¿Quién se inclinaría ante quién? ¿La duquesa de Alba, catorce veces Grande de España, o la reina Isabel II? El encuentro del 18 de octubre de 1998, en el Palacio Real, animó con esta duda protocolaria la crónica social de aquellos días. Ambas ostentaban rangos excepcionalmente altos. Una era la soberana británica; Cayetana Fitz James Stuart, por su linaje y acumulación de títulos, gozaba de una posición de enorme dignidad dentro de la nobleza. El protocolo internacional es inequívoco y fue la duquesa quien hizo una ligera genuflexión. La leyenda insinuaba una suerte de pulso entre la monarquía británica y una de las casas nobiliarias más antiguas de Europa. Sin embargo, los hechos fueron más sencillos.
Aquel episodio, inflado por la prensa de los años ochenta, sirve hoy como punto de partida para revisar las trayectorias de dos mujeres excepcionales nacidas en 1926, separadas por apenas veinticuatro días -el 28 de marzo en Madrid y el 21 de abril en Londres-, cuyas vidas discurrieron paralelas a lo largo de un siglo marcado por guerras, transformaciones políticas y profundas mutaciones sociales.

Ambas pertenecían a entornos privilegiados, aunque de naturaleza distinta. Isabel Alexandra Mary Windsor nació en el seno de la familia que, pocos años después, se convertiría en el corazón de la monarquía británica tras la abdicación de Eduardo VIII. Su padre, Jorge VI, asumió el trono en circunstancias excepcionales, y con él, la joven princesa inició un aprendizaje temprano del deber institucional.

Por su parte, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva heredó desde su nacimiento una de las mayores sumas de títulos nobiliarios del mundo. Hija del XVII duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart, creció entre archivos, obras de arte, palacios y tradiciones familiares. Su linaje, además, la vinculaba con la realeza británica a través de Jacobo II de Inglaterra, lo que añadía un matiz singular a su posición en la aristocracia europea.
Amigas durante la infancia
La coincidencia más significativa entre ambas biografías se produjo durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras Londres sufría los bombardeos, la familia Alba residía en la capital británica debido al destino diplomático del padre de Cayetana, nombrado embajador de España. Fue entonces cuando la joven aristócrata española frecuentó el palacio de Buckingham y compartió tiempo con la princesa Isabel y su hermana Margarita.
Las referencias a esos encuentros son escuetas, pero coinciden en destacar su carácter informal. En medio de la incertidumbre del momento, aquellas reuniones infantiles ofrecían un espacio de normalidad. Se trataban con cercanía, al margen de la rigidez protocolaria que más tarde definiría sus respectivas posiciones públicas. Sus destinos se bifurcarían después sin perder del todo su punto de contacto.
En su vida adulta, tanto Isabel II como Cayetana de Alba asumieron responsabilidades heredadas. En 1952, tras la muerte de Jorge VI, Isabel accedió al trono y comenzó un reinado que se prolongaría durante siete décadas. Su figura se consolidó como símbolo de estabilidad en un periodo caracterizado por la descolonización, la transformación del Reino Unido y la evolución del papel de la monarquía en las democracias contemporáneas.

Cayetana, por su parte, no desempeñó un papel político, pero sí recogió la gestión de un patrimonio histórico y cultural de enorme envergadura. A lo largo de su vida trabajó en la conservación y apertura al público de bienes vinculados a la Casa de Alba, contribuyendo a su difusión y sostenibilidad. Fue testigo de los cambios vividos en España, desde la posguerra hasta la consolidación democrática.
Ambas compartieron, por tanto, una misma lógica de servicio, aunque aplicada a ámbitos distintos. Como escribiría T. S. Eliot en otro contexto, “el tiempo presente y el tiempo pasado están ambos quizá presentes en el tiempo futuro”.
Dos maneras de amar
Las diferencias entre las dos damas se hacen más visibles en el terreno personal. Isabel II mantuvo un único matrimonio con Felipe de Edimburgo, con quien compartió más de setenta años de vida. Su relación, discreta en el ámbito público, se integró de forma natural en la institución.
Cayetana de Alba, en cambio, contrajo matrimonio en tres ocasiones. Su vida sentimental fue objeto de atención mediática, especialmente en sus últimos años, cuando decidió casarse a los 85 años con Alfonso Díez, imponiendo su férrea voluntad frente a la oposición inicial de sus hijos. Lejos de ajustarse a un modelo convencional, su trayectoria personal reflejó una independencia poco habitual en su entorno.

Pese a estas diferencias, mostraron una notable capacidad de resistencia ante la adversidad. Las dos experimentaron la orfandad y la viudez y continuaron desempeñando sus funciones con regularidad. Sus hijos han coincidido en destacar su sentido del deber y su fortaleza de carácter.
Autoridad y magnetismo
Cayetana murió en 2014 a los 88 años. Su figura, más heterogénea, combina la imagen de gran aristócrata con la de personaje cercano y, en ocasiones, imprevisible. Su capacidad para conectar con distintos públicos contribuyó a mantener vigente el interés por la Casa de Alba en el siglo XXI.
Isabel II, la monarca más longeva de la historia británica, falleció en 2022 a los 96 años. Su reinado es objeto de estudio desde múltiples perspectivas, pero existe consenso en señalar su papel como factor de continuidad en un periodo complejo.

Ambas representan dos formas de entender la herencia y la responsabilidad. Una desde la institución política, otra desde la tradición nobiliaria. Dos trayectorias distintas que, sin embargo, convergen en un mismo sentido del deber y en su innegable magnetismo. La aristócrata, desde la espontaneidad; la monarca, desde la contención.
En el centenario de sus nacimientos, desprenden un interés fascinante. Cada una impuso su “santa voluntad”. La reina con compostura británica, la duquesa apuntando con su dedo irreverente pronunciando aquello de “¡Os pienso enterrar a todos!”.
