No es extraño conocer a alguien que tiene tanto el último iPhone como el bolso con el que soñaste al abrir tu revista de moda preferida y ha pasado unas vacaciones de ensueño cuando en realidad, llegar a fin de mes le es ciertamente complicado. En la actualidad, las necesidades vitales son cada vez más costosas mientras que los caprichos y los micro lujos se han ido abaratando.
Hablamos entonces de la denominada luxury poverty, que genera una peligrosa ilusión de prosperidad en la que en realidad, lo que realmente es un lujo es ahora sobrevivir. Este fenómeno empuja a cantidad de personas a tener una aparente seguridad financiera de la que presumen con ciertos objetos de deseo cuando en realidad, se enfrentan a grandes problemas económicos en un momento en el que, sin ir más lejos, encontrar vivienda es ciertamente complicado.
Supone el reflejo de la tensión que se genera entre disfrutar la vida haciéndolo por encima de las posibilidades y afrontar presiones económicas que resultan tan abrumadoras que hacen que la estabilidad a largo plazo parezca inalcanzable. Según una investigación de Dynata para Unobravo, la mayoría de los jóvenes emplea las compras como vía de escape. Desde compras más nimias como los omnipresentes Labubus hasta caprichos tecnológicos que rondan los mil euros, no es raro comprar ciertos objetos de deseo que terminan por ser exhibidos en las redes sociales para hacer al mundo pensar que la cartera de quien de tal estilo de vida presume es abultada cuando lo cierto es que en la mayoría de los casos, no es en absoluto así.
El sistema maquilla la oferta constantemente para que pensemos que tenemos infinidad de opciones de consumo con las que calmar la ansiedad a la que nos somete la incertidumbre actual cuando en realidad, lejos de estar cubriendo necesidades reales, estamos alimentando un deseo que ha sido entrenado para no ser jamás satisfecho. La industria se ha vuelto experta en fabricar pequeñas diferencias, casi imperceptibles, pero que son lo suficiente como para reactivar la atención y empujar la próxima compra.
El resultado es una rueda que no se detiene, un crecimiento que se sostiene sobre el cambio constante de la superficie, mientras el fondo permanece intacto. Y mientras tanto, al ver nuestras ganas de tener el último modelo satisfechas, no prestamos atención al hecho de que no podamos enfrentarnos a gestiones financieras verdaderamente importantes.

Inmersos en la dismorfia financiera, un nuevo estudio puesto en marcha por Qualtrics para Intuit Credit Karma señala que el 29 % de los estadounidenses experimenta esta visión distorsionada de las finanzas personales que podría llevar a tomar malas decisiones. “Este problema es mucho más pronunciado entre las generaciones más jóvenes: el 43 % de la generación Z y el 41 % de los millennials afirmaron experimentar dismorfia financiera, en comparación con el 25 % de la generación X y tan solo el 14 % de los encuestados de 59 años o más”, aclaran los responsables del estudio.
“La dismorfia financiera es como la versión actual de seguirle el paso a los vecinos”, dice Courtney Alev, defensora financiera del consumidor en Credit Karma. “Muchas personas analizan sus finanzas y se comparan con quienes tienen alrededor, con las personas en redes sociales e incluso con celebridades, lo que genera sentimientos de incompetencia. Esta distorsión entre la percepción y la realidad puede impedir que las personas tomen medidas para alcanzar sus metas financieras. Algunas maneras de superar la dismorfia financiera son analizar honestamente las finanzas, establecer metas claras, elaborar un plan y, sobre todo, estar pendientes de nuestros propios ahorros”, señala.
Mientras comprobemos que nuestra cuenta bancaria no está en su mejor momento y fingimos no estar pensando ya en las rebajas de enero, conviene repensar en la importancia de la salud financiera y plantearnos si tal vez ese quinto Labubu no es tan necesario…


