La ofensiva militar de Estados Unidos e Israel iniciada el 28 de febrero en Irán sigue, lamentablemente, su curso. Los primeros envites de ambos países tuvieron un fuerte impacto al traer consigo la muerte del ayatolá Alí Jamenei. Esta maniobra, hasta cierto punto inesperada, revelaba las ambiciosas intenciones de Donald Trump y Benjamin Netanyahu, quienes a la vista de los acontecimientos no iban a contentarse con limitar al régimen iraní en el desarrollo de su armamento nuclear. Sus pretensiones iban más allá: propiciar un cambio de poder que, en última instancia, implicara una modificación de las dinámicas y de las relaciones mantenidas entre unos y otros durante las pasadas décadas. Es más, el mandatario norteamericano afirmó en su momento que estaría implicado en el proceso de selección del nuevo gobernante iraní; algo que, por cierto, no ha sucedido.
Sea como fuere, la respuesta de Teherán fue inmediata: altos funcionarios, tras constatar la muerte de su líder, adujeron que ello constituía un ataque directo al corazón de su nación, lo que justificaba la adopción de fuertes represalias. A partir de ese momento, los bombardeos de ambos bandos no se han detenido. La confrontación ha escalado rápidamente después de que Irán extendiera sus acciones militares a otros países de la región, ampliando de manera significativa el campo de batalla. Israel también ha aprovechado la coyuntura para llevar a cabo incursiones en el Líbano. La situación en Oriente Medio es, de facto, un polvorín.

Irán no está ante una guerra elegida
Para comprender la gravedad de las actuaciones que actualmente están teniendo lugar es preciso detenerse en las palabras vertidas recientemente por el portavoz iraní de Asuntos Exteriores, Ismail Baghaei, quien considera que su país no está ante una guerra elegida, sino ante un conflicto impuesto. De tal manera, Irán sostiene que puede invocar el principio relativo a la legítima defensa, lo que incluye –a su modo de ver– la posibilidad de realizar operaciones armadas en aquellos territorios que son utilizados por Estados Unidos e Israel para atacar el suyo, a pesar de insistir una y otra vez en que la intención de Teherán es mantener una buena relación con los países de la zona.
En medio de esta espiral de violencia, Estados Unidos echó más leña al fuego el pasado fin de semana cuando amenazó con aplicar medidas que significarían la destrucción total del Estado persa, advertencia que ha reiterado a lo largo de esta semana. Este contundente mensaje se ha visto contrarrestado con el nombramiento del nuevo Líder Supremo de Irán: Mojtaba Jamenei, hijo de Ali Jamenei. Esta designación constituye toda una declaración de intenciones dirigida a Estados Unidos e Israel; un gesto, en definitiva, con el que Teherán pretende mostrar a sus mayores enemigos que, lejos de amedrentarse y ceder ante la presión externa, apuesta por la continuidad de un régimen que permanece firmemente apuntalado desde la revolución de 1979. Así pues, la señal que se proyecta es clara: la eliminación de su líder no implica necesariamente la desarticulación del sistema que lo sostiene.

El régimen iraní advierte a sus adversarios que la desaparición de una de sus piezas clave -si no la más importante- no pone fin a la partida. La Casa Blanca contradice esta idea al afirmar que la guerra podría concluir pronto, algo que los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (vinculada a las Fuerzas Armadas iraníes) se han apresurado a descartar al incidir en que serán sus líderes quienes dictaminen su cierre. Los actores implicados parecen embarcados en un pulso militar, político y estratégico en el que ninguno está dispuesto a ceder. Las partes beligerantes permanecen aferradas a sus objetivos e intereses, midiendo sus fuerzas y desplegando sus respectivas operaciones sobre el terreno.
“Ojo por ojo, diente por diente”
La dinámica que parece imponerse –en estos días– recuerda, en cierta medida, a la lógica de la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente”. Este principio, recogido inicialmente en el Código de Hammurabi datado aproximadamente hacia 1750 a.C., constituyó todo un avance para la época al establecer la idea de proporcionalidad en los castigos. Se trataba de imponer penas en sintonía con la conducta previa generadora del daño. Evidentemente, lo sucedido en Irán no queda enmarcado bajo una aplicación estricta de este principio, pero sí cabe advertir una dinámica de acción y reacción en la que cada golpe parece exigir una respuesta inmediata y de similar intensidad (o al menos esa parece ser la intención). Y ante esta deriva violenta del conflicto, el Derecho Internacional queda deliberadamente relegado a un segundo plano: ni se le espera y, lo que es todavía peor, ni se le invoca. No se ha recurrido a mecanismos multilaterales diseñados para canalizar o contener conflictos entre Estados, ni se ha trasladado el debate a foros internacionales que pudieran propiciar una discusión sobre cómo evitar una mayor desestabilización de la región.

Las hostilidades se desarrollan sin más sobre el terreno militar y estratégico, mientras los instrumentos jurídicos e institucionales concebidos para preservar la paz internacional permanecen en la sombra. Y eso que son diversos los preceptos legales recogidos en la Carta de las Naciones Unidas que han sido vulnerados. Por un lado, los dos Estados agresores han incumplido –inter alia– la prohibición establecida en el artículo 2.4 relativa al uso de la fuerza. Y, por otro, el país agredido no está aplicando de manera adecuada la legítima defensa prevista en el artículo 51 al margen de que esté abundando en la implementación de esta norma para legitimar sus maniobras. En este sentido, conviene aclarar que la proporcionalidad y la necesidad –algunas de las condiciones que prescribe el citado precepto legal– no concurren en este caso al haber optado Irán por atacar a los países árabes de la región. Pero, llegados a este punto, parece que todo ello carece de interés.
Esta situación es, sin duda, muy representativa de los tiempos que corren. Anteriormente, se ha intentado ofrecer a ciertas maniobras bélicas una apariencia de legitimidad. Así, por ejemplo, Colin Powell compareció ante el Consejo de Seguridad para convencer a la comunidad internacional de que era preciso emprender una operación militar en Irak. Y aunque sus argumentos con el tiempo fueron desmontados, hubo al menos un intento de construir un relato que pudiera situar la intervención dentro de los márgenes de la legalidad internacional. Hoy ni siquiera se realiza ese esfuerzo.

Sin ningún tipo de contención ni reglas aplicables al juego, el escenario internacional no hace sino recrudecerse. Atrás quedaron aquellos pensadores como Santo Tomás de Aquino que se pronunciaron a favor de someter la guerra a determinadas condiciones para considerarla legítima. Más adelante, el pensamiento del jurista holandés Hugo Grocio generaría un indudable punto de inflexión cuando, en el siglo XVII, distinguió con precisión la diferencia entre guerra justa e injusta y trató de someter el recurso a la fuerza a criterios jurídicos. De este modo, se fue consolidando una reflexión jurídica que, con el paso de los siglos, desembocaría en el sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial en virtud del cual se acordaron normas y, por tanto, límites; unas normas y unos límites que hoy parecen haberse desvanecido.
La caída libre de la legalidad internacional
La situación en Irán escenifica esta caída libre de la legalidad internacional, situándonos ante un horizonte tenebroso en el que se atisba cómo la fuerza vuelve a imponerse sobre el derecho; un escenario que parece remitirnos a otros tiempos. Mientras tanto, se baraja la posibilidad de que en los nevados montes Zagros –que se extienden entre Irak e Irán– un grupo de combatientes kurdos iraníes podría estar preparándose para descender de sus cumbres y tratar de acabar con el actual régimen iraní. Donald Trump ha alentado esta posibilidad y posteriormente la ha descartado. Todo puede suceder. Veremos, pues, si este es o no un as que el mandatario norteamericano acabo utilizando y que, en todo caso, ya ha dejado entrever.
