Para apreciar en toda su dimensión el primer largometraje de Hasan Hadi, La tarta del presidente, resulta de ayuda saber qué ocurrió en Irak a comienzos de los años 90 y quizá también tener cierta familiaridad con la gran tradición del cine de Oriente Medio protagonizado por niños, a la que pertenecen tanto El globo blanco, de Jafar Panahi, como las primeras obras de Abbas Kiarostami, que adoptaban el punto de vista infantil para ir desenterrando poco a poco el absurdo y las penurias de la sociedad iraní. Ninguno de esos conocimientos, en cualquier caso, es imprescindible para dejarse cautivar por la nueva película.
La tarta del presidente toma un arquetipo narrativo propio del neorrealismo -un par de protagonistas golpeados por la pobreza emprenden una odisea por una ciudad llena de posibilidades y peligros, encontrándose por el camino con gente buena y gente mala- y lo combina tanto con elementos del cuento infantil como con la terrible realidad de la vida bajo el yugo de Saddam Hussein en el Irak de hace tres décadas. En el proceso, habla de clase social, burocracia, patriarcado y autoritarismo sin caer en ningún momento en el didactismo ni en el sermón.
Su protagonista es una niña de 9 años llamada Lamia, que vive con su abuela en las marismas mesopotámicas. Para ellas la vida no es fácil, puesto que las sanciones económicas impuestas por la comunidad internacional sobre el país hacen que los alimentos y las medicinas escaseen, y que los precios estén disparados. Los aviones de combate que surcan el cielo dispuestos a bombardear nos recuerdan que, pese a que el paisaje de las marismas resulta idílico a primera vista, los peligros acechan. La lucha cotidiana de la población, eso sí, no impide que Saddam imponga la celebración de su cumpleaños a todos sus súbditos, y ‘La tarta del presidente’ se desarrolla a lo largo de los dos días previos a una de esas celebraciones. El déspota es una presencia constante en la película, a través de las fotografías y murales propagandísticos que adornan las paredes en casi todas las escenas.
Para los niños de la escuela local, entre ellos Lamia y su mejor amigo Saeed, el cumpleaños de Saddam significa que corren el riesgo de ser seleccionados para aportar algo a las celebraciones, o enfrentarse a graves consecuencias -la humillación pública, o algo peor- si no lo hacen. Mientras que Saeed resulta elegido para llevar fruta al colegio, Lamia se ve obligada a encargarse de preparar una tarta, por lo que la niña y su abuela emprenden una visita a la ciudad para conseguir azúcar, huevos, harina y levadura; cuando Lamia descubre que su abuela ha hecho el viaje con otros motivos en mente, sin embargo, sale corriendo presa del pánico para cumplir la misión por su cuenta junto a Hindi. Saeed no tardará en sumarse al viaje.
Algunos de los encuentros que los niños experimentan en su camino son amables e incluso cómicos; otros resultan estar cargados de verdadero peligro. Unos y otros funcionan no como meras herramientas al servicio del argumento ni como caprichos narrativos sino como retratos auténticos de ciudadanos corrientes, tan reales y creíbles como la propia Lamia. Entretanto, la película no subraya en exceso el estrés y el miedo a la humillación que se ciernen sobre la niña a medida que su misión, en apariencia sencilla, se ve frustrada una y otra vez; en cambio, deja que esos elementos vayan creciendo en intensidad de forma sutil mientras se suceden los los obstáculos, ante los que Lamia exhibe una fuerza interior inesperada sin sacrificar su inocencia.
El dolor y la tragedia retratados por la película se ven compensados por el humor negro que derrochan escenas como un trayecto en coche en el que un novio ciego comenta, aliviado, que nunca tendrá que ver el rostro de su esposa. Por otra parte, la oscuridad del relato alcanza niveles escalofriantes cuando la pequeña Lamia se convierte en objetivo de adultos dispuestos a aprovecharse de su ingenuidad e incapaces de entender que, gracias a su astucia y su resistencia, es ella quien está en mejor situación para sacar provecho.
La tarta del presidente reúne todos los elementos de un relato entrañable sobre una niña que transita hacia la madurez, pero Hadi evita por completo la tentación de dulcificar el relato. En cualquier caso, el gran logro de esta fábula moral profundamente conmovedora es la claridad que logra arrojar sobre las duras realidades de la sociedad iraquí sin apartarse de la perspectiva de su diminuta protagonista, y sin dejar de prestar atención a sus esperanzas y sus sueños.
