a construir parte de su identidad política sobre ese rechazo. Incluso en 2007 dijo una frase muy significativa: “Puede que el petróleo venga del Este, pero la libertad siempre llega de Occidente.” Hoy, sin embargo, actúa cada vez más como uno de los principales facilitadores de los intereses de Putin dentro de Europa, funcionando en muchos sentidos como un caballo de Troya dentro de la Unión Europea.

Su acercamiento a Trump fue, en ese sentido, una continuación bastante lógica. Orbán ha entendido que existe un espacio internacional para líderes que combinan nacionalismo, autoritarismo, guerra cultural y desprecio por las instituciones democráticas. Él quiere ocupar ese espacio y convertir Hungría en una vitrina de ese modelo político.
El problema es que, con esta estrategia, Orbán está poniendo en riesgo el futuro de Hungría. Lleva años insinuando la posibilidad de una ruptura con la Unión Europea o alimentando una retórica anti-UE que erosiona profundamente nuestra posición en Europa. Y la pregunta es muy simple: si Hungría se aleja definitivamente de Europa, ¿qué nos quedará a nosotras y a nuestros hijos?
Orbán no está construyendo una Hungría fuerte e independiente; está intentando inflar su propio poder personal. Y en ese proceso, corre el riesgo de convertir al país no en un actor soberano, sino en una pieza útil dentro de proyectos autoritarios más grandes que él.
