Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) llevaba más de cuarenta años publicando libros cuando recibió la noticia de que el Ministerio de Cultura le había concedido el Premio Nacional de Narrativa 2026 por El viaje de mi padre (Alfaguara). Había escrito poesía, novelas, relatos, ensayos y libros de viajes; había recorrido España siguiendo el rastro de pueblos desaparecidos, paisajes abandonados y vidas que apenas habían dejado testimonio. También había conseguido algo que muchos escritores persiguen durante toda su carrera: lectores que permanecen fieles a sus libros décadas después de su publicación. El reconocimiento institucional, sin embargo, no había llegado hasta ahora.
“Ha sido una sorpresa, porque, si te soy sincero, no lo esperaba a estas alturas, después de tantos libros y tantos años publicando”, reconoce en conversación con Artículo14. Le alegra el premio, aunque desconfía de la importancia que suele concederse a estos reconocimientos. “Yo no escribo pensando en premios ni en reconocimientos. En todo caso, el único reconocimiento es que me lean; todo lo demás viene por añadidura”. Recuerda que se presentó a algunos concursos cuando tenía poco más de veinte años para conseguir publicar sus primeros poemarios. Después abandonó aquella práctica. “No me he vuelto a presentar a ningún premio más en la vida, ni comercial ni de ningún tipo”. El Nacional le ha llegado, por tanto, sin buscarlo.

El libro premiado tiene algo de ajuste de cuentas con el tiempo, aunque Llamazares prefiere hablar de comprensión. En El viaje de mi padre reconstruye el recorrido que su progenitor hizo en 1937, cuando tenía dieciocho años y la Guerra Civil lo llevó lejos de su casa. Décadas después, el escritor decidió seguir sus pasos por Aragón, Teruel, el Maestrazgo y las tierras del Ebro. Quería conocer aquellos paisajes y averiguar qué podía haber sentido un muchacho obligado a enfrentarse a una experiencia que marcaría el resto de su existencia.
“Todos los libros son respuestas a preguntas que nos hacemos”, explica. Para Llamazares, escribir tiene mucho que ver con la necesidad de comprender lo vivido, de soportarlo mejor e incluso, como él mismo dice, de “purgar el corazón”. “La escritura es una especie de psicoanálisis que te haces a ti mismo sin saberlo”. El proceso continúa después de la publicación, cuando los lectores encuentran significados que el propio autor no había advertido y le obligan a reconsiderar lo que creía haber contado.
Con este libro regresó de su viaje con una mirada distinta sobre su padre y sobre toda una generación. “Entendí más a mi padre, y también a mi madre, y a toda esa generación, incluso a la de mis abuelos, que juzgamos a veces con demasiada dureza y sin ponernos en su lugar”. Reconoce que los hijos no siempre prestan suficiente atención a la vida de quienes los precedieron. “Cuando eres joven piensas que el mundo se inventó contigo”, señala, antes de recordar que otros ya habían experimentado inquietudes y conflictos parecidos. Su padre perteneció, en definitiva, a una generación que “tuvo la mala suerte de nacer y vivir en un mal momento”.
La literatura es el carbón de la memoria
La memoria ha ocupado un lugar fundamental en la obra de Llamazares desde sus primeros libros. Nació en Vegamián, un pueblo leonés que terminó desapareciendo bajo las aguas de un embalse, y creció entre paisajes mineros. La pérdida de los lugares, el paso del tiempo y las vidas que desaparecen con ellos atraviesan novelas como Luna de lobos y La lluvia amarilla, así como buena parte de sus libros de viajes. Sin embargo, rechaza que ese interés por el pasado lo convierta en un escritor nostálgico.

“No soy nada nostálgico. Creo que cualquier tiempo pasado fue peor”, asegura. Su relación con la memoria responde a una concepción de la propia literatura. Recuerda una reflexión del escritor António Lobo Antunes, según la cual la imaginación es la memoria fermentada, y recurre después a una imagen vinculada a su infancia para explicar cómo entiende la escritura.
“A mí me gusta decir que la literatura es el carbón de la memoria”. El carbón, recuerda, se forma cuando la materia vegetal permanece enterrada durante millones de años hasta transformarse. Con los recuerdos ocurre algo parecido: las experiencias se depositan en la memoria, cambian con el tiempo y acaban convirtiéndose en materia literaria. “Lo que hacemos los escritores es lo mismo que los mineros: escarbar en la memoria”.
Esa manera de entender su oficio explica también por qué los paisajes tienen tanta importancia en sus libros. En La lluvia amarilla, publicada en 1988, imaginó los pensamientos del último habitante de Ainielle, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés. La novela se adelantó varias décadas al interés político y mediático por la despoblación rural, pero su punto de partida fue una inquietud mucho más concreta.
“Partía de un sentimiento que me embargaba, y me continúa embargando, cuando veía un pueblo en ruinas y pensaba qué sentiría el último que se quedó allí”, recuerda. La misma pregunta reapareció mientras recorría los escenarios de la guerra de su padre. Al atravesar los páramos de Teruel o el Maestrazgo, trataba de imaginar qué pensaría aquel joven de dieciocho años ante un territorio desconocido y en circunstancias tan extremas.
Llamazares recuerda una idea de Juan Cruz: las novelas permiten acercarse a las vidas que pudimos vivir y no vivimos. “Una forma de vivirlas es escribiéndolas. Y otra, leyéndolas”, sostiene.
Escribir con brújula
A pesar de su larga trayectoria, Llamazares no acostumbra a planificar exhaustivamente sus libros antes de comenzarlos. Para explicarlo, recurre a una distinción que atribuye a Javier Marías: existen escritores con mapa y escritores con brújula. Los primeros conocen de antemano la estructura y el recorrido de la obra; los segundos saben desde dónde parten y tienen una intuición del lugar al que quieren llegar, aunque desconocen el camino exacto.
Él pertenece al segundo grupo. “Yo no estructuro los libros como si fueran planos de arquitectura, sino que parto de una sensación, una obsesión, algo que me atrae”. La forma definitiva aparece durante la escritura, cuando esa inquietud inicial empieza a convertirse en una historia.
En *El viaje de mi padre*, la pregunta que lo acompañó durante todo el recorrido era aparentemente sencilla: qué pudo pensar y sentir su padre cuando atravesó aquellos mismos lugares en plena guerra. La distancia temporal hacía imposible obtener una respuesta definitiva, pero le permitía aproximarse a una experiencia que durante mucho tiempo había permanecido fuera de su alcance.
Esa voluntad de comprender otras vidas constituye uno de los vínculos más claros entre sus novelas y sus libros de viajes. El paisaje conserva las huellas de quienes lo habitaron, aunque sus casas hayan desaparecido, los pueblos estén vacíos o sus habitantes ya no puedan contar lo sucedido. Para Llamazares, la literatura permite regresar a esas experiencias y examinarlas desde el presente.
“La gente está más encabronada que nunca”
La conversación sobre la memoria termina conduciendo inevitablemente a la actualidad política. Llamazares vivió los últimos años del franquismo, la Transición y la consolidación de la democracia. Tenía veinte años cuando murió Franco y recuerda una España que atravesó episodios de enorme violencia política, terrorismo y dificultades económicas. Desde esa experiencia observa con preocupación el clima actual.
“Estamos en un momento bastante peligroso. No solo en España, sino en Europa y en el mundo”, advierte. Para describir su inquietud utiliza una imagen contundente: “Cuando veo a Trump, a Putin, tengo la sensación de que vamos en un avión pilotado por dos o tres grandes locos. Y si vas en un avión y te das cuenta de que el piloto está loco, te agobias y te da miedo. El mundo es un Jumbo pilotado por grandes locos”.
Más allá de los dirigentes internacionales, lo que especialmente le desconcierta es el grado de agresividad que percibe en la sociedad española. “Este odio y esta agresividad, ¿de dónde vienen? ¿Por qué?”, se pregunta. Recuerda que durante la Transición y los primeros años de democracia España tuvo que afrontar situaciones que considera objetivamente más difíciles en numerosos aspectos.
“¿Qué pasaría ahora si, como en los ochenta, hubiera 130 muertos por terrorismo al año? ¿Qué pasaría con una inflación de más del veinte por ciento, como con Suárez y los Pactos de la Moncloa?”, plantea. En su recuerdo, aquellas dificultades no iban acompañadas del mismo nivel de hostilidad que observa actualmente.
“Nos pongamos como nos pongamos, en España nunca se ha vivido como ahora a nivel material. Tenemos infraestructuras, acceso a servicios, y la gente está más encabronada que nunca”. Le resulta especialmente inquietante que esa crispación conviva con unas condiciones de vida que, en términos generales, considera mejores que las de décadas anteriores.
Comparte la preocupación del historiador Julián Casanova, a quien cita durante la conversación por sus advertencias sobre el regreso de determinadas actitudes políticas que recuerdan a los años previos a los grandes conflictos europeos del siglo XX. “Él, que se ha dedicado a analizar el último siglo de la historia de España y de Europa, empieza a ver que se repiten frases, comportamientos y actitudes que se asemejan muchísimo, y cada vez más, a la Segunda Guerra Mundial y a la Guerra Civil”.
Los insultos parlamentarios, la agresividad verbal y los episodios de intimidación política le remiten a momentos de la historia que creía suficientemente conocidos como para haber aprendido de ellos. “Eso me hace sentir inseguridad y preocupación”, reconoce.
La memoria como antídoto contra la guerra
La inquietud por el presente concede a *El viaje de mi padre* un significado que trasciende la reconstrucción familiar. Llamazares no escribió el libro para intervenir directamente en el debate político, pero considera que la experiencia de aquella generación contiene una advertencia que convendría escuchar.
“Este libro, si algo puede aportar, aunque los libros aportan muy poco y lo hacen poco a poco y a largo plazo, es un alegato a favor de la paz”, explica.
Su padre tenía dieciocho años cuando la guerra alteró su vida. La distancia que separa aquella experiencia de la España actual puede parecer enorme, pero Llamazares desconfía de la idea de que los avances materiales y democráticos nos hayan inmunizado definitivamente contra la violencia. El conocimiento del pasado le parece indispensable precisamente porque permite comprender cómo sociedades aparentemente estables terminaron precipitándose hacia conflictos devastadores.
“El mejor antídoto contra la violencia y contra la guerra es la memoria: saber recordar de dónde venimos y saber que las cosas se pueden volver a repetir. No estamos libres de ello”.
Es una advertencia que dirige especialmente a quienes intervienen en la vida pública. “Se lo quería recordar a algunos políticos. Dicen cosas sin saber las consecuencias que pueden tener. Hay que tener mucho cuidado”, insiste.
A los setenta años, después de más de cuatro décadas escribiendo y con un Premio Nacional de Narrativa recién concedido, Llamazares continúa defendiendo la literatura como una forma de conocimiento. La escritura le ha permitido regresar al pueblo que perdió, imaginar la soledad de quienes permanecieron en lugares abandonados y seguir el recorrido de su padre por los escenarios de la Guerra Civil. En cada uno de esos libros había una pregunta que necesitaba hacerse y cuya respuesta desconocía antes de empezar.
El premio reconoce ahora esa trayectoria, aunque el escritor mantiene intacta su jerarquía de prioridades. Después de tantos años, sigue considerando que el verdadero reconocimiento consiste en que alguien abra uno de sus libros y encuentre en él una experiencia que merezca la pena recordar.

