La herencia de James Joyce (1882-1941) en la literatura es prácticamente inabarcable. El escritor irlandés, que murió hace 85 años, ha dejado tras de sí una alargada estela que críticos, escritores y traductores continúan persiguiendo sin terminar de darse nunca por satisfechos. Un autor cuya hazaña capaz de romper con la novela decimonónica y poner patas arriba la literatura le ha valido una justificada comparación con los más grandes, desde Shakespeare hasta Cervantes.
Con apenas tres novelas publicadas (El retrato del artista adolescente, Ulises y Finnegans Wake), a cada cual más experimental que la anterior, y un libro de relatos, Dublineses (que culmina con esa maravilla que es Los muertos), la obra de Joyce se ha convertido en un paradigma necesario para entender la evolución de la literatura contemporánea en el siglo XX y lo sigue siendo en el XXI.

Lo demuestra la inagotable bibliografía al respecto que no hace más que crecer. Solo este 2026 la colección Austral publica una nueva edición de Dublineses, Cabaret Voltaire edita en castellano la biografía escrita por Edna O’Brien, y también llegará la reedición del ensayo Todos somos Leopold Bloom: Cincuenta años leyendo el Ulises, de Eduardo Lago, que irá acompañado de una compilación en la que se incluyen textos de escritores españoles que han comentado el Ulises, por la revista Hedónica.
Lo que muchos no podían prever a estas alturas es que su compleja herencia literaria se ha convertido también en un camino a seguir para una generación de autoras que han sabido encontrar en su naturaleza rupturista más luz que sombra.
Tras el rastro de la sombra más alargada del siglo XX
Solo en español, su legado ha influenciado a modernistas como Valle-Inclán o Unamuno, pasando por el existencialismo de Dámaso Alonso o Luis Martín-Santos, hasta los integrantes del ‘boom latinoamericano’ como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Mario Vargas Llosa, y un largo etcétera que llega hasta hoy en autores como Julián Ríos, Enrique Vila Matas o Eduardo Lago. Este último define así la deuda con Joyce en la literatura universal: “Como Kafka, Virginia Woolf, el propio Proust o Faulkner, Joyce ha penetrado por ósmosis en la cultura e influye en todos incluso sin leerlo. Es parte del tejido espiritual y artístico de los tiempos desde hace mucho, y su influencia se ha diluido y estabilizado”.

Algo en lo que coincide Diego Garrido, escritor y responsable de la edición y traducción de los dos volúmenes de cartas más completos que se conservan del autor irlandés (Páginas de Espuma), al afirmar que “todo el mundo ha copiado o ha seguido a Joyce sin haberlo leído necesariamente”, precisando que una de sus vías más fructíferas ha sido a través de Faulkner. Y añade: “Muchos de los experimentos que hizo siguen muy inagotados, afortunadamente. El que tuvo más seguidores fue el monólogo interior, que yo no lo he vuelto a ver de una forma tan radical como él, tan desmenuzado, tan arbitrario”.
Un monólogo interior que alcanza su máximo exponente en el Ulises, la novela que lo ha encumbrado como padre de la narrativa contemporánea, un fetiche para académicos y lectores en general, que siguen encontrando entre sus páginas nuevas formas de leer e interpretar su universalidad. Ambientada en un día en el Dublín de principios de siglo, un encuentro entre dos hombres (Stephen y Leopold), en un momento crucial de sus vidas, y todas las posibilidades que caben dentro de la única posible, la vida real.
Para Margarita Estévez-Saá, catedrática de Literatura Inglesa en la Universidad de Santiago de Compostela y especializada en literatura irlandesa, Joyce renovó todos los géneros que tocó, y asegura que leer el Ulises, donde cada capítulo utiliza una técnica literaria distinta, es como leer un manual de narratología. Pero es en sus personajes donde encuentra la clave para señalar la gran trascendencia de su legado.
“Me parece el autor más honesto, en el sentido de que ningún otro ha reflejado las bondades y las miserias del ser humano sin ningún tipo de complejo. Tanto sus personajes masculinos como los femeninos son así de complejos, con aspectos positivos y negativos. A Leopold Bloom lo vemos hacer de todo: ir al baño, tener relaciones sexuales, conocemos sus frustraciones, sus fetichismos… Es muy buena persona, pero también es a veces un ser patético, como somos los seres humanos. Es un autor que tiene además mucho sentido del humor para reírse de nuestra propia condición humana”, considera Estévez-Saá.
Parafraseando a Stephen Dedalus en Ulises: “Toda vida consiste en muchos días, día tras día. Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, viejos, jóvenes, esposas, viudas, cuñados adulterinos, pero siempre encontrándonos a nosotros mismos”.
Nora, Molly Bloom y el feminismo en James Joyce
Y si Ulises es un recorrido a través de lo que ocurre en las cabezas de sus dos protagonistas masculinos, es en el último capítulo, con el monólogo de Molly, donde ha germinado una de sus lecturas más contemporáneas de Joyce, capaz de encontrar en esta esposa adúltera, uno de los personajes femeninos más complejos de la historia de la literatura.

Pues es en ese cierre de la novela en el que vemos cómo una Penélope que no espera a nadie se despacha a gusto sobre todo lo que conocíamos sobre ella. Una protagonista insospechada para la que el escritor irlandés reserva el gran aporte joyceano a la literatura: el monólogo interior. Un texto que refleja los pensamientos de una mujer que no es penitente ni trágica, que no se arrepiente, que desea y que goza.
“Se rompen todas las normas del lenguaje y la sintaxis, el pensamiento fluye puro, sin comas ni puntos. Joyce traduce para todos una forma de sentir aliteraria y agramatical”, apunta Eduardo Lago, que a su vez recuerda las palabras de la autora irlandesa Edna O’Brien, refiriéndose al Ulises como ‘un texto eminentemente femenino’. Por el contrario y en comparación, el autor de Todos somos Leopold Bloom (Galaxia Gutenberg) afirma que las obras precedentes de la tradición realista como Madame Bovary, Anna Karenina o La regenta “son novelas masculinas”.
Una puesta en práctica del flujo de conciencia como nunca antes se había visto y como pocas veces se ha conseguido imitar. “Joyce intenta emular el pensamiento, hasta el punto de que uno acaba creyendo que piensa así, que es mentira, porque pensamos a través de imágenes y de un montón de cosas que no son solo pensamientos. Pero consigue dar esa sensación”, explica Garrido, que atribuye parte del estilo de Molly Bloom a las cartas que le escribía su esposa Nora Barnacle. Más radical es Lago al asegurar que “la verdadera autora del Ulises es Nora, su mujer, que carecía de una educación literaria formal y rigurosa. Sin ella Joyce no es nadie”.
No quiere decir esto que se pueda hablar de James Joyce como un autor feminista, en la relación con sus editoras, por ejemplo, o con su propia mujer hay razones para decir que se trataba de lo contrario. Pero lo cierto es que, al tratar a sus personajes femeninos con la misma complejidad que a los masculinos, abrió un camino para escribir sobre el cuerpo, lo doméstico, lo escatológico, el flujo de conciencia y la sexualidad femeninas sin los filtros moralizantes a los que acostumbraba el canon.
Por su parte, la catedrática Margarita Estévez-Saá ha estudiado la relevancia que Joyce dio a la voz femenina en su obra, afirmando que “en todas sus obras Joyce da la última palabra, directa o indirectamente, a una voz femenina”. Molly en Ulises, Ana Livia en Finnegans Wake o incluso en el final de Los muertos, el último relato de Dublineses, son las mujeres las que terminan teniendo la última palabra en sentido literal o simbólico. “No digo ni que sea feminista ni que sea patriarcal, pero sí supo reflejar la complejidad de las mujeres igual que lo hizo con los hombres”.
Las escritoras que recogen el testigo joyceano
En Irlanda, el autor del Ulises se ha erigido desde hace tiempo como uno de los padres predilectos de la cultura irlandesa, tras vivir paradójicamente casi toda su vida en el exilio. Allí, autores como Joseph O’Connor buscan respuestas para escribir en una era post-Joyce, otros como Roddy Doyle, enfant terrible de las letras irlandesas, reniegan de él calificándolo como “sobrevalorado y poco conmovedor”.
Así, mientras para muchos autores predominantemente masculinos Joyce se ha convertido en una sombra patriarcal que coarta y oprime, representando la “ansiedad de la influencia” que llamó Harold Bloom, para una generación de escritoras irlandesas contemporáneas ha funcionado como una luz liberadora.
En español, por ejemplo, su estela se ha seguido sobre todo al otro lado del charco, con autoras tan reconocidas como Mariana Enríquez (Nuestra parte de noche, Anagrama), admiradora pública de la obra de Joyce que recoge el valor del lenguaje para capturar lo oculto, o algunas más radicales y vanguardistas como la chilena Diamela Eltit, autora de Falla humana (Periférica, 2024), y su forma de dinamitar el español desde el cuerpo y la marginalidad, igual que Joyce dinamitó el inglés imperial.

Quizá porque se han mirado en el reflejo de Molly Bloom, o quizá porque han tenido menos complejos a la hora de recoger su herencia y utilizarla para sus propios fines, Joyce se ha convertido en un aliado inesperado capaz de abrir camino para que muchas mujeres escriban sobre la fragmentación de la experiencia y el cuerpo.
Así lo ha detectado Estévez-Saá al estudiar la literatura irlandesa de autoría femenina contemporánea. “Las escritoras irlandesas están recogiendo precisamente el testigo de Joyce. En la representación de los espacios y en las crisis identitarias. Joyce desmontó binarismos con los que acostumbraba a funcionar el pensamiento occidental, de Leopold Bloom se ha dicho que es un womanly man, un hombre que asume su dimensión femenina en su identidad masculina. También se está revisando la obra de Joyce en clave posthumanista, sobre cómo las identidades humanas dependen y establecen una relación con el mundo material con lo no humano”.
Más allá de autoras de moda como Sally Rooney o Claire Keegan. También figuras consagradas por la crítica como Anne Enright, ganadora del Premio Booker en 2007 con El encuentro (Lumen, 2011), que se atreve a afirmar que Joyce “es parte de mi epigenética, es visceral, está en la manera en que soy como escritora irlandesa”.
También una generación actual de escritoras como Claire Kilroy, cuya novela sobre la maternidad Soldier Sailor fue publicada el año pasado en castellano con traducción de Mar García Puig (AdN), o Deirdre Madden, ganadora del prestigioso Premio de Literatura Windham-Campbell de la Universidad de Yale en 2024, cuya primera novela traducida a nuestro idioma ha sido Una a una en la oscuridad (Errata Naturae, 2025). Y junto a ellas una larga lista en la que se pueden incluir nombres de autoras experimentales que beben directa o indirectamente de Joyce como Mary Costello, Sara Baume, Claire-Louise Bennett o Éilís Ní Dhuibhne, entre otras.
Según la catedrática Estévez-Saá, “en todas ellas se detectan ecos de Joyce. Que en algunos casos van incluso más allá, pues no tienen ningún complejo en experimentar tanto o más de lo que hizo él. Todas ellas están reflejando crisis en la sociedad occidental, el descontento con el mundo capitalista, con la vida en las ciudades, la falta de sentido de la comunidad, preocupaciones medioambientales y todas presentan narraciones muy experimentales”. Una demostración más de que las lecturas en clave contemporánea que actualizan y dan vida a uno de los últimos grandes clásicos son prácticamente inagotables. Convirtiendo así a Joyce en punto de partida esencial para comprender la literatura de nuestro siglo y seguramente la que vendrá.


