La que se ha armado con el cierre de Tipos Infames. Todo ha sido a raíz de un video subido por dos de los tres socios originales. En él, Gonzalo y Alfonso contaban que hay que cerrar porque les han vuelto a subir el precio de alquiler del local, y las cuentas no les salen. Hablan de que desde 2010 les han subido un 50% el alquiler, y de que la gentrificación y el puto capitalismo (sic) se los ha comido con patatas. Las sartenadas de odio no han venido tanto por el cierre sino por su aspecto, y es verdad que si piensas en un hipster de hace quince años te vendrá la imagen de los infames a la cabeza, y si piensas en un hipster de 2026 pensarás en un tipo comiendo smash burguers. Y ese es el quid: para ser un hipster ya no hace falta leer. Ahora vas a un restaurante con mesa de madera, pides una hamburguesa con Cheetos y Phoskitos, le sacas una foto, y te la comes con guantes negros. Hala, ya eres hipster.
En Tipos Infames venden (y venderán hasta mediados de febrero) una bolsa de tela que jamás compré – pese a ser muy buena clienta, he de decir – que reza “Perdimos nuestra juventud en Malasaña”. He pasado muchísimas mañanas en la barra de esa librería (ponen vinos, de ahí también la etiqueta hipster) con ese texto delante. Dicen que en Tipos Infames no son simpáticos, pero los que lo dicen claramente no han pisado nunca una tienda de comics. Por discreción o por falta de comunicación nunca les he preguntado si eran de los que salían por Malasaña en la segunda mitad de los noventa. Esos años fueron los del botellón; el plan de los adolescentes era comprar alcohol y aglutinarse en grandes grupos para beber a la intemperie. Los menores, en formación marabunta, se sentaban en el suelo y bebían los viernes y los sábados. Cuenta la leyenda que antes de eso la gente salía un poco todos los días, y no bebía hasta caer en sábado y domingo. No había que irse muy lejos para comprar alcohol; casi cualquier tendero te lo vendía a poco que tuvieras o aparentaras catorce años (la edad legal era los dieciséis). El botellón se hacía en toda España, pero en Madrid concretamente se hacía en la plaza de Tribunal y, como no se cabía, se extendía a las calles de los alrededores y a la plaza de Manuela Malasaña. Los vecinos estaban hasta las narices de ruido, pis y vomitonas y de los ocasionales altercados que provocaban los antisistema de turno. Los bares eran un magma insoportable de hombros, abrigos, humo y gente gritando. Y por detrás, la música a todo volumen. He leído y escuchado – sobre todo escuchado – innumerables batallitas sobre la presunta vida salvaje de gente que me importa un rábano.
Con el tiempo aquello terminó. El botellón se atajó, o quizás se pasó de moda. Dejó de haber adolescentes tirados por las esquinas. Se hicieron mayores todos los borrachos. La música dejó de importar. Llegó el Napster. Los “templos del indie” perdieron público. Llegó el Fotolog, y luego el Myspace. Llegó Facebook. Aquellos adolescentes encontraron trabajo (cuando había trabajos buenos) y alquilaron o compraron pisos en Malasaña. Con ellos llegaron las tiendas de retales importados, las tiendas de juguetes para niños listos (algo así decía el lema de una de ellas), los restaurantes de cenar sentado. Cerraron antros y abrieron cafeterías. Un montón de argentinos vinieron a montar pizzerías. Los locales con música en vivo fueron desapareciendo, al igual que las tiendas de discos. Los precios subieron y en el barrio empezaron a brotar carritos de bebé. Los bebés que iban en ellos se hicieron mayores y empezaron a ir al instituto. Sus padres se preocuparon por la seguridad del barrio y por el tejido social de la zona. Se daban clases de corte y confección, se hacían tatuajes. Se pintaban murales.
Y entre pitos y flautas abrió Tipos Infames, donde he perdido no mi juventud, pero sí mucho tiempo de mi vida, tiempo en el que no sé si he sido feliz, pero en el que he pensado, leído, escrito y charlado. Allí conocí a una de mis mejores amigas, y allí compré docenas de libros. Y luego dejé de ir, y no por su proverbial simpatía sino porque en Malasaña ya no hay nada para mi. Y dentro de diez o doce años alguien lamentará que desaparezca el Malasaña de las fotos y los cafés de especialidad, y la Barcelona de las despedidas de soltero, el Ibiza de las fiestas. No sé a dónde nos habrá llevado la avaricia de los terratenientes ni la amoralidad de los fondos de inversión. Desde donde sea que hayamos ido a parar lamentaremos la desaparición de todos esos negocios que, una vez los dejamos de pisar, se convierten en mundos efímeros en los que siempre fuimos menos guapos, menos listos, menos audaces y menos salvajes de lo que nos creemos. Lo que sí fuimos allí fue jóvenes, y eso no hay política urbanística que nos lo vaya a devolver.



