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Ana Locking: “Entendí que la moda podía ser un lenguaje y no solo un producto”

La diseñadora revisa su trayectoria desde la convicción de que la moda puede ser también pensamiento crítico y memoria

Ana Locking es una de las voces más singulares de la moda española contemporánea. Diseñadora, creadora y pensadora de la moda como lenguaje, ha construido una trayectoria en la que cada colección funciona como un espacio de relato, reflexión e identidad. Lejos de entender la ropa solo como un ejercicio estético, su trabajo ha convertido la pasarela en un lugar desde el que explorar cuestiones culturales, políticas y emocionales.

A lo largo de los años, su universo creativo ha dialogado con temas como el género, la cultura pop, la memoria, el deseo o la resistencia, consolidando una firma con un ADN propio y profundamente reconocible. Su obra, hoy revisitada también en el contexto expositivo con la retrospectiva de la Sala Canal de Isabel II, confirma una manera de entender la moda que entrelaza lo personal y lo colectivo, la creación artística y la mirada crítica sobre el tiempo que vivimos. Charlamos con ella.

Si mira hacia atrás, ¿cuál diría que fue el punto de inflexión que convirtió “Ana Locking” en una firma con voz propia?

No creo que haya un único punto de inflexión, sino más bien una toma de conciencia progresiva. Hubo un momento en el que entendí que no me interesaba hacer moda solo desde la vertiente estética o del oficio, sino también desde la necesidad de contar cosas a través de ella. Cuando asumí que la moda podía ser un lenguaje y no solo un producto, ahí empezó a construirse una voz propia que fue evolucionando con los años, las colecciones y otros proyectos artísticos.

Cuando creó la marca en 2008, ¿qué quería decir o corregir dentro de la moda española que no encontraba en otro sitio?

Sentía que faltaba una mirada más conceptual, más conectada con la cultura contemporánea. Me interesaba introducir un discurso, que cada colección partiera de una idea y no solo de una tendencia o de una necesidad estética o comercial.
No se trataba tanto de corregir como de abrir un espacio donde la moda pudiera ser también pensamiento, relato, incluso crítica y reflexión.

Su trabajo es muy reconocible, ¿cómo definiría el ADN de Ana Locking en tres ideas clave?

Narrativa, identidad y pensamiento. La moda como lenguaje para contar historias, como herramienta para explorar quiénes somos y como un espacio desde el que reflexionar sobre el tiempo que vivimos.

Muchas de sus colecciones parten de un concepto fuerte. ¿Qué pesa más al inicio: una idea, una imagen o una urgencia personal?

Suele ser una mezcla, pero siempre hay una urgencia detrás: algo que necesito entender, soñar o expresar.
A veces aparece como una imagen muy clara, otras como una pregunta más abstracta, pero lo que realmente activa el proceso es esa necesidad de dar forma a algo que todavía no está resuelto —y que probablemente no se resolverá—. En ese recorrido se cuestionan cosas, y ahí es donde reside el verdadero valor del proceso.

Sus prendas suelen dialogar con identidad, género y cultura pop. ¿De dónde nace esa pulsión y qué conversación le interesa abrir con el público?

Nace de observar el mundo en el que vivimos. La identidad hoy es algo en constante construcción, atravesado por lo cultural, lo político y lo emocional. Me interesa abrir una conversación en la que el público pueda reconocerse, cuestionarse o incluso incomodarse. La moda tiene esa capacidad de ser cercana y, al mismo tiempo, profundamente simbólica. Siempre pienso que la finalidad es la conexión; esa conexión es la recompensa.

¿Cómo equilibra la parte artística y narrativa con la realidad de la industria: ventas, producción, calendario y presión mediática?

Es una tensión constante. La industria tiene sus tiempos y sus exigencias, pero para mí es fundamental no perder el sentido de lo que hago. Intento que el discurso no sea algo añadido, sino el motor del proyecto; cuando eso está claro, incluso las decisiones más prácticas encuentran su lugar. A partir de la pandemia tomé una decisión importante: desacelerar. Sentí que el ritmo en el que se había instalado la moda no favorecía ni la reflexión ni la honestidad en los procesos creativos. Esa aceleración constante impide que las ideas maduren y que el trabajo tenga un significado real. Por eso, mi manera de equilibrarlo hoy pasa por defender un tiempo más lento dentro de lo posible, uno que me permita pensar, sentir y construir desde un lugar más consciente. No siempre es fácil, pero creo que ahí está la única forma de sostener un proyecto con sentido a largo plazo.

¿Qué colección siente que la representa mejor hoy y por qué?

No hay una sola, pero sí algunas que, vistas hoy, condensan muy bien lo que soy. Pienso en la trilogía formada por AntiheroThe Thinker y The Dreamer, porque en ellas hay una reflexión bastante completa sobre el individuo, el pensamiento y el deseo de justicia e igualdad social. También Realness, por su conexión con la cultura ballroom y todo lo que implica en términos de identidad, comunidad y resistencia. Y Preachers and Believers, que nace en un contexto político muy concreto, con la llegada de Donald Trump a la presidencia por primera vez en 2016, y que plantea una mirada crítica sobre los discursos de poder y fe. Son colecciones distintas entre sí, pero creo que juntas explican bien mi manera de entender la moda: como un espacio donde lo personal, lo político y lo cultural se entrelazan. Con el tiempo entiendes mejor tu propio lenguaje y puedes trabajar desde un lugar más afinado, más consciente y más honesto.

¿Qué ha cambiado más en su manera de diseñar con los años?

La escucha. Antes el impulso era más inmediato; ahora hay más espacio para entender qué merece ser desarrollado y qué no. El proceso es más consciente, menos reactivo.

¿Qué ha sido lo más difícil de sostener en una trayectoria larga en España: la independencia creativa, el equipo, la financiación o la energía?

Probablemente la energía, aunque está profundamente ligada a la financiación. Mantener un proyecto creativo durante tantos años implica una resistencia constante, y en la moda eso pasa inevitablemente por el músculo financiero. Es una disciplina que requiere una inversión continua, y ahí aparece una fricción muy real en mi caso: vengo de una clase obrera que no cuenta con una estructura económica capaz de sostener ese nivel de exigencia, lo que entra en colisión directa con el carácter elitista que históricamente ha tenido la moda. La independencia creativa y el equipo son retos importantes, pero lo más difícil ha sido sostener el deseo en medio de esa tensión, encontrar los recursos para que ese deseo pueda existir y seguir teniendo sentido con el paso del tiempo.

¿Qué le gustaría que una diseñadora joven aprendiera de su carrera… y qué le gustaría que desaprendiera del sistema?

Que aprenda a confiar en su voz, incluso cuando no encaje del todo; con el tiempo, esa será su verdadera fortaleza y su elemento diferencial. Y que desaprenda la urgencia constante, la idea de que hay que producir sin parar. A veces lo más importante es detenerse y preguntarse qué quieres decir realmente y quién eres —o quién deseas ser—.

Y sobre la retrospectiva en la Sala Canal de Isabel II, ¿qué ha sentido al ver su trabajo “musealizado”, y qué cree que se entiende de su obra en una sala de exposiciones que no se ve en una pasarela?

Ha sido una experiencia muy intensa, porque te obliga a mirarte desde fuera. En una sala de exposiciones el trabajo se desacelera, se vuelve más legible, más reflexivo. Aparecen conexiones que en la pasarela pasan más rápido, casi de manera intuitiva. Creo que ahí se entiende con más claridad que mi trabajo no son solo colecciones, sino un recorrido en el que la moda funciona como un lenguaje para pensar el tiempo, la memoria y la identidad.

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