Hablamos de violencia, de víctimas de conflictos armados, seguimos minuto a minuto las negociaciones de paz… y, sin embargo, hay una guerra que no aparece en las portadas, que no moviliza ejércitos internacionales ni genera cumbres de urgencia: la guerra contra el hambre. Un hambre que padecen alrededor de 673 millones de personas en el mundo.
En Manos Unidas llevamos más de 65 años al frente de esta batalla invisible. Porque el hambre es una violencia silenciosa, sin bombas ni trincheras, pero tan letal como los conflictos bélicos que abren informativos.
Las consecuencias de la injusticia
Trabajamos contra el hambre, la pobreza y la desigualdad, y en todo este tiempo hemos aprendido algo fundamental: estas tres realidades no son accidentes del destino. Son consecuencias de estructuras políticas, económicas y sociales profundamente injustas: son violencia.
Esta violencia estructural encuentra su origen en las propias disposiciones de nuestras sociedades y se manifiesta en la pobreza, el hambre, la privación de recursos básicos, la falta de acceso a derechos fundamentales y la exclusión.
Una violencia mortal
Se ejerce cuando una niña no puede ir a la escuela porque su familia considera que solo los varones merecen educación, cuando una madre pierde a su hijo por una enfermedad curable porque el centro de salud más cercano está a kilómetros de distancia, o cuando miles de mujeres dedican horas cada día a buscar agua porque carecen de acceso a este recurso básico.
Lo paradójico es que esta violencia causa probablemente más muertes que los conflictos armados, pero apenas se habla de ella.

Dura más, tiene consecuencias peores y, en muchos casos, alimenta la propia violencia bélica que tanto nos horroriza.
Más de 673 millones de personas
Esos 673 millones de personas que pasan hambre no viven solo en territorios en guerra declarada. También habitan en contextos donde la violencia estructural es caldo de cultivo para que estalle la violencia armada.
El reciente Índice de Pobreza Multidimensional 2024 confirma que de los 1.100 millones de personas que viven en pobreza multidimensional aguda, casi el 40% residen en países que experimentan guerra, fragilidad o bajos niveles de paz.
Las mujeres, las primeras víctimas
Y las mujeres son las primeras víctimas de esta doble violencia. En contextos de conflicto, cuidan y mantienen a sus familias sin acceso a recursos, tierras o créditos. A menudo son consideradas trofeos de guerra, sufren violaciones y esclavitud sexual. Sin embargo, cuando los conflictos terminan, sus voces siguen siendo las más excluidas de los procesos de reconstrucción y paz: solo una de cada diez negociaciones las incluyó en 2024.

Lo grave es que normalizamos esta violencia. Nos hemos acostumbrado a las cifras y mientras sigan existiendo personas que vivan sin agua, sin un techo en el que cobijarse, sin saneamiento, sin electricidad, sin alimentos…estaremos sembrando las semillas de futuros conflictos.
La violencia cultural que perpetúa la desigualdad
Detrás de cada número hay una vida truncada. Y en la mayoría de esos rostros vemos a mujeres: las que comen las últimas, las que cargan con los cuidados sin recursos, las que quedan viudas en sociedades que les niegan derechos.

Porque existe además una violencia cultural que perpetúa estas desigualdades: ideologías que normalizan que las niñas no vayan a la escuela, que las mujeres no hereden tierras, que no accedan a puestos de decisión. Esta violencia invisible excluye a la mitad de la humanidad del desarrollo.
Nuestro estudio “Paz en un mundo en conflicto. Radiografía de la opinión pública española sobre paz y desarrollo” confirma que el 63% de los españoles reconocen que la violencia no se limita a la guerra: el hambre, la pobreza y la desigualdad son también violencia. El 75% señala la mala gestión de recursos y la corrupción como principal causa del hambre. La ciudadanía lo entiende.
Aumenta el gasto militar
Y, sin embargo, aquí surge una paradoja reveladora: el gasto militar global alcanzó los 2,7 billones de dólares en 2024, mientras que los fondos dedicados a la consolidación y mantenimiento de la paz apenas llegaron a 47.200 millones. Es decir, invertimos 50 veces más en prepararnos para la guerra que en prevenirla.

Esta elección presupuestaria refleja una visión limitada de la seguridad. Seguimos creyendo que la paz se construye con armamento disuasorio, cuando la historia nos muestra una y otra vez que la paz duradera se construye con desarrollo justo, instituciones democráticas sólidas, educación en valores y respeto a los derechos humanos.
Declarar la guerra al hambre es construir la paz
La buena noticia es que combatir esta violencia es posible. No requiere grandes operaciones militares ni complejas negociaciones. Requiere voluntad política, justicia social y el compromiso de construir sociedades donde cada persona ejerza plenamente sus derechos.
La paz no puede ser nunca la simple ausencia de guerra. La paz verdadera exige justicia social, respeto de los derechos humanos y acabar con el hambre. Exige declarar la guerra a esta violencia estructural que condena a millones de personas a vivir en la pobreza.
cartel_2026_44x31_mu_horizontalDesde Manos Unidas seguimos en primera línea de esta batalla contra el hambre, la pobreza y la desigualdad. Porque creemos firmemente que garantizar el acceso universal a la educación, la salud y un trabajo digno son las armas más poderosas para desmantelar esta violencia invisible.
Es hora de declarar esta guerra abiertamente, de nombrar al enemigo: la violencia silenciosa que mata cada día. Solo reconociéndola podremos combatirla. Y solo combatiéndola construiremos una paz verdadera y duradera donde el respeto de la dignidad humana sea lo único que importa.
*Cecilia Pilar Gracia es la presidenta de Manos Unidas
