La crítica ★★☆☆☆

‘El precio de la red’ es una continuación indigna de ‘La red social’

Aunque la nueva película también parte de un guion de Aaron Sorkin, que además la dirige, comparar la secuela de 'La red social' con la original es como comparar las angulas con las gulas

La naturaleza venenosa de Facebook sigue siendo asunto de actualidad. Meta, la compañía a la que pertenece, acordó hace apenas un mes pagar 18.000 millones de dólares para poner fin a una demanda que acusaba a sus productos de perjudicar el bienestar mental de los adolescentes. Y aunque La red social (2010) nos contó todo lo que necesitábamos saber sobre su despiadado fundador y CEO, Mark Zuckerberg, dado el papel cada vez más omnipresente de la compañía en la vida cotidiana de los estadounidenses a través de empresas como Instagram o WhatsApp, era casi inevitable que la obra maestra de David Fincher acabara teniendo una continuación. Lástima que esa continuación sea El precio de la red.

La red social es técnicamente innovadora, cuenta con interpretaciones brillantes y escenifica nuestro descenso al infierno de las redes sociales a ritmo trepidante y exudando una atmósfera a la vez elegante, sensual y siniestra. Y aunque la nueva película también parte de un guion de Aaron Sorkin, que además la dirige, compararlas es como comparar las angulas con las gulas. Es algo que queda en evidencia a primera vista, dada la factura propia de telefilme que El precio de la red exhibe.

Escena de la película ‘El precio de la red’. YouTube

Cuando la película de Fincher vio la luz, nos advirtió de que aquella herramienta aparentemente benigna llamada Facebook no era benigna en absoluto, y de que su creador lo era aún menos. Dieciséis años después, Sorkin quiere informarnos de que él tenía razón, y el problema es que eso ya lo sabemos, y El precio de la red no aporta sorpresa alguna ni nuevas revelaciones sobre el magnate tecnológico. En su lugar, se limita a emular películas como Todos los hombres del presidente (1976), El dilema (1999) y Erin Brockovich (2000) para construir una fábula reconfortante sobre unos cruzados de la verdad que plantan cara al malvado capital. En concreto, cuenta la historia de cómo el periodista de The Wall Street Journal Jeff Horwitz (Jeremy Allen White), con la ayuda de la denunciante Frances Haugen (Mikey Madison), descubrió el apoyo de la plataforma de Zuckerberg a grupos políticos extremistas y su complicidad en los efectos perjudiciales de Instagram sobre sus usuarios. Desde el principio queda claro que la versión de Horwitz que presenta la película necesita que le expliquen todo lo relacionado con Internet, probablemente porque Sorkin no confía en que el público pueda seguir la historia por sí solo. Haugen da al periodista pistas que le permitirán poner al descubierto prácticas poco éticas, en el transcurso de varias reuniones que dan tiempo a los dos protagonistas para discutir y proporcionan a Sorkin excusas para vestir a Madison con una sucesión de vestidos ceñidos que Haugen usa a modo de tapadera.

Escena de la película ‘El precio de la red’. YouTube

La habilidad más notoria de Sorkin como guionista es poner en boca de sus personajes numerosos diálogos ingeniosos que se suceden a velocidades endiabladas. Sin embargo, El precio de la red contiene muy pocas conversaciones de ese calibre, y todas ellas son echadas a perder a causa de la incompetencia estética general. Como resultado, una vez queda claro que Facebook está cometiendo un crimen y que la pareja va a conseguir cambiar las cosas —es decir, transcurridos no más de 15 minutos de metraje—, la película ya no sabe adónde ir. A partir de ese momento, se limita a acumular escenas en las que los dos héroes, meros estereotipos andantes, dicen lo que piensan y, llegado el momento, actúan con nobleza frente al peligro. A través de ellas, Sorkin parece tratar de poner a prueba la tolerancia del público ante su afán sermoneador y moralizante, especialmente durante un giro argumental en el que la película presenta a Facebook como agente catalizador de la insurrección del 6 de enero con la sutileza de un manifestante que entra a golpes en el Capitolio.

Escena de la película ‘El precio de la red’. YouTube

Mientras tanto, el propio Zuckerberg —encarnado por un Jeremy Strong cuyas maneras robóticas lo hacen parecer un muñeco perverso que ha cobrado vida— permanece en los márgenes de su propia historia, representando las malas prácticas empresariales y sirviendo únicamente para articular ideas obviamente equivocadas sobre la responsabilidad que se niega a ejercer. Al convertirlo en un villano de cartón, El precio de la red pasa por alto la propia responsabilidad de los usuarios en los efectos perniciosos de Facebook. Y similar tipo de simplismo explica el momento de triunfo pretendidamente épico con el que la película resuelve el calvario de Haugen, a través del que Sorkin parece querer convencernos de que el periodismo impreso sigue importando, de que la verdad tiene tanto impacto como los bulos y de que los productos de Meta ya no son vehículos para la desinformación, la discordia y la división, y por tanto podemos seguir utilizándolos sin reparos. Debe de ser agradable vivir en ese mundo. Otra vez será.

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