La llegada de Sanae Takaichi al poder supuso un hito histórico difícil de exagerar. Por primera vez, Japón estaba gobernado por una mujer. La imagen recorrió el mundo y fue leída como un síntoma —quizá tardío— de apertura en una de las democracias más desarrolladas y, al mismo tiempo, más rígidas en términos de género.
Sin embargo, meses después, la pregunta que sobrevuela tanto dentro como fuera del país sigue siendo incómoda: ¿qué ha cambiado realmente para las mujeres japonesas desde la llegada de Sanae Takaichi al Gobierno? Y, si logra revalidar el cargo en las elecciones anticipadas, ¿qué puede esperarse de su agenda para ellas?
Un símbolo potente, pero una agenda prudente
Que Sanae Takaichi sea primera ministra tiene un valor simbólico innegable. En un país donde la política sigue dominada por hombres y donde la presencia femenina en puestos de poder continúa siendo excepcional, su figura rompe un techo que parecía inamovible. Pero el símbolo no siempre se traduce en política pública. Desde su llegada al Ejecutivo, la acción de gobierno no ha situado a las mujeres en el centro del discurso ni de las reformas estructurales.
La agenda de Sanae Takaichi ha estado marcada por
- La economía
- La seguridad nacional
- El posicionamiento estratégico de Japón en un contexto internacional cada vez más tenso
En ese marco, las políticas de género han quedado en un segundo plano, más cerca de la retórica general sobre “igualdad de oportunidades” que de un plan concreto para corregir desigualdades históricas.
¿Qué ha cambiado, en términos reales?
En estos meses, los cambios tangibles para las mujeres japonesas han sido limitados. No se han aprobado reformas de calado dirigidas a:
- Reducir la brecha salarial
- Transformar la cultura laboral que penaliza la maternidad
- Reforzar los mecanismos de conciliación

Tampoco se han impulsado nuevas leyes específicas sobre violencia de género o corresponsabilidad familiar.
El gesto más visible ha sido la composición del gabinete. Sanae Takaichi incorporó a varias mujeres en puestos ministeriales. Un movimiento leído como una señal de apertura. Sin embargo, el número sigue siendo bajo en comparación con otros países desarrollados y muy lejos de las promesas iniciales de una representación femenina cercana a la paridad. Para muchas analistas, este dato resume bien el momento: hay avances simbólicos, pero el núcleo del poder continúa siendo mayoritariamente masculino.
El peso de la estructura laboral japonesa
Para entender por qué los cambios son tan lentos, hay que mirar más allá del liderazgo individual. Japón arrastra un modelo laboral profundamente arraigado, basado en:
- Largas jornadas
- Escasa flexibilidad
- Una división tradicional de roles
En ese sistema, las mujeres siguen siendo quienes asumen mayoritariamente las tareas de cuidado, lo que limita su acceso a puestos de responsabilidad y las empuja, en muchos casos, a empleos precarios o a abandonar el mercado laboral tras la maternidad.
El Gobierno de Sanae Takaichi no ha cuestionado de forma directa esta estructura. Las políticas heredadas de impulso al empleo femenino continúan, pero sin un giro claro ni nuevas herramientas que aceleren el cambio. El resultado es una sensación de continuidad más que de ruptura.
La ausencia de una agenda feminista explícita
Una de las claves para entender el rumbo del Ejecutivo es la propia posición ideológica de Sanae Takaichi. Su perfil es conservador, y su discurso ha evitado deliberadamente identificarse con una agenda feminista en sentido clásico. La primera ministra ha defendido que su objetivo no es gobernar “como mujer”, sino como líder nacional. Una afirmación que ha sido aplaudida por algunos sectores y criticada por otros.

Para parte del movimiento feminista japonés, esta postura implica una oportunidad perdida. Tener a Sanae Takaichi en el poder no ha significado, hasta ahora, un impulso decidido a políticas transformadoras para las mujeres, sino más bien la normalización de su presencia en un sistema que sigue funcionando con las mismas reglas.
¿Qué propone si sale elegida de nuevo?
De cara a un nuevo mandato, las señales no apuntan a un giro radical. El programa político de Sanae Takaichi para las elecciones anticipadas vuelve a priorizar los siguientes conceptos:
- La estabilidad económica
- La Defensa
- La reforma institucional
En ese marco, las mujeres aparecen de forma transversal, integradas en políticas generales, pero no como sujeto específico de reformas ambiciosas.
Eso no significa que no pueda haber avances. Un segundo mandato con mayor estabilidad parlamentaria podría permitir mejoras graduales en conciliación, incentivos a la contratación femenina o apoyo a la natalidad, cuestiones que afectan directamente a las mujeres. Sin embargo, todo apunta a que serían ajustes incrementales. Nunca una transformación profunda del modelo social y laboral japonés.
El dilema: representación frente a cambio estructural
La figura de Sanae Takaichi plantea un dilema que va más allá de Japón. ¿Es suficiente que una mujer llegue al poder para que la situación de las mujeres mejore? La experiencia de estos meses sugiere que no. La representación importa, pero sin una agenda clara y sin voluntad de confrontar estructuras arraigadas, el impacto es limitado.
Para muchas japonesas, la vida cotidiana no ha cambiado sustancialmente desde la llegada de Sanae Takaichi al Gobierno. Siguen enfrentándose a duros desafíos como:
- Techos de cristal
- Jornadas incompatibles con la maternidad
- Expectativas sociales que condicionan su carrera profesional

La diferencia es que ahora lo hacen bajo el liderazgo de una mujer que ha demostrado que el acceso al poder es posible, pero no necesariamente transformador.
Expectativas contenidas, preguntas abiertas
Si Sanae Takaichi logra revalidar el cargo, su segundo mandato será observado con lupa. No tanto por lo que representa, sino por lo que haga. La gran incógnita es si la estabilidad política le permitirá ir más allá del simbolismo y abordar reformas que mejoren de forma tangible la vida de las mujeres japonesas, o si su legado quedará asociado, sobre todo, al valor histórico de haber sido la primera.
Por ahora, el balance es claro: Sanae Takaichi ha cambiado la imagen del poder en Japón, pero no ha cambiado todavía las reglas del juego. Y eso, para muchas mujeres, sigue siendo la diferencia entre la esperanza y la realidad.
