Opinión

El escondite perfecto

María Jesús Güemes
Actualizado: h
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El poeta Joan Margarit decía en un verso que “la libertad es una librería”. No puedo estar más de acuerdo.

Esta semana se ha inaugurado una al lado de mi casa. Es pequeña, coquetuela, está ordenada y la persona que la atiende es cercana. Aunque lo importante es que hace buenas recomendaciones porque se lee lo que vende.

El otro día fui a comprar un libro porque tengo la firme convicción de que hay que hacer todo lo posible para que estos negocios sobrevivan. Ya sé que es cómodo ir a una gran superficie y todavía más pedir lo que quieres por internet y que te lo lleven a casa, pero el esfuerzo vale la pena.

Al acercarme hasta allí me enteré de que tenían programados ya varios actos y que los sábados habrá vermut y charla con escritores. La dueña me invitó a participar. Son algunas de las formas que tienen ahora de enganchar a la clientela. En otros sitios han puesto cafeterías o venden material de papelería. Se presentan de la forma más atractiva posible cuando debería bastar con el contenido que atesoran.

Las librerías encierran miles de historias. En sus estanterías, cada volumen guarda un misterio. Y me chiflan esas mesas centrales dispuestas con las últimas novedades. Es un placer palparlas, ver el mosaico de sus portadas y respirar el olor del papel nuevo.

Hace unos días nos enteramos de que el próximo 14 de febrero cerrará una mítica llamada ‘Tipos Infames’. Se trata de un establecimiento con 15 años de historia. Dos de sus fundadores explicaron en un vídeo que lo hacían por “la gentrificación” del centro de Madrid. Puede que en el futuro abran otro local, pero eso sería ya en otro lugar con alquileres aceptables.

Tras conocerse la noticia, llegaron las muestras de cariño. Muchas personas sienten realmente pena por su desaparición y así lo expresaron por varios medios. Me pareció una reacción de lo más lógica. Lo que no me esperaba de ninguna de las maneras es que se desataran críticas aceradas. Sorprende que el discurso del odio se deslice y penetre por todos los terrenos.

En redes sociales llamaron a los propietarios hípsters con un tono bastante despectivo. También les acusaron de ejercer malas prácticas laborales, de ser niños de papá, de favorecer ellos mismos la situación que denunciaban. Por si fuera poco, tres representantes de Más Madrid -Mónica García, Rita Maestre y Manuela Bergerot- fueron a despedirse y la foto provocó otro incendio. Todo se termina politizando.

Lo cierto es que tras este final hay otro debate más profundo. ¿Madrid sigue siendo Madrid? Muchas zonas ven cómo se va resintiendo su encanto y hay vecinos que ya no las reconocen. Los sitios de café de especialidad sustituyen a los bares de toda la vida y las clásicas tiendas de alimentación han sido reemplazadas por apartamentos turísticos. Son sólo dos ejemplos. Suficientes para saber que lo que debemos lamentar es la pérdida de las esencias.

Recuerdo que en 2020 también tuvo que echar la persiana la librería ‘Los Editores’. La culpa fue de la pandemia, descendieron mucho las ventas durante el confinamiento y ya nunca se recuperaron. Fue muy triste. Allí me llevó por primera vez una mujer muy especial que vivía al lado. Iba buscando el desenlace de una saga británica y al entrar por la puerta me dijo que aquella era su segunda casa. Es muy bonito que alguien defina así a su librería.

Da igual donde vivas, un barrio es más feo sin ellas. Pierde parte de su identidad y de su belleza. Caminas por sus calles y no encuentras ese escondite perfecto donde te puedes refugiar, donde respiras aliviado, donde el peso de las cargas se vuelve liviano. Tampoco das con ese espacio de resistencia, de memoria, donde las palabras te aguardan para cobrar sentido ante tus ojos. No hallas el cariño y la atención desinteresada que regalan quienes se plantan tras el mostrador. En definitiva, te quedas sin una de las mejores formas que existen para evadirte de la dura realidad.