– ¿Y a ti qué te parece?
La pregunta se formula en una cocina del barrio de Chamberí, con los platos aún sobre la mesa. Alexandra se la hace a su hija adolescente el mismo día en que Pedro Sánchez anuncia que España prohibirá el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. La respuesta es inmediata: “Me parece bien, porque he sufrido mucho por las redes, pero no tanto como para que la prohibición llegue hasta los 16”.
En casa de Casilda, madre de cuatro hijos -dos de ellos adolescentes- la noticia se recibe con alivio. “Caminar en esta dirección me parece imprescindible”, reconoce. No porque crea que una ley vaya a resolver el problema, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien parece señalar el elefante en la habitación: la relación de los niños con un ecosistema digital diseñado para capturar su atención.
Desde ahí -desde la reacción doméstica, no desde el titular- arranca la reflexión de estas dos madres, que escuchan el anuncio del Gobierno con menos entusiasmo que conciencia. Para ellas, las redes sociales no son un debate abstracto: tienen nombres propios, imágenes que llegaron sin permiso, grupos de WhatsApp que expulsan y normas familiares que se negocian cada día.
“Las redes están diseñadas para secuestrar la atención”. Casilda habla con la serenidad de quien ha observado el fenómeno con distancia crítica. “Las redes sociales no son inocentes”, sostiene. “Probablemente las mentes más poderosas del planeta trabajan para secuestrar nuestra atención. Y quien tiene tu atención tiene el poder”. Desde esa premisa, regular no le parece una extravagancia, sino una necesidad.
No se engaña, sin embargo, sobre las dificultades. “No sé si esta medida se podrá aplicar ni cómo. Es como poner vallas al campo”. Aun así, valora el gesto. “Que se intente regular algo que genera adicción me parece imprescindible, sobre todo cuando afecta a cerebros que todavía están formándose”.
Su preocupación va más allá del tiempo de pantalla. Le inquieta la soledad. “Por primera vez, niños y adolescentes encabezan los índices de soledad no deseada”. Más conectados que nunca y, sin embargo, más solos. Para Casilda, las relaciones mediadas por una pantalla no solo alteran la información que reciben, sino la manera de estar en el mundo. “Aprenden a editarse, a evitar el silencio, a esquivar la fricción de la conversación real”.
Hay, además, un efecto que le resulta especialmente inquietante: la disociación constante entre cuerpo y mente. “La cabeza está en un vídeo y el cuerpo en otro sitio. Te subes a un taxi y no hay paisaje, no hay tránsito. No sé cómo afecta eso psicológica o biológicamente, pero estoy segura de que afecta”.
Normas en casa: retrasar, limitar y dar ejemplo.
En su casa, las reglas son claras. “No tienen móvil hasta los 12 años. Las tablets, dos horas los fines de semana”. Los mayores, ya adolescentes, cuentan con más margen, pero no con una libertad sin explicación. “Más allá de prohibir, hay que enseñar qué es este mecanismo, cómo funciona y qué hace con tu atención”.
Casilda insiste en algo que considera irrenunciable: la coherencia adulta. “No podemos dar sermones y luego refugiarnos en el móvil. No puedes estar bañando a tu hijo mientras contestas correos”. Antes, recuerda, incluso la televisión generaba un clima compartido. “Los teléfonos crean compartimentos estancos. Fomentan una individualidad peligrosa”.
“Lo peor no fue ver imágenes, fue sentir que habían entrado en su teléfono”
Alexandra observa el debate desde otro lugar: el de la experiencia directa. Su hija tenía once años cuando recibió en su móvil contenidos pornográficos extremadamente explícitos. “Lo peor no fue ver esas imágenes”, explica. “Fue la sensación de invasión. De que alguien había entrado en su teléfono y le había metido todo eso dentro”.
No había dado su número. No había buscado nada. Aun así, el contenido llegó.
Después vino el aislamiento. El acoso no adoptó la forma de insultos, sino de exclusión. “La echaron del grupo de WhatsApp de la clase”. Algo que a los ojos adultos puede parecer menor, pero que en la preadolescencia es devastador. “Si estás fuera del grupo, no te enteras de nada: deberes, planes, celebraciones”. Cuando alguien la volvió a incluir, la expulsaron de nuevo. Nadie se atrevió a desafiar a la líder del grupo. “Terminó el curso completamente aislada”.
Por todo ello, Alexandra no rechaza de plano la propuesta del Gobierno. “Me parece una medida acertada”, reconoce. “Las redes les fríen el cerebro y les dan más credibilidad que a lo que decimos las familias”. Pero la edad, a mi hija, le chirría. “Dieciséis años se dice pronto. Para ellos es Bachillerato. Es una edad muy avanzada para no poder comunicarte con tus amigos, porque al final la red social es WhatsApp».
Señala, además, una contradicción difícil de ignorar: «A los 14 años puedes consentir relaciones sexuales o asumir ciertas responsabilidades legales, pero no usar redes hasta los 16».
En su casa, la gestión es pragmática. La pequeña no tiene móvil. La mayor lo tiene desde los 12 años, en parte por una necesidad familiar. “También influye la educación. Es responsable, pregunta, consulta. Hemos puesto más normas de uso correcto que de prohibición”.
Alexandra no cree que la ley pueda controlarlo todo. “No se pueden poner puertas al campo. Esto nos ha arrasado”. Pero tampoco cree en la resignación. “Si no puedes evitarlo, tienes que acompañar, enseñar y retrasar todo lo que puedas para que no se queden aislados y, a la vez, estén protegidos”.
Cuando la conversación se apaga y la mesa se recoge, la ley sigue siendo una promesa futura y el móvil continúa ahí, sobre la encimera. Las madres lo saben: ninguna norma borrará lo ocurrido ni sustituirá las conversaciones incómodas, las reglas domésticas y la vigilancia cotidiana.
La prohibición anunciada por el Gobierno quizá no sea la solución definitiva. Tal vez ni siquiera sea plenamente aplicable. Pero para Casilda y Alexandra tiene un valor simbólico: pone nombre a un problema que hasta ahora parecía una responsabilidad exclusivamente privada.
Proteger -concluyen sin decirlo así- no es solo prohibir. Es estar. Preguntar. Escuchar. Y asumir que, mientras la política debate edades y límites, la verdadera batalla se libra cada día en casa, con los hijos sentados enfrente y el móvil al alcance de la mano.
