La República Islámica de Irán atraviesa uno de los episodios más oscuros de su historia reciente. Tras semanas de protestas masivas y una represión sin precedentes, el país permanece prácticamente incomunicado, con internet bloqueado, hospitales vigilados y miles de familias buscando a sus desaparecidos. Las cifras oficiales no existen, mientras las estimaciones independientes hablan de decenas de miles de muertos.
Desde Londres, donde vive exiliado, Omid Habibinia observa y documenta la crisis desde una distancia forzada. Periodista iraní con una larga trayectoria y colaborador de medios internacionales, Habibinia conoce de primera mano la violencia del régimen. Fue encarcelado en Irán, amenazado en el exilio y sigue trabajando bajo protección policial.
¿Una intervención de Estados Unidos?
En esta entrevista con Artículo14, Habibinia analiza el alcance real de la represión de las fuerzas represivas de los ayatolás, el estado actual del régimen, las divisiones dentro y fuera de Irán sobre una posible intervención extranjera y el dilema personal de ejercer el periodismo desde la diáspora mientras su país se desangra.
-Tras más de un mes de protestas y una represión brutal, ¿qué sabemos realmente de lo que está ocurriendo en Irán?
-La verdad es que seguimos sin conocer la magnitud real de la masacre. El apagón total de internet y la presencia de fuerzas de seguridad en hospitales hacen casi imposible verificar cifras. Aun así, a partir de testimonios médicos, recuentos locales y fuentes sobre el terreno, podemos afirmar que el número de muertos supera con seguridad los 20.000. Algunas estimaciones hablan de 36.000 e incluso de más de 50.000 víctimas.

-Son cifras estremecedoras. ¿Tiene ejemplos concretos que ilustren esa magnitud?
-Sí. Acabo de investigar un distrito del este de Teherán donde, solo en la noche del 8 de enero, durante una hora de protestas cerca de una comisaría, murieron unas 100 personas. En una zona muy pequeña hay varias familias que perdieron a más de un ser querido. Y esto es solo un barrio de la capital. Situaciones similares se repiten en Isfahán, Mashhad y otras ciudades.

-En los últimos días se ha dicho que el régimen logró sofocar las protestas. Otros sostienen que es su momento más débil desde 1979. ¿Cuál es su lectura?
-Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. El régimen no cayó en las noches del 8 y 9 de enero por una razón clave: la falta de organización de las protestas. Millones de personas estaban en las calles, pero sin una dirección clara ni objetivos estratégicos. Si hubieran logrado ocupar centros clave del poder, el régimen habría caído. No había fuerza militar suficiente para detener a esa multitud.
-¿Qué hizo entonces el régimen para sobrevivir?
-Optó por el terror. Dispararon para sembrar miedo, incluso por la espalda, persiguieron a manifestantes hasta sus casas y los asesinaron allí. No intentaron dispersar a la gente, intentaron matarla. Esa violencia extrema fue la única manera de ganar tiempo.
-¿Cree que esa estrategia puede funcionar a largo plazo?
-No. La gente ha aprendido la lección. La próxima vez, cuando millones vuelvan a salir, no será solo para protestar, sino para derrocar al régimen. En ese sentido, sí: este es el momento más frágil de la República Islámica desde su fundación. Yo viví la revolución de 1979 y reconozco patrones muy similares.

-Pero hoy el régimen parece más violento que entonces.
-Mucho más. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica es infinitamente más brutal que el ejército del Sha. Además, recibe apoyo de milicias extranjeras: combatientes iraquíes, afganos, pakistaníes y de Hizbulá. Con ellos pueden matar a mucha gente, pero aun así no pueden derrotar indefinidamente a millones de ciudadanos decididos.
-Parte de la diáspora iraní pide una intervención militar extranjera, especialmente de Estados Unidos. ¿Es la única salida?
-No es la única, pero para muchos dentro de Irán parece la única posible. La gente se siente rehén: incomunicada, bajo ley marcial no declarada, con tropas armadas en las calles. Algunos creen que ataques selectivos contra centros de poder (sedes de las Guardias Revolucionarias, aparatos de inteligencia, incluso el entorno de Jamenei) podrían paralizar al régimen y dar una oportunidad real al pueblo.

-Y fuera de Irán, ¿qué piensa la diáspora?
-Fuera hay mucha más división. El recuerdo del golpe contra Mossadegh en 1953 sigue muy presente. Mucha gente teme una intervención extranjera que condicione el futuro del país. Es un debate legítimo. Pero desde dentro, cuando ves cómo matan a tus vecinos, el análisis es distinto.
-Usted ejerce el periodismo desde el exilio. ¿Cómo se trabaja con esa carga emocional?
Es extremadamente difícil. Como iraní, estás devastado; como periodista, tienes que verificar, contrastar y mantener estándares profesionales. Para los medios persas es más sencillo posicionarse. Para los internacionales, hay que presentar narrativas opuestas, incluso cuando una de ellas es propaganda del régimen.
-¿Puede dar un ejemplo de esa dificultad?
Estoy investigando el caso de una joven motociclista cuya imagen se hizo viral tras su muerte. La familia dice que fue un accidente; activistas aseguran que murió en una protesta y que la familia fue presionada para negarlo. Ambas partes aportan pruebas. Verificar algo así puede llevar días y un enorme desgaste personal.

-Además, usted mismo ha sido amenazado.
-Sí. Ya en Irán fui atacado y encarcelado. En Londres he recibido amenazas de muerte. He cambiado de casa varias veces y estoy en contacto con la policía antiterrorista. Es el precio de contar lo que el régimen quiere ocultar.
-¿Cómo imagina su regreso a Irán?
-Sueño con volver pronto. Incluso antes de la caída del régimen, si pudiera hacerlo con seguridad. Pasé un año en prisión, viví las ejecuciones masivas de 1988. Tengo razones personales y profesionales para volver. Quiero luchar por la libertad de mi país y contar esa historia desde dentro. Irán no merece ser una cárcel gigante. Merece libertad.
