Las campanas repicaron con tal entusiasmo que Madrid conoció la noticia antes de que nadie se la contara. Como un regalo adelantado de Navidad, Isabel nació en el Palacio Real de Madrid el 20 de diciembre de 1851, la primera hija de Isabel II y Francisco de Asís. Veintiún cañonazos la anunciaron. El protocolo reservaba veinticinco al varón y quince a la niña, pero aquella criatura no era una infanta cualquiera. Nacía heredera de la Corona.
Los dos hijos anteriores de la reina sólo habían sobrevivido al parto unas horas. Isabel fue, desde su primer día, una hija deseada y celebrada: hubo júbilo en las calles y un bullicio sin precedentes en las iglesias.
El 2 de febrero de 1852, Isabel II se disponía a llevar a su hija recién nacida hasta la basílica de Atocha para presentarla ante la Virgen. Cuando la comitiva atravesaba una de las galerías del Palacio Real, el sacerdote Martín Merino se acercó a la reina y le clavó un estilete de veinte centímetros. Los bordados del vestido y las ballenas del corsé desviaron la hoja y convirtieron una puñalada que podía haber sido mortal en una herida leve. La pequeña Isabel salió ilesa.
En agradecimiento, Isabel II impulsó un hospital financiado mediante suscripción popular. La soberana tenía un formidable instinto para el marketing dinástico, al invitar al país a levantarlo, consiguió que la Chata, con apenas seis semanas, fuese ya un poco hija de todos. España conservaba muy recientes los sobresaltos de la última guerra civil y veía en aquella niña una promesa de seguridad y de paz. La institución pervive hoy en Diego de León, 62.

Aún no había cumplido seis años cuando nació su hermano Alfonso, futuro Alfonso XII, y ella dejó de ser princesa de Asturias para volver a ser infanta.
Algo extraordinario le pasó a la infanta Isabel a sus nueve años: llegó Frances Erskine Inglis, Fanny Calderón de la Barca, era de esas personas a las que basta ver entrar para intuir que van a cambiarnos la vida. Nacida en Edimburgo en 1804, se casó con Ángel Calderón, diplomático español destinado en México y Estados Unidos. Había conocido países, cortes, y escrito La vida en México. Llevó a Palacio una mirada abierta al mundo, algo poco frecuente en la corte española de su tiempo.
Tras enviudar en 1861, la reina le confió la formación de su primogénita. Fanny descubrió una alumna inteligente y musical y la pequeña Chata, una mujer cosmopolita a quien admirar. Incorporó métodos británicos y lecturas inglesas. Sus cuadernos revelan avances en castellano, historia, ciencias, matemáticas, religión y varias lenguas. Sobresalió al piano y al arpa.
Las lecciones acabaron y el vínculo se mantuvo hasta el final. Fanny volvió durante el destierro y, tras la Restauración, acompañó a Isabel como dama y confidente hasta 1882.

Aquella educación extraordinaria ayudó a hacer de la Chata una mujer culta, cosmopolita y apasionada por la música, capaz de representar a España con inteligencia y naturalidad. Fue, en realidad, una embajadora sin nombramiento, aunque el cargo lo ejercerá toda su vida con talento y soltura.
La corte, tan competente para concertar bodas como torpe para conseguir un buen “match”, dispuso de su porvenir. A los trece conoció a Amadeo de Saboya; de aquel encuentro nada prosperó. Con dieciséis se casó con Cayetano de Borbón-Dos Sicilias. Durante la luna de miel estalló la Revolución de 1868 y quedaron fuera de España. Él sufría epilepsia y depresiones, ella lo cuidó. Tras un aborto, Cayetano empeoró y se pegó un tiro. De aquella experiencia tan dolorosa, Isabel quedó viuda a los diecinueve y nunca volvió a casarse.
En París transformó el duelo en responsabilidad, cuidó a sus hermanas y respaldó la restauración de su hermano Alfonso XII. Volvió en 1875, fue heredera y primera dama de la Corte. Le gustaba la gente y se notaba, hablaba con todo el mundo, escuchaba con interés y reía con complicidad. Acudía a San Isidro con mantilla, lucía trajes regionales y recibía vecinos en La Granja. El apodo de la Chata se lo debía a la nariz; el cariño de Madrid, a su carácter.
Presidió la Junta de Señoras de Beneficencia, sostuvo comedores, asilos y colegios, entregó donativos y costeó estudios musicales. Protegió intérpretes, alentó concursos y legó partituras y cerámicas. Daba dinero propio sin convertir la ayuda en ceremonia.
El gran examen diplomático llegó en mayo de 1910. Viajó a Buenos Aires para representar a España en el centenario de la Revolución de Mayo, misión delicada ante los recelos hacia la antigua metrópoli.
Un temporal probó su resistencia y asombró a la tripulación. Posó junto al capitán y Dolores Balanzat, su dama de compañía desde su niñez, en una fotografía de ellos, escribió Tres lobos de mar.

Argentina la recibió con entusiasmo: hubo homenajes, multitudes y fotografías. Ella respondió con cercanía, generosidad y temple. Los argentinos la compararon con Isabel La Católica: “En las vías de esta capital doña Isabel recibió de nuestro pueblo incansables demostraciones de afecto…, este se deleitó considerando que junto a él miraba a una heroína de la Vieja España que llevaba el nombre de otra heroína que abría los horizontes del Nuevo Mundo”. Fue uno de los grandes éxitos diplomáticos de la Corona en América: la Chata conquistó a los argentinos sin firmar un solo tratado y sin más armas que su simpatía.
Tras la muerte de Alfonso XII sostuvo a María Cristina y acompañó la educación de Alfonso XIII. En 1931, aunque la República le permitió quedarse, siguió voluntariamente a los suyos y murió en París pocos días después. Sesenta años más tarde, sus restos volvieron a La Granja, el lugar que amó profundamente.
Las crónicas no dicen si sonaron las campanas; en nuestra imaginación, todavía resuenan: la Chata volvía a casa.
*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com.

