Históricas

Isabel II, una corona de oro y un corazón sin dueño

Marcada por una infancia sin apenas afecto, un matrimonio impuesto y un reinado atravesado por guerras, intrigas y escándalos, Isabel II cargó desde niña con una corona que nunca dejó de pesarle

Isabel II, una corona de oro y un corazón sin dueño.
Isabel II, una corona de oro y un corazón sin dueño.
Montaje: kiloycuarto

En 1902, Benito Pérez Galdós fue a visitar en París a una señora entrañable, de habla castiza, que con más de setenta años conservaba intacta su simpatía. Era Isabel II, y Galdós quería su testimonio para los Episodios nacionales dedicados a su ado. Ella le prometió contarle muchas cosas, unas para que las escribiera y otras solo para que las supiera.

María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias nació el 10 de octubre de 1830 en el Palacio Real de Madrid, hija de Fernando VII y de su sobrina y cuarta esposa, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Fue un parto que resolvió dinastías y complicó naciones. Desde 1713, las normas de sucesión daban prioridad a los hombres para heredar el trono, y el heredero era Carlos, el hermano menor del rey. Pero, con la reina embarazada, Fernando VII promulgó una disposición aprobada en 1789 que restablecía el derecho de las hijas del monarca a heredar en ausencia de hijos varones. Nació Isabel, y Carlos se quedó fuera del trono. Nunca lo aceptó.

Cuando su padre murió, en 1833, Isabel aún no había cumplido los tres años. La corona le cayó como una losa de oro macizo sobre unos hombros que todavía olían a leche materna. Y España, que ya tenía bastante con sus guerras y sus frailes, se encontró con una niña como soberana, su madre como regente y su tío Carlos proclamándose rey. Así empezó la primera guerra carlista.

Su madre gobernó en plena guerra mientras ocultaba que, tres meses después de enviudar, se había casado en secreto con Fernando Muñoz. Isabel apenas tenía tres años. Acababa de perder a su padre y su madre empezaba a formar otra familia.

La guerra exigía dinero. En 1836, cuando Isabel tenía cinco años, la desamortización de Mendizábal puso en venta bienes de la Iglesia para financiar la guerra y reducir la deuda pública. El conflicto con el clero añadiría otra tensión a un reinado que apenas comenzaba.

En 1840, con Isabel recién cumplidos los diez años, María Cristina renunció a la regencia en plena crisis política y se marchó a Francia. Isabel y su hermana Luisa Fernanda, de ocho, quedaron solas y separadas de su madre. Hubo personas que intentaron cuidarlas y prepararlas: el tutor Agustín de Argüelles, el responsable de sus estudios, Manuel José Quintana, y su aya, Juana de Vega. Pero esta última sólo permaneció dos años en el cargo. Las personas encargadas de cuidarlas y educarlas cambiaban según quién estuviera en el poder.

Primer retrato de Isabel II.

En 1843, con solo trece años, las Cortes la declararon mayor de edad. El duque de Rivas defendió la decisión con esta frase: «No se busca la edad, no se busca la capacidad; se busca el prestigio de la corona». El argumento tenía un agujero enorme. ¿Cómo iba a gobernar una niña sin experiencia y con una preparación tan insuficiente?. Su familia, los políticos y las camarillas de palacio encontraron un terreno propicio para influir en ella.

El día que cumplió dieciséis años la casaron con su primo Francisco de Asís de Borbón, un hombre que le disgustaba y con quien pronto comenzaron los conflictos. Meses después, él dejó el Palacio Real para instalarse en El Pardo y se apoyó en los sectores más reaccionarios de la corte, vinculados a sor Patrocinio, la «monja de las llagas». Intrigó contra los gobiernos y, cuando los amores de la reina se volvieron escándalo, los utilizó para presionarla.

El matrimonio tampoco fue un refugio. Había perdido a su padre siendo una niña, sufrido la separación de su madre y aprendido demasiado pronto que el afecto podía mezclarse con la ambición. Quizá por eso lo buscó donde pudo, sin acertar siempre con las personas en quienes depositaba su confianza.

Tuvo doce embarazos y solo cinco hijos llegaron a la edad adulta. Entre ellos, la infanta Isabel de Borbón y Borbón, «la Chata», de la que hablamos en el artículo anterior, que heredó de su madre el carácter espontáneo y cercano.

Isabel era dicharachera y hablaba con el lenguaje castizo del pueblo de Madrid. Generosa y compasiva, también fue voluble, impulsiva y dada a los caprichos. Su vida privada se convirtió en asunto de Estado. Políticos, confesores y hasta el papa intervinieron en su intimidad, pretendiendo dirigir a la vez su conducta, su matrimonio y su conciencia. Incluso el afecto tenía consecuencias diplomáticas.

También tuvo responsabilidad en el deterioro político de su reinado: favoreció a los moderados y contribuyó a alejar a los progresistas de la Corona. Aquella niña sobre la que tantos habían decidido acabó tomando decisiones propias, y algunas agravaron los problemas que había heredado.

'Retrato de la reina Isabel II de España (1830-1904).
Francisco de Madrazo, ‘Retrato de la reina Isabel II de España’ (1830-1904).
Museo del Prado

De su reinado queda, el Canal de Isabel II, que todavía lleva su nombre. Cada vez que abrimos un grifo en Madrid, seguimos bebiendo, sin saberlo, de aquel reinado.

En 1868, la Revolución Gloriosa la echó de España. Se instaló en París, separada de su marido, y en 1870 abdicó en su hijo Alfonso, que sería proclamado rey como Alfonso XII a finales de 1874.

París le dio una tregua. Allí vivió la alegría de ver a su hijo convertido en rey. En el Palacio de Castilla, en cuyo solar se levanta hoy el hotel The Peninsula, mantuvo una pequeña corte, ofrecía almuerzos y recibía a los españoles de paso. Lejos del trono, dispuso de mayor libertad para vivir a su manera.

Murió en París en 1904, a los setenta y tres años, lejos del palacio donde había nacido. Cuando Galdós la visitó, encontró a una mujer con chispa y encanto. Una mujer marcada por una infancia truncada, una educación insuficiente y un matrimonio desdichado que, pese a todo, conservaba su alegría castiza.

La losa de oro que le cayó antes de cumplir tres años nunca dejó de pesar. Fue víctima de las circunstancias, pero también responsable de sus decisiones. Fue, como la retrató Galdós, la de los tristes destinos.

*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com

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