Opinión

Cuando los egos gobiernan

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Desde hace algunos años la dinámica de la política española no deja de demostrar la gran incapacidad en cuanto al acercar posturas o al conseguir acuerdos.

Podríamos encontrarnos en el momento de la historia de la democracia reciente en el que más desacuerdo existe, y menos voluntad de acuerdo se plantea.

La realidad es que las corrientes comunicativas extremas y el bajo nivel dialéctico que se está alcanzando no ayuda en demasía, además de generar tanto odio y distorsión que parece que renta más el desacuerdo que el bien común.

Sobran los ejemplos sobre los desacuerdos, aunque algunos resuenan con fuerza. La situación y las decisiones tomadas sobre el Sáhara Occidental siguen causando estupor en materia de política internacional. Con anterioridad a estos últimos equipos de gobierno, jamás se hubiese planteado la idea siquiera de que en un asunto tan delicado a nivel internacional como el comentado, un gobierno tomase una decisión sin consenso y sin buscar una posición conjunta con la oposición.

Tradicionalmente la política exterior era aquella con mayor margen de acuerdo debido a que se trata de una “política de país” y no tanto de política partidista. En la actualidad muchas de las decisiones tomadas no solo no son consultadas previamente con la oposición, sino que en la mayor parte de las ocasiones el contrario se hace eco de ellas a través de las redes sociales y/o prensa.

Siempre quedará en el aire el hecho de que hubiese sucedido si hubiese sido un gobierno de derechas el que hubiese tomado la decisión de cambiar la posición del país con respecto a la situación del Sáhara Occidental. Nunca podremos resolver ese interrogante.

La situación de política internacional sigue tensionada, con conflictos que se generan, escalan y desestabilizan regiones… Pues bien, ni siquiera en esta situación extrema la razón supera al ego a la hora de gobernar.

Nos merecemos gobernantes capaces de separar el grano de la paja, gobernantes que entiendan la política exterior como una política en la que ha de imperar el consenso. Gobernantes con capacidad de acuerdo que dejen aparcados sus egos en pro del país al que gobiernan. Cada decisión tomada trae efectos secundarios en la población, cada conversación no mantenida genera más división, cada razonamiento no expuesto denota debilidad.

La verborrea de procesos electorales regionales y la proximidad de los nacionales genera aún más inestabilidad interna. La corrupción no resta, el desgobierno tampoco, porque lo que impera siempre es el “nosotros contra ustedes”.

La preocupación de la sociedad sobre asuntos de relevancia como las pensiones, el trabajo, la salud, … No son atendidas. Por el contrario, se retuerce y manipulan todos los puntos del reglamento de las cortes para que incluso en aquello en lo que se está de acuerdo, generar división.

Nos deberíamos plantear todos el salir de la burbuja de “los nuestros” y atender a lo que sucede con distancia y reflexión. Una situación clara es la vivida recientemente en las cortes: Si tenemos cuatro medidas que cuentan con el apoyo de la mayoría del Congreso de Los Diputados, ¿por qué se incluye una quinta medida que cuenta con el desapruebo de la mayoría? ¿realmente queremos sacar adelante las cuatro que son relevantes para la ciudadanía? O, por el contrario ¿buscamos el punto discordante para responsabilizar al de enfrente de que no salgan?

Es en esto en lo que se ha convertido la política actual. Ni en momentos de extrema gravedad y de delicada situación exterior, nuestro presidente es capaz de llamar al líder de la oposición para intentar buscar puntos en común.

Cuando el ego es quién gobierna, la ciudadanía siempre pierde.

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