La publicación de La ciudad de las luces muertas, la nueva novela de David Uclés, llega a las librerías rodeada de un aura difícil de esquivar. No solo porque el autor venía de firmar uno de los mayores fenómenos editoriales recientes con La península de las casas vacías, sino porque el libro había sido distinguido con el Premio Nadal. Expectación, foco mediático y una pregunta inevitable: ¿estábamos ante la confirmación de una voz literaria o ante la consolidación de una fórmula? Las primeras reseñas no han tardado en responder, y lo han hecho con una contundencia poco habitual.
Leídas en conjunto, las críticas publicadas por El Cultural, ABC, La Razón y El País dibujan un panorama inquietante. No se trata de un simple desacuerdo de gustos ni de un ajuste de cuentas ideológico. El consenso es otro, más grave. La ciudad de las luces muertas sería una novela fallida, agotadora, reiterativa y, en el peor de los diagnósticos, literariamente pobre. Un batacazo que obliga a preguntarse no solo por el libro, sino también por el sistema que lo ha encumbrado.
Un proyecto ambicioso que se desborda
La premisa de La ciudad de las luces muertas es potente sobre el papel. Un apagón total deja a Barcelona sin luz durante veinticuatro horas y provoca un colapso del tiempo. Edificios desaparecidos reaparecen. Otros aún no construidos se materializan. Y personajes de distintas épocas conviven en un mismo espacio narrativo. La ciudad se convierte en un palimpsesto donde la historia, la memoria y la imaginación se superponen sin jerarquía.
Sobre ese punto de partida, Uclés despliega un desfile de más de setenta personajes —escritores, artistas, músicos, deportistas— que cruzan épocas y escenarios con absoluta libertad. El problema, señalan los críticos, es que esa libertad no se traduce en una estructura sólida ni en un relato con peso propio. El Cultural habla de una “libertad imaginativa sin fronteras” que acaba siendo manierista, un cúmulo de episodios inconexos que fatigan por reiteración. La imaginación, lejos de sorprender, se convierte en un tic.

El libro, apunta esa reseña, no carece de ideas, pero sí de contención. El exceso se impone a la necesidad narrativa y el simbolismo —la oscuridad asociada al fascismo, la luz como redención— resulta esquemático y previsible, especialmente en una novela que aspira a ser formalmente audaz.
El desfile de nombres como atajo narrativo
Uno de los reproches más repetidos en las críticas a La ciudad de las luces muertas es el abuso del cameo cultural. Lorca, Machado, Carmen Laforet, Vargas Llosa, Cortázar, Rosalía, Picasso, Gaudí, Caballé, Bolaño, Zafón, Rodoreda, Moix, Matute. La lista es tan extensa como abrumadora. Lo que podría haber sido un juego intertextual se percibe, según ABC y El País, como un atajo. Una sucesión de estampas breves que sustituyen el trabajo novelístico por el impacto del reconocimiento inmediato.
ABC es especialmente duro al respecto. Califica la novela de “facilona” y acusa a Uclés de haberse “escaqueado” de componer una obra con verdadera armadura narrativa. El desfile de figuras ilustres, sostiene, funciona como una coartada que disimula la falta de construcción profunda. La comparación con Medianoche en París de Woody Allen no juega a favor del autor. Incluso esa película, dice el crítico, era un trabajo menor que Allen podía permitirse. Algo que no estaría al alcance de un escritor que aún debe demostrar continuidad literaria.
En El País, el diagnóstico va más allá. La acumulación de nombres se describe como un “atracón de información” y un ejercicio de namedropping exhibicionista. El resultado no es densidad cultural, sino ruido. Todo da igual porque nada pesa. Los encuentros improbables no generan sentido ni ironía; solo cromos.
Humor plano y simbolismo infantil
Otro de los puntos de consenso crítico es el fracaso del humor. Las escenas concebidas como cómicas —Vargas Llosa entrando en quirófano para cambiarse el corazón de lado por razones ideológicas, encuentros imposibles en cafés míticos de Barcelona— son percibidas como chistes sin chispa, sin intención satírica real. El Cultural habla de “gracietas”. El País va más lejos y define el tono como pueril, propio de una novela juvenil o infantil poco exigente.

Ese juicio es especialmente demoledor porque no cuestiona la accesibilidad del libro, sino su profundidad. La novela, dice El País, no logra ser ni fantástica ni verosímil, ni surrealista ni simbólicamente rica. El intento de fundir épocas y memorias fracasa porque no hay un relato que sostenga el artificio. Lo que queda es un pastiche plano, desaborido, sin verdadera carga literaria.
Cuando el personaje devora al libro
La Razón introduce un matiz distinto, aunque no contradictorio. Reconoce los riesgos del proyecto y señala el peligro del artificio y de los cameos excesivos, pero pone el foco en otro fenómeno: el ruido extraliterario que rodea a David Uclés. El éxito masivo de su novela anterior, su exposición mediática, sus posicionamientos públicos y las polémicas recientes han convertido cada nuevo libro en un acontecimiento sometido a juicio inmediato.
Según esta lectura, La ciudad de las luces muertas no solo se evalúa como novela, sino como síntoma. A partir de cierto nivel de popularidad, el texto deja de leerse en sí mismo y pasa a ser interpretado como confirmación o refutación de una figura pública. El problema, sin embargo, es que incluso descontando ese ruido, las críticas coinciden en señalar fallos estructurales graves.
¿Cómo ha podido ganar el Premio Nadal?
La pregunta atraviesa todas las reseñas, explícita o implícitamente. ¿Cómo es posible que una novela calificada como reiterativa, facilona, pueril o fallida haya obtenido uno de los premios literarios más prestigiosos del país? El País formula la duda de manera directa y la extiende al ecosistema editorial: ¿se premia aquí la literatura o la inercia comercial?
El hecho de que La ciudad de las luces muertas llegue tras un éxito descomunal invita a sospechar que el galardón ha funcionado como amplificador de una marca autoral ya consolidada. No se estaría reconociendo tanto un libro concreto como la continuidad de un fenómeno. Esa lectura, inquietante, conecta con una sensación cada vez más extendida: los grandes premios literarios del Grupo Planeta parecen apostar por la seguridad de las ventas antes que por el riesgo estético real.
Un batacazo con consecuencias
Las primeras críticas a La ciudad de las luces muertas no dibujan una simple división de opiniones. Dibujan un consenso negativo poco habitual en un autor joven, premiado y mediáticamente visible. Nadie discute la imaginación de David Uclés ni su energía creativa. Lo que se cuestiona es algo más profundo: su capacidad para convertir esa imaginación en una novela que funcione como tal.

El batacazo no es solo literario. Es también simbólico. Interpela a los jurados, a las editoriales y a un sistema que parece confundir ambición con acumulación, libertad con ausencia de forma, impacto con literatura. La pregunta final no es si David Uclés podrá escribir una gran novela en el futuro. Es si alguien, después de este libro, se atreverá a exigirle que lo haga.
