En Un dios salvaje, la célebre sátira de Yasmina Reza sobre la fragilidad de las convenciones sociales, basta una pelea entre dos niños para que cuatro adultos terminen comportándose de manera bastante más infantil. Estrenada originalmente en Zúrich en 2006, la obra lleva dos décadas desmantelando la fachada de la civilizada vida burguesa a través de sucesivas producciones teatrales y una adaptación cinematográfica de Roman Polanski en 2011. Ahora regresa al Teatro Alcázar de Madrid, donde se presentó por primera vez en España en 2008, y demuestra que todavía tiene mucho que decir sobre nuestras costumbres.
El punto de partida es tan sencillo como eficaz: Álex (Luis Merlo) y Ana (Clara Sanchis) acuden a casa de Verónica (Eva Isanta) y Miguel (Juanan Lumbreras) para discutir un incidente entre sus hijos. Fernando ha atacado a Bruno con una vara en un parque y le ha roto dos dientes. Los niños permanecen fuera de escena mientras sus padres intentan resolver el conflicto con la mayor cordialidad posible. Lo que comienza como una conversación educada en un salón de buen gusto acaba convirtiéndose en un enfrentamiento donde las acusaciones, las humillaciones y los reproches personales sustituyen cualquier intento de conciliación.
La versión de Jordi Galcerán recupera la dirección de Tamzin Townsend, responsable también del primer montaje español, que entonces contó con Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero. Un dios salvaje funciona como un experimento: dos matrimonios burgueses intentan resolver civilizadamente una agresión entre sus hijos y terminan reproduciendo, a una escala mucho mayor, la violencia que supuestamente condenan. La gracia no está únicamente en verlos perder los papeles, sino en observar cuánto tardan en abandonar sus buenas maneras y qué necesitan para hacerlo.
En esta ocasión, sin embargo, los personajes parecen comenzar ya visiblemente irritados, con una tensión y una agresividad pasiva que dejan poco margen para la posterior escalada. Es cierto que la reunión parte de una situación incómoda y que no tendría sentido exigir una cordialidad absoluta, pero la puesta en escena parece revelar demasiado pronto lo que el texto debería ir descubriendo. Esta precipitación también afecta al ritmo de la función, que se desarrolla con cierta lentitud y, hacia el final, alterna momentos de máxima intensidad con otros de relativa calma, antes de volver a estallar. La progresión no siempre resulta tan contundente como podría.

Eva Isanta es, para quien esto escribe, lo mejor de la función. Su Verónica resulta creíble tanto cuando intenta mantener las apariencias y ejercer una superioridad moral sobre sus invitados como cuando finalmente pierde el control. La actriz, que sustituye a Natalia Millán en esta segunda temporada, encuentra un equilibrio especialmente convincente entre la contención y el desbordamiento. Su sufrimiento y su desgaste se perciben como algo genuino, incluso cuando el comportamiento del personaje alcanza cotas de absoluto ridículo.
Juanan Lumbreras ofrece una interpretación eficaz de Miguel, aunque algunas de sus intervenciones iniciales resultan excesivamente enfáticas y restan naturalidad al personaje. Conforme avanza la función, sin embargo, encuentra mejor su lugar en el creciente enfrentamiento entre los cuatro protagonistas.
Luis Merlo es probablemente quien más carcajadas provoca, en parte porque interpreta al personaje con mayor libertad para resultar descaradamente antipático. Su Álex, un abogado permanentemente pendiente del teléfono móvil, concentra algunas de las réplicas más socarronas de la obra. Es difícil no disfrutar de un personaje tan insoportable, especialmente cuando algunas de sus observaciones resultan incómodamente certeras. Merlo se apoya con eficacia en los gestos y su presencia escénica, aunque por momentos su dicción resta claridad a unas réplicas cuyo ingenio depende precisamente de la palabra.
Clara Sanchis, por su parte, convence como una Ana inicialmente conciliadora, pero encuentra más dificultades cuando el personaje debe abandonarse a una furia descontrolada. Algunos de sus estallidos resultan demasiado contenidos para transmitir la pérdida de control que exige la escena, como si la intensidad emocional no terminara de encontrar una correspondencia convincente en su expresión física y vocal.
Esta irregularidad se extiende a determinados momentos de violencia física. Cuando Miguel hace girar bruscamente la silla en la que está sentada Verónica, el gesto parece concebido como una agresión, pero su ejecución resulta demasiado tímida para transmitirla. La propia Verónica llega a utilizar la palabra “agredir”, aunque cuesta determinar si lo hace con intención hiperbólica o si la escena sencillamente no alcanza la intensidad pretendida.

Mucho más conseguido resulta el uso de los elementos escénicos. Los tulipanes, el teléfono móvil, el vómito y otros objetos domésticos terminan convertidos en instrumentos de agresión o humillación. El salón burgués deja de ser un espacio de convivencia para transformarse en un campo de batalla, donde aquello que simboliza comodidad, cultura y refinamiento participa en la destrucción de esas mismas apariencias. A medida que la conversación degenera, también lo hacen las alianzas entre los personajes. Los matrimonios dejan de actuar como bloques enfrentados, se forman complicidades inesperadas y cada uno termina encontrando motivos para atacar a los otros tres. En este terreno, la puesta en escena de Townsend encuentra sus momentos más logrados.
Y luego está el humor, que sigue siendo el principal atractivo de Un dios salvaje. En la obra de Reza, la comicidad no es un entretenimiento añadido a la reflexión, sino el mecanismo mediante el cual se desarrolla. Nos reímos de los personajes porque sus contradicciones resultan reconocibles, porque sus intentos de mantener la superioridad moral son cada vez más ridículos y porque terminamos identificando en ellos comportamientos que quizás preferiríamos no reconocer en nosotros mismos. La aparente civilización de estos cuatro adultos se revela menos como una conquista definitiva que como un frágil acuerdo dispuesto a romperse ante la menor provocación.
Durante la función, por cierto, sonaron al menos tres teléfonos móviles entre las butacas, para evidente fastidio del resto del público. La coincidencia tuvo su gracia: mientras el personaje de Merlo interrumpía constantemente la conversación para atender sus llamadas, varios espectadores hacían involuntariamente lo mismo. Una pequeña prolongación de la obra fuera del escenario.
Veinte años después de su estreno, Un dios salvaje conserva intacta buena parte de su capacidad para entretener e incomodar. Esta reposición resulta disfrutable y está llena de momentos logrados, especialmente gracias a Eva Isanta y a la eficacia de un texto que sigue encontrando nuevas formas de poner en evidencia nuestras contradicciones. Sin embargo, una mayor precisión en la dirección de los actores y en la construcción de determinados estallidos de violencia habría permitido que sus golpes impactaran con más fuerza. La ferocidad de Reza sigue ahí, aunque este montaje no siempre consiga desatarla por completo.

