“Puta”, “zorra”, “chupapollas”, “ojalá que te violen”, “pero que te violen bien”, “roja de mierda”, “escoria”, “puta”, (más) “puta”, “ándate con ojo, cualquier día de mato”, “serás ejecutada públicamente”, “qué lástima que no te peguen un tiro en la cabeza”.
Resulta incómodo escribirlo y resulta incómodo leerlo. Imaginen vivirlo: estos insultados, estas amenazas, forman parte de la nueva normalidad a las que se enfrentan decenas de periodistas y comunicadoras en nuestro país.
Una realidad legitimada por una, lamentablemente, cada vez más amplía parte de nuestra sociedad. Coincide, por lo que sea, que quien legitima esta forma de violencia son los mismos que no conocen o reconocen la represión que un día legitimaba exactamente lo mismo en nuestro país. Una dictadura que cumplía esas mismas amenazas.
“Serás ejecutada públicamente”: la amenaza que fue ley y hoy volvemos a normalizar
Demos un breve paseo por ese “serás ejecutada públicamente” o “que te peguen un tiro en la cabeza”. Demos un paseo por la historia, por la memoria de nuestro país.

Madrugada del 5 agosto de 1939. Treces mujeres, alguna de ellas no alcanzaba la mayoría de edad de la época, son asesinadas a órdenes del régimen dictatorial que acaba de imponerse en nuestro país. El fascismo se ha hecho con el poder en una sociedad que ya conocía la libertad y matar se convierte en la herramienta disciplinar del régimen. Cuando las amenazas, la represión y los castigos no bastan, apretar el gatillo contra los demócratas se hace ley. Una ejecución pública. Uno, dos, tres (los que hicieran falta) tiros a bocajarro.
Ana, Victoria, Martina, Virtudes, Luisa, Elena, Dionisia, Carmen, Pilar, Joaquina, Blanca, Julia y Adelina son solo algunas de las voces de las que el régimen se deshizo para consolidarse.
Casi nueve décadas después observamos (casi atónitos y de nuevo) como decenas de voces femeninas sufren esa misma persecución, ese mismo acoso, esa misma violencia.
Obligadas a aprender a vivir bajo amenazas: Ana, Sarah, Cristina, Carla, Ane… y cuántas más
La periodista y escritora Cristina Fallarás necesita salir a pasear con escolta. Ha tenido que cambiar de domicilio hasta en tres ocasiones y esa violencia, que comenzó en las redes sociales, la ha llevado directa al hospital por ser agredida en plena calle. Las amenazas contra su persona se han intensificado en el último año: se ha convertido en diana del partido ultraderechista Vox y sus votantes. Crearon una web que animaba a sus afiliados a denunciarla por el simple hecho de decir la verdad: llamarlos racistas por sus agresivas políticas anti migrantes.
A la activista feminista e influencer Carla Galeote la han amenazado en incontables ocasiones con “violarla”, además de utilizar sus fotos para crear páginas porno y suplantado la identidad. La humorista Ane Lindane también es foco de esta violencia impune: “No te cogerán 5 menas y te meterán una paliza de muerte como le hicieron al chaval rumano de 18 años hace un mes hija de la gran puta”. Es solo uno de los cientos de mensajes que recibe por hacer activismo en sus redes sociales.
Son decenas las mujeres obligadas a convivir entre amenazas, insultos incontables, desautorizaciones y deshumanizaciones de sus personas por el simple hecho de ser demócratas.
Ana Bernal Triviño: limitar tu vida por seguridad
Lo observamos hoy casi atónitos porque hasta hace bien poco una amplísima parte de nuestra sociedad decidió mirar hacia otro lado cuando otras mujeres lo advertían: la periodista y escritora Ana Bernal Triviño es una de ellas.
“Periodos de violencia…” reflexiona al otro lado del teléfono con Artículo14. “Pues no sé cuántos. Tantísimos…”. Silencio. “Ahora te acuerdas de cuando éramos otras, que somos ‘las viejas’, que avisábamos de que esto ocurriría y que no era cosa de una, sino que iban a ir a por todas. Pero entonces nos dejaban solas. Muy poca gente nos apoyaba”.
Berzal admite el hecho con dolor, pero también con cierto orgullo: “Afortunadamente hoy se conocen más. Sufrir esta violencia es muy complicado, de mucha soledad y yo por lo único que me alegro, y es que ahora sí hay compañeras que sientan ese apoyo”.
Más de una década de persecución
Hace más de una década que la periodista es objeto de una campaña de desprestigio por enfocar su carrera profesional a la violencia machista. En el año 2017, cuando Twitter (ahora X) empezaba a ser el lugar tóxico que es hoy (el 41% de los usuarios de esta red social (según Statista) afirma haber sufrido violencia y acoso digital en el canal, Berzal ya era amenazada de muerte: “Llegaron las guillotinas. Empezaron a seguirme a la salida de TVE (donde acudía a las mesas de tertulia), me amenazaban con que sabían localizarme en mi universidad (donde es profesora) y que en la puerta me iban a violar, a matar y después a quemar”.

Y entonces llegó el miedo. Limitó su presencia en conferencias, dejó de organizar presentaciones de sus nuevas publicaciones o evitó acudir a ciertas manifestaciones: “Todo esto te va mermando profesionalmente”.
Dar la espalda a la violencia: “Me dejaron sola”
Una de las situaciones que evidenció la persecución ultraderechista y machista que sufre como periodista y escritora ocurrió en la Feria del Libro. En pleno Parque del Retiro, ante los ojos de todos: “Es cuando más sola me he sentido. Fui a firmar mi libro sobre la trilogía de Federico García Lorca. Vino un tipo que era votante de Vox, el mismo lo reconoció, y me agredió. Me tiró el libro, me insultó, me persiguió por el Parque. A los pocos días, publiqué un artículo sobre el ataque y no tuve apoyo absolutamente de nadie. Ni de esos compañeros que estaban denunciando casos similares, ni de asociaciones de prensa. De absolutamente de nadie. Y me quedé sola”.
Desde entonces no ha vuelto a organizar un evento similar. Ni si quiera por la publicación de su nuevo libro: ‘La raíz del poder: Una historia de desigualdad’.
Es lo que tiene tratar el feminismo, la desigualdad y la violencia machista en una sociedad que compra discursos negacionistas en pleno siglo XXI.
Discursos que también compran o permiten algunos medios de comunicación: “Cuando estás en un plató de televisión y te dejan vendida, se produce un fenómeno de desautorización y de deshumanización sobre ti como periodista y como profesional. Aumenta el odio hacia ti. Porque si te ridiculizan, si se cachondean de ti, si te utilizan solamente para generar polémicas, tu estatus profesional se ve mermado. Así que toda esa etapa fue como cruzar por un océano muy sola”.
Elena Reinés: obligada a “parar” por salud mental
Esta semana Elena Reinés, creadora de contenido y comunicadora antifascista, anunciaba su retirada temporal de las redes sociales tras recibir amenazas de muerte. Lo hace por salud mental: “Voy a parar. No porque quiera desaparecer. No porque me hayan vencido. Sino porque esto, simplemente, es insostenible (…) Es una perversión absoluta: los agresores protegidos por el anonimato, y la víctima penalizada por señalarlo. Y necesito decirlo alto y claro: Esto no es normal. Esto no es libertad de expresión. Esto es violencia. Violencia digital, emocional, psicológica. Un machaque constante que entra por la pantalla, pero se queda dentro del cuerpo”.

Es la merma que tan bien conoce BerNal y también Sarah Santaolalla: “Todo lo que está pasando es muy peligroso, da auténtico pánico que una persona, desde un cómico a una periodista a un comunicador tengan que abandonar su puesto de trabajo por el acoso fascista y ultra que estamos sufriendo”, reflexiona la analista política con Artículo14.
Sarah Santaolalla: cuando los fascistas llegan a profanar tumbas
Hace solo unos días la tumba de las ‘Treces Rosas’ fue profanada para plasmar la amenaza de muerte directa a Santaolalla. Acostumbrada a denunciar la pasividad de política y social ante cualquier tipo de violencia, es foco de acoso y persecución diaria por ello.
“Están vandalizando la tumba con mi nombre en una tumba que tiene por desgracia a 13 mujeres que fueron fusiladas por defender sus ideas contra el franquismo y que vieron la batalla contra el fascismo y que por eso las asesinaron. Creo que nada es casual. No aparece en otro lugar mi nombre, no aparece en otra tumba y no aparece en otro sitio”, insiste.
Persecución sistemática: “Espero a Vito Quiles en los tribunales”
Santaolalla ha denunciado esta violencia en “numerosas ocasiones” ante la policía. También lo hará, asegura en su carta de parón, Reinés. “No pueden quedar impunes”, reflexionan ambas.
Los acosadores hace tiempo que dejaron estar detrás de las pantallas. El agitador ultra Vito Quiles nos lo lleva demostrando más de un año. Él y su escuadrón, tratando de maquillar el acoso sistemático como “periodismo patriótico”, han perseguido en numerosas ocasiones a Santaolalla. Y por eso, la analista, lo llevará a juicio. Existen vídeos de ello. Él mismo los publica para acrecentar el odio hacia Santaolalla. Sin embargo, las condenas suelen quedar, simple y llanamente, en esa red social llamada X.
El 73% de las comunicadoras sufre violencia
Por eso, muchas, desaparecen de las redes. Ni si quieran denuncian. No por temor. Tampoco por miedo. Sino por la “pérdida de fe en el sistema democrático”. El 73% de las periodistas, asegura la UNESCO, es víctima de violencia digital en redes sociales. Algunas forzadas a abandonar durante un tiempo sus carreras, otras limitadas a recorrer caminos que conocen de memoria por seguridad y todas obligadas a lidiar con el temor de poder “ser la siguiente”.
Cada amenaza que hoy se lanza contra una periodista, comunicadora o activista, cada “te vamos a matar”, cada “serás ejecutada públicamente”, no es una metáfora exagerada ni un exabrupto digital: es un eco. Un eco viejo, conocido, ensayado. Es la misma violencia que un día se convirtió en orden, en ley, en disparo. Es el mismo odio que creyó que fusilando mujeres jóvenes —algunas casi niñas— iba a borrar ideas, memoria y futuro. No lo consiguió.
Es momento de escuchar el eco de nuestra propia historia
El testimonio de Bernal, Reinés o Santaolalla es la demostración de que las barbaries que un día la sociedad silenció (muchos obligados, otros por interés y otros por convicción) regresan en forma de amenaza anónima, de insulto repetido. Regresa cuando escuchar “te vamos a matar” deja de escandalizar y empieza a normalizarse.
Las Trece Rosas no murieron para convertirse en una anécdota histórica ni en un símbolo decorativo. Murieron recordando que el fascismo siempre empieza igual: señalando, deshumanizando, amenazando, aislando.
Por eso nada de lo que hoy reciben periodistas y comunicadoras de nuestro país es nuevo. No es una moda digital ni un exceso de las redes sociales. Es la misma violencia política y machista de siempre, adaptada a nuevos formatos. El mismo mensaje: calla, retírate, desaparece o atente a las consecuencias.
Y cuando hoy se escribe “un día te pegarán un tiro en la cabeza” o se vandaliza la tumba de este país debería empezar a escuchar el eco de su propia historia.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
