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‘Lar’, de Bibiana Candia: “Durante siglos se ha vetado la ira a las mujeres”

La autora de ‘Azucre’ habla con Artículo14 sobre ‘Lar’, la rebelión de las cigarreras y el derecho de las mujeres a enfadarse, desobedecer y decidir sobre sus vidas.

'Lar', de Bibiana Candia: "Durante siglos se ha vetado la ira a las mujeres"
'Lar', de Bibiana Candia: "Durante siglos se ha vetado la ira a las mujeres"
Montaje: kiloycuarto

Una madre intenta terminar una frase mientras dos de sus hijos se pelean detrás de ella. Tiene un bebé de pecho, está cansada y no consigue ordenar lo que quiere decir. Cuando estalla el conflicto, es la primera que se levanta, furiosa. Bibiana Candia la ha colocado entre las protagonistas de Lar porque reconoce en esa mujer desbordada a su “antiheroína perfecta”. La escena pertenece al mundo de las cigarreras, pero el agotamiento, las interrupciones y la dificultad para disponer del propio pensamiento alcanzan de inmediato a quien lee. El enfado lleva tiempo formándose entre el trabajo y las obligaciones de una maternidad que apenas concede descanso.

Candia empezó a imaginar esta novela cuando todavía escribía Azucre. En aquella historia estaban los hombres que se marchaban; en esta, las mujeres que permanecían en la otra orilla, recibiendo los barcos con sus cargamentos de América. Quedarse tenía sus propias imposiciones: hijos a los que alimentar, ancianos a los que atender, enfermedades, una libertad de movimiento limitada por la dependencia y por la condición de mujer. La escritora encontró en esas vidas el otro lado de una historia que ya la había llevado a preguntarse quién merece entrar en los relatos oficiales y quién queda reducido a una presencia anónima.

La revuelta de las cigarreras formaba parte de una memoria conocida, especialmente en La Coruña. Al acudir a la hemeroteca, sin embargo, Candia se encontró con un tono que convertía sus protestas en una anécdota pintoresca. Las mujeres fuertes, las indomables, las salvajes: el relato parecía concederles una singularidad que permitía hablar de ellas entre risas. Faltaban sus testimonios. Quedaban los movimientos del ejército, la perspectiva de las instituciones y la mirada exterior sobre unas trabajadoras que habían llegado a enfrentarse, desarmadas, a la infantería y la caballería. La pregunta de la novelista se detuvo en la desesperación necesaria para subirse a un tejado y lanzar tejas contra quienes avanzaban con armas.

'Lar', de Bibiana Candia
‘Lar’, de Bibiana Candia

Para acercarse a ellas, empezó por el cuerpo. Entre aquellos miles de mujeres, ¿cuántas tendrían la regla? ¿Cuántas vivirían con dolor crónico? ¿Cuántas estarían amamantando? Ese recuento imaginado le permitió encontrar la voz del libro, una primera persona del plural femenina que sitúa a la lectora dentro de la experiencia. “Contar la verdad tal cual es lo más radical que se puede hacer”, dice. En su escritura, la sangre, la leche y el cansancio acompañan la protesta. Los niños interrumpen incluso la narración, reclamando una atención que sus madres deben repartir mientras intentan comprender lo que ocurre y decidir qué van a hacer.

Lar lleva por subtítulo ‘Una tragedia’. Para su autora, una de las escenas más amargas llega cuando ha pasado la violencia, baja la adrenalina y todavía queda la casa por atender. Las mujeres que se han enfrentado a un ejército tienen que ponerse a limpiar. En esa continuidad de las obligaciones se concentra buena parte de lo que quiere contar: cuánto cuesta rebelarse cuando los demás siguen necesitando de ti y hasta qué punto el cansancio puede acabar convirtiéndose en furia.

¿Qué le ha ocurrido a usted al ponerse en la voz de estas mujeres?

Me ha emocionado y me ha desgastado mucho escribir esta novela. Confiaba en que muchas mujeres tenían que conectar con esta historia, sobre todo por cómo está contada: desde la carne y desde la sangre de las protagonistas. Esa era mi gran búsqueda. Quería encontrar ese eco que está en todas nosotras, donde podemos reconocernos a veces a nosotras mismas, a veces a las abuelas, a veces a las bisabuelas.

Hay una memoria colectiva que recorre generaciones y que nos recorre a todas. En el cuerpo de esas mujeres podemos vernos a nosotras mismas. Eso era lo que buscaba y lo hice con convencimiento. Primero me emocionó a mí y tenía la fe de que esa emoción pudiera llegar a otras mujeres.

La novela está narrada en una primera persona del plural femenina. ¿A quién incluye ese “nosotras”?

La búsqueda es justamente esa. Es un testimonio: esta narradora que habla en plural femenino nos habla a todas. Es más, habla al presente. En realidad, a quien se dirige es a nuestro presente, porque las lectoras estamos aquí. Es un legado de memoria para todas nosotras.
Para mí era muy importante que las mujeres entendiesen a estas mujeres, que nos viésemos. Ese juego de espejos entre el pasado y el presente era fundamental.

En Azucre estaban los hombres que se marchaban. En Lar, las mujeres que se quedan. ¿Cuándo vio que las dos historias se miraban?

A mitad de la escritura de Azucre ya supe que iba a escribir esta novela. Ya había conectado los puntos. La escritura de Azucre era como un río que casi me arrastraba: la historia tenía un significado mucho más profundo, que era contar las partes oscuras de los relatos oficiales, las historias que no se han podido contar o que no se han querido escuchar. Hablar de personas cuyas vidas cotidianas hicieron historia, casi por la fuerza.

Estas mujeres están en la otra orilla, recibiendo los barcos con los cargamentos de América. No eran libres para marcharse y tenían todo tipo de responsabilidades: hijos, ancianos a cargo, enfermedades. Estaban condicionadas por ser mujeres y por no ser tratadas como personas de pleno derecho.

Esa es la idea de la novela espejo: contar qué pasa en esta orilla desde el punto de vista de quien no puede marcharse. Ellas atesoran una furia. Están enloquecidas porque no pueden irse, como animales acorralados. Y los animales acorralados atacan.

La revuelta de las cigarreras fue la primera huelga hecha por mujeres, en Los Ángeles, en 1857
La revuelta de las cigarreras fue la primera huelga hecha por mujeres, en Los Ángeles, en 1857

La revuelta pertenece a la memoria de Galicia y de La Coruña. ¿Qué encontró al buscar a las mujeres detrás de esa historia conocida?

Testimonios, en general, no se encuentran. La historia está en nuestra memoria colectiva, especialmente en la de los coruñeses y los gallegos. Pero, a base de contarla muchas veces, pierde fuerza y sus personajes se vuelven arquetípicos. Tradicionalmente, las cigarreras aparecen como mujeres muy fuertes, cuyas hazañas siempre se cuentan un poco entre risas.

Cuando empecé a mirar la hemeroteca y a leer sobre sus peleas y sus protestas, encontré un tono muy jocoso, de chiste: “Mira estas salvajes”, “mira estas mujeres que no hay quien las dome”. Una manera muy displicente de contarlas.

Yo me planteaba que conocemos esta historia, pero quizá no nos hemos dado cuenta de la dimensión de lo que hicieron. Hasta qué punto tienes que estar desesperada para colocarte desarmada delante de un ejército y seguir. Está documentado que se subieron a un tejado y empezaron a tirar tejas contra la infantería y la caballería. Mandaron caballos y gente armada, y ellas no dijeron: “Me voy a mi casa”. Se quedaron hasta el final.

Esa furia y esa rabia estaban alimentadas por muchas cosas, más allá de la situación laboral. Había que retratarlas desde su humanidad, quitar los artificios y contarlas como mujeres atravesadas por lo doméstico, por lo más próximo que podamos imaginar.

En esa vida doméstica están los partos, la menstruación, la lactancia, el dolor. ¿Por qué necesitaba contar la revuelta desde el cuerpo?

Porque contar la verdad tal cual es lo más radical que se puede hacer. La pregunta de la que partí para construir la novela fue esta: tenemos aproximadamente dos mil o tres mil mujeres metidas en un edificio, ¿cuántas tendrían la regla ese día? ¿A cuántas les dolían los ovarios o la cabeza? ¿Cuántas tenían migraña, dolencias crónicas, endometriosis? ¿Cuántas tendrían una mastitis?

Suma y suma. Ahí fue donde la novela empezó a llamarme y dije: “Esto hay que contarlo desde la carne”. La voz narrativa tenía que estar dentro, en la entraña misma, con toda la suciedad del cuerpo. Tiene que estar ahí, porque ahí está lo fructífero de esta historia. Despojarse del artificio y contar la realidad pura y simple resulta arrasador.

La ira femenina se ha descrito durante siglos como histeria o como una anomalía. ¿Qué supone reconocerles a estas mujeres el derecho a estar furiosas?

También a los hombres que están en una situación de pobreza se les puede negar la capacidad de rebelarse. Pero aquí tenemos un ejemplo de mujeres y sabemos que durante siglos la ira a las mujeres ha sido absolutamente vetada en cualquier expresión.

Ciertos tipos de violencia y ciertos exabruptos se asumen en la masculinidad de manera absolutamente natural. En la feminidad siempre son una anomalía, algo que hay que erradicar. Por eso es mucho más rompedor asumir la ira para las mujeres. Hay que enfadarse. De vez en cuando hay que reaccionar.

Las cigarreras discuten, se caen mal y tienen conflictos entre ellas. ¿Quería evitar una imagen idealizada de esa unión?

La mayoría estaban en un entorno urbano, que es más libre en el sentido de que resulta imposible tener a todo el mundo controlado como en un entorno rural. Me gustaba que en la fábrica hubiese muchas cigarreras urbanas y algunas rurales, porque además está documentado que tenían conflictos entre ellas. Si tienes a dos mil personas en un mismo lugar, va a haber rencillas.

Quería que su discurso no fuese uniforme, que pudieran discutir, no llevarse bien, caerse mal y estar enfrentadas. Pero, llegado un momento, se dan cuenta de que tienen un enemigo común y colaboran. Después puede pasar todo y pueden volver al inicio.

La escritora gallega Bibiana Candia
La escritora gallega Bibiana Candia

Entre ellas está esa madre desbordada que apenas consigue terminar una frase. ¿Por qué le interesaba especialmente?

Para mí, la antiheroína perfecta es una madre agotada. Por eso la coloqué en la novela. Una madre con un bebé de pecho y dos niños que se están pegando detrás de ella todo el tiempo; que no consigue completar un argumento porque los niños no paran y está harta de escucharlos.
Es la antiheroína perfecta allí y lo sería hoy. Cuando surge el conflicto, es la primera que se levanta con una mala leche impresionante porque está hartísima. Eso no quiere decir que no quiera a sus hijos. Está absolutamente desbordada.

Los niños interrumpen incluso la narración. ¿Buscaba trasladar a la lectura esa dificultad para pensar sin que alguien reclame su atención?

Sí. Los niños son una interrupción constante durante toda la novela. Siempre están ahí, porque no los puedes dejar tirados. Le cortan el discurso a la narración: interrumpen e interrumpen. Hay escenas suyas que me gustan mucho, que me resultan muy tiernas y que sirven para aligerar un poco, porque de otro modo sería muy oscuro.

Pero detrás hay una intención: trasladar a la narración esa sensación de las personas que cuidan a sus niños y no consiguen mantener un hilo mental.

Lar lleva por subtítulo ‘Una tragedia’. ¿Dónde está para usted la verdadera tragedia de estas mujeres?

Está inspirada en la tragedia griega antigua. Al final de la tragedia hay un momento, la catarsis, en el que el héroe se da cuenta de por qué los dioses lo trajeron hasta allí o del error que ha cometido. En Lar, la catarsis es para los lectores y viene por acumulación.

Quería que llegasen al final exhaustos, que dijeran: “No puedo más con este día”. Que llegasen con ellas sin aliento y, después de todo, hubiese que limpiar y hacer la cena. Eso es lo que hicieron muchísimas mujeres antiguamente y lo que muchísimas mujeres alrededor del mundo siguen haciendo: batirse la vida, pelearse con quien sea para conseguir algo y luego volver a casa y limpiarlo todo.

Al final ellas dicen: “Los hombres por lo menos pueden ir a la guerra, pero nosotras vamos a la guerra y ahora tenemos que limpiar”. Cuando lo visualicé pensé: “La verdadera tragedia es esta”. Claro que es terrible que te quiten el trabajo. Pero ese momento tiene una amargura… Después de la adrenalina, de ver venir al ejército, decir: “Vale, y ahora a limpiar”.

El sueldo les daba cierto margen de libertad, pero no completa. ¿La emancipación económica era insuficiente?

Creo que sigue siendo fundamental. En su caso, además, estaba ese entorno urbano en el que vivía la mayoría, donde era más difícil tenerlas a todas controladas. Hoy vuelve a presentarse el regreso de las mujeres al hogar como una elección heroica. ¿Qué le despierta ese discurso?
Sobre todo, que lo vemos en Instagram, en las redes sociales, con un filtro de color. Pensemos en Mad Men, en esas mujeres de los años cincuenta. A mí Betty Draper me encanta como personaje, pero es una mujer oscurísima. Hay literatura de sobra para saber cómo eran esas vidas: vivían en una jaula de oro, tampoco podían marcharse y eran esclavas de una imagen de éxito.

Quien quiera irse a su casa, hacer tartas y tener niños, si es feliz y su elección es deliberada, adelante. Ahora bien, desconfío mucho de ese tipo de predicación, de ese evangelismo de «lo que hay que hacer, chicas, es irnos a casa y tener los hijos que nos manden». Volvemos a lo mismo: es una rendición.

Si lo miras desde la cultura americana tienes esa imagen; si lo miras desde la nuestra, ¿qué nos queda? La Sección Femenina. ¿Eso nos va a inspirar? Ese discurso es una trampa como una casa.

Movimiento obrero en la Real Fábrica de Tabacos
Movimiento obrero en la Real Fábrica de Tabacos

¿Qué obediencias siguen pesando sobre las mujeres, aunque ya no se formulen como una orden del padre, del marido o del patrón?

A lo mejor la obediencia no es tan explícita, pero existe en lo que vamos aceptando. Son pequeñas rendiciones diarias. A veces tiene que ver con a quién le das tus datos en internet, a quién le muestras lo que estás haciendo. Las grandes empresas hacen negocio con nosotros, con nuestros datos, con nuestra imagen.

La historia de las mujeres, tradicionalmente, ha sido la historia de una gran rendición, desgraciadamente para la mayoría de ellas. La rendición al propio cuerpo, a una maternidad que a lo mejor no querías tener, a un matrimonio que tampoco querías, a las normas que te han impuesto, a las leyes de tu familia, a las convenciones sociales.

Creo que es importante reivindicar que nos pueden vencer, pero tenemos la obligación de no rendirnos. Nos podrán vencer, pero no hay que rendirse.

Las máquinas amenazan el trabajo de las cigarreras. En su nota final reivindica que cada palabra del libro ha sido colocada por usted. ¿Cómo vive el avance de la inteligencia artificial?

Cuando empecé a escribir la novela no pensé que el tema iba a estar tan presente cuando saliese. Ya lo estaba viendo, porque me interesa desde hace mucho tiempo y llevo mucho tiempo leyendo sobre ello.

Yo voy a escribir, nos sustituyan las máquinas o no. Sé quién soy y mi modo de ser es este. Si un día no puedo publicar, seguiré escribiendo. Eso no va a cambiar. Me preocupa el impacto de esta tecnología en la sociedad, aparentemente sin control de momento; cómo afecta a las habilidades cognitivas y cómo esas empresas están imponiendo su criterio incluso por encima de los gobiernos. Es un movimiento claramente autoritario.

Eso me preocupa muchísimo más que el hecho de que una máquina consiga escribir un texto. Podemos teorizar sobre cómo lo escribe, pero esa otra parte me resulta aterradora.

¿Qué cree que necesitamos preservar?

Nuestra capacidad cerebral. Hay que tener mucho cuidado con dónde se coloca la atención. Si delegas tu inteligencia en una máquina, la pierdes. Tienes que ser muy consciente de lo que estás haciendo.

La creatividad tiene que ver con expresar nuestros miedos, nuestras preocupaciones actuales. Nos han tocado tiempos muy convulsos, en los que la información viaja muy rápidamente y no nos imaginamos dónde vamos a estar en dos años. Dos años ya es una cantidad de tiempo que somos incapaces de pensar. Me interesa mucho el presente como reflejo del siglo XIX, pero también para trabajar sobre él. La actualidad me interesa muchísimo.

Frente a esa sensación de que todo nos pasa por encima, ¿qué capacidad de desobediencia nos queda?

Una de las cosas que me gustaría recordar a través de este libro es que podemos decir que no. No hay que decir que sí a todo. Tener pequeños actos de rebeldía cotidianos es muy importante: seguir siendo conscientes de que nuestra vida nos pertenece, de que tiene que seguir perteneciéndonos. A veces hay que reivindicarla con pequeños actos.

Me da una luz de esperanza que haya personas capaces de reaccionar. También dan esperanza a mucha gente. El lar es ese fuego interior y la nota final de la novela habla de eso: no dejes que nadie te diga cuál es el camino correcto para ti, mantén vivo ese fuego. Tienes derecho a pensar por ti misma y a decir: “Pues mira, no, esto no lo quiero hacer”.

Ha compartido el manuscrito con varias amigas. ¿Qué respuesta ha encontrado entre los hombres que lo han leído?

El primer hombre que leyó la novela, y de cuyo criterio me fío, fue mi traductor francés. Es un señor de casi ochenta años y le encantó. Me dijo que le había emocionado mucho. Estoy impaciente por tener más opiniones masculinas, porque tuve la fortuna de que muchos hombres leyeran Azucre.

En esta novela era muy importante para mí que las mujeres entendiesen a estas mujeres. Por eso se la di a muchas amigas, mujeres que son buenas lectoras. Quería que nos viésemos en ese juego de espejos entre el pasado y el presente.

¿Por qué tantas mujeres que protagonizaron revueltas y consiguieron avances siguen quedando fuera del relato?

Porque las versiones oficiales probablemente no las escribieron ellas. Estoy segura de que, si esta rebelión se hubiese contado pidiendo el testimonio de las señoras que estaban allí, el relato que salió en la prensa no habría sido el mismo. En ese relato no hay una sola voz de estas mujeres. Se cuenta lo que pasó desde fuera, cómo mandaron al ejército: una versión puramente institucional.

Durante mucho tiempo hubo voces que no tuvieron ninguna consideración. Los hombres pobres, como ocurría en Azucre, no la tenían; las mujeres y los niños, tampoco. En aquel momento histórico las mujeres estaban por debajo de los hombres, en la misma categoría que los niños.

Ese es nuestro terreno, el de la literatura. Ahí podemos entrar a fondo y arrojar luz en las zonas de sombra de las versiones oficiales. Por eso no paré con Azucre. Por eso ahora estoy aquí.

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