Charli XCX está haciendo algo que pocas estrellas del pop se permiten sin miedo: escapar de su propia fórmula en el momento exacto en que el mundo aún la celebra. Tras el impacto global de Brat (2024), el disco que afiló su estética abrasiva y su energía de club hasta convertirla en un fenómeno cultural, la británica regresa con Wall of Sound, un single inquietante, oscuro y profundamente cinematográfico que funciona como adelanto del álbum que ha compuesto para la banda sonora de la nueva adaptación de Wuthering Heights (Cumbres borrascosas), dirigida por Emerald Fennell.
La película —con Margot Robbie como Catherine Earnshaw y Jacob Elordi como Heathcliff— se estrenará el 13 de febrero de 2026, la misma fecha prevista para el lanzamiento del álbum. La alianza entre Charli XCX y Emmerald Fennell no es solo un cruce de nombres magnéticos; es también un gesto de época: el pop ya no quiere limitarse a sonar en bucle, busca convertirse en relato, en atmósfera, en dramaturgia. Y Wall of Sound suena exactamente a eso: a un plano nocturno que se aproxima lentamente a un precipicio emocional.
La canción se abre con cuerdas orquestales de aire casi terrorífico, como si el romanticismo clásico se hubiera contaminado con un miedo contemporáneo. No hay aquí estribillo de euforia ni la ironía hedonista que Charli XCX sabe dominar. Su voz aparece más cruda, más cercana, casi desprotegida, colocada sobre una producción que empuja hacia lo ritual. Pitchfork la ha descrito como parte de un proyecto sonoro “gótico” y “literario”, orientado a emociones intensas y a una estética británica oscura, más ligada al drama que al brillo.
Lo interesante no es solo que Charli XCX haga un giro estético, sino desde dónde lo hace. En un ecosistema musical que obliga a muchas mujeres a repetir la fórmula que mejor funciona —a mantenerse “reconocibles”, agradables, rentables—, ella se permite lo contrario: incomodar, volver raro lo que estaba claro, poner el cuerpo creativo en riesgo. Y en esa valentía hay algo particularmente feminista: el derecho a mutar sin pedir disculpas, el derecho a dejar de ser un producto estable.
Wall of Sound es el tercer adelanto de este proyecto tras House, donde se unió a John Cale (histórica figura de The Velvet Underground), y Chains of Love, un tema de resonancias góticas. La secuencia deja clara la dirección: Charli no está jugando a “hacer cine” como decoración sonora, está componiendo un universo.

Emerald Fennell, por su parte, es una directora especialmente adecuada para esta alianza. En su filmografía —de Una joven prometedora a Saltburn— ha demostrado que sabe convertir el deseo en tensión y que su mirada sobre el poder siempre roza lo incómodo. Su nueva Cumbres borrascosas no llega, por tanto, como una adaptación académica, sino como una lectura de alto voltaje emocional. Y, de hecho, el propio Jacob Elordi ha descrito el rodaje como una inmersión intensa en una historia de amor “primario” y física, alimentada por el paisaje de los páramos ingleses.
El personaje de Catherine Earnshaw —una mujer que no encaja, que desborda, que elige mal— ha sido a menudo interpretado desde la moral o el castigo. La posibilidad de que ahora lo encarne Margot Robbie, en una producción contemporánea con vocación masiva, también implica un cambio: Catherine vuelve al centro, y lo hace como protagonista de su propio incendio. En ese contexto, el sonido de Charli XCX funciona como un espejo: su música amplifica el conflicto.
La propia Charli ha confesado que, tras el ciclo de Brat, se sintió “vacía y estancada”, y que ahora se encuentra más inspirada por el cine que por la música. Esa frase es más importante de lo que parece: habla de una artista que no romantiza su maquinaria de éxito. Reconoce el desgaste, la resaca emocional de la hiperexposición, y busca refugio en otros lenguajes. Además, productores clave en su trayectoria reciente —A.G. Cook, Finn Keane o George Daniel— han deslizado que, después del proyecto de Cumbres borrascosas, llegará un nuevo disco descrito como un “anti-Brat”, que explorará caminos opuestos a los beats de club y a la estética abrasiva que definieron su último gran éxito.
Mientras tanto, Wall of Sound se queda nos sumerge en la historia de amor maldito y romántico de Emily Brontë: es pop, sí, pero no para distraerse. Es un tema que propone otra relación con la emoción: menos consumo rápido, más narración interior. Y, sobre todo, una idea que conecta de lleno con el feminismo cultural: el derecho de una mujer a habitar sus zonas oscuras sin convertirse en espectáculo, sin ser devorada por la caricatura.


