Hay novelas que se leen con una mezcla de reconocimiento y resistencia. Comerás flores, el debut narrativo de Lucía Solla Sobral publicado por Libros del Asteroide, pertenece a esa estirpe de libros que obligan a seguir avanzando incluso cuando el cuerpo pide parar. No por exceso de dramatismo, sino por una honestidad que puede ser incómoda: la de mostrar que el maltrato y los trastornos de la conducta alimentaria no son episodios excepcionales, ni errores de juventud, ni desviaciones que se superan con madurez, lecturas feministas o estabilidad económica. Son, muchas veces, experiencias adultas, silenciosas y perfectamente integradas en la normalidad.
La crítica literaria ha coincidido en señalar uno de los grandes logros de la novela: su negativa a convertir la historia en un esquema moral reconocible. Marina, la protagonista, no es una joven ingenua ni una mujer aislada del mundo. Tiene estudios, amigas politizadas, una hermana feminista, un entorno cultural que, en teoría, debería protegerla. Y aun así entra —y permanece— en una relación marcada por el control, la humillación y la manipulación emocional. La novela no busca explicar ese hecho desde la culpa de la víctima ni desde una pedagogía tranquilizadora, sino desde la complejidad real de los vínculos afectivos.

Jaime, el maltratador, encarna otro de los elementos que más ha destacado la recepción crítica del libro: su absoluta normalidad. No es violento en un sentido evidente, no grita, no golpea, no se presenta como una figura marginal. Es atractivo, reconocido socialmente, culto, encantador. Precisamente por eso resulta verosímil y perturbador. Comerás flores desmonta la fantasía de que el maltrato siempre se reconoce a tiempo y desde fuera, y expone cómo opera desde dentro, de manera gradual, casi invisible.
Desde una perspectiva feminista, la novela se sitúa en un lugar especialmente valioso: no juzga a su protagonista por “no haber salido antes” ni convierte su experiencia en un ejemplo moral. Al contrario, la acompaña con un respeto radical, incluso cuando sus decisiones resultan difíciles de comprender para quien lee. Esa elección narrativa —la primera persona, el foco constante en la conciencia de Marina— refuerza una idea central del libro: entender no es justificar, pero sí es el primer paso para dejar de simplificar la violencia machista como un problema individual.
Uno de los aspectos más originales es la manera en que Solla Sobral entrelaza el maltrato con la bulimia, sin jerarquizar uno sobre otro ni tratarlos como problemas separados. El cuerpo aparece como un campo de batalla donde se acumulan la pérdida, la culpa, el duelo y el deseo de control. Marina empieza a dejar de comer, a vomitar, a obsesionarse con su peso, y el entorno responde con halagos, refuerzos positivos, comentarios supuestamente bienintencionados. La novela señala con precisión cómo adelgazar sigue siendo leído socialmente como un éxito, incluso cuando es la manifestación visible de un colapso.

Aquí el libro conecta con una de sus tesis más incómodas: la idea de que los TCA siguen asociados al imaginario adolescente, cuando en realidad atraviesan todas las edades. Comerás flores muestra cómo la bulimia puede instalarse en una vida adulta funcional, sin hospitales ni diagnósticos visibles, camuflada bajo rutinas de gimnasio, dietas “saludables” y autocastigos normalizados. El feminismo del texto no es discursivo ni teórico, sino profundamente material: habla del cuerpo, de su desgaste, de la violencia que se ejerce sobre él y desde él.
La novela muestra también una gran valentía formal al no ofrecer un cierre redentor. No hay una salida limpia ni una recuperación ejemplar. Hay, en cambio, un gesto de esperanza sobrio, contenido, que no borra lo vivido ni promete una reparación total. Esa decisión evita convertir la historia en un manual de superación y la mantiene en un terreno mucho más honesto: el de los procesos largos, contradictorios y no lineales.
En el panorama actual de la narrativa española, Comerás flores dialoga con otras obras que han abordado la violencia desde la intimidad, aunque aporta una mirada propia al insistir en la edad adulta como espacio de vulnerabilidad. Frente al relato que presupone que la conciencia feminista inmuniza, Solla Sobral plantea una pregunta incómoda y necesaria: qué ocurre cuando saber no basta, cuando el deseo de ser querida pesa más que las alertas aprendidas, cuando la soledad y el duelo abren grietas que nadie ve desde fuera.
Lejos de la explotación del trauma o del morbo, la novela se sostiene en una escritura contenida, precisa, que no subraya lo que ya es doloroso. Esa contención es una de sus mayores virtudes: Comerás flores no grita, no adoctrina, no busca el impacto fácil. Confía en la inteligencia de quien lee y en su capacidad para reconocer, quizá con inquietud, escenas que no son ajenas.
Por todo ello, este libro se ha consolidado como uno de los títulos más relevantes del año. No solo por lo que cuenta, sino por cómo lo hace y desde dónde. Comerás flores recuerda que el feminismo también pasa por narrar lo que no encaja, lo que no se resuelve, lo que incomoda incluso a quienes creen tener las herramientas para no caer: el gesto más político de la literatura consiste en mirar de frente aquello que preferiríamos seguir llamando excepcional.
