Madrid volvió a convertirse en punto de encuentro para el talento y la influencia hispana. La Sala Roja Concha Velasco de los Teatros del Canal acogió este miércoles la tercera edición de unos premios que reunió a 15 personalidades procedentes de distintos países y ámbitos y que tuvo también entre sus protagonistas al deporte.
Entre los reconocidos estuvo Amalia Ortuño, atleta costarricense distinguida con el Premio Influencia Hispana al Espíritu de Superación. Un reconocimiento que llega diez años después de que su vida cambiara por completo y que hoy mira como una parada más en un camino que comenzó con la incertidumbre de si podría volver a hacer aquello que más quería: practicar deporte.

Volver a empezar
Hace diez años, Amalia adquirió una discapacidad y su vida cambió por completo. Hasta entonces había sido deportista toda su vida y había competido al más alto nivel, pero tuvo que dejarlo. “Pensé que iba a tener que renunciar a mi mayor pasión, que era el deporte”, recuerda. Fueron años de adaptación, de varias cirugías y de aprender a vivir con una silla de ruedas. “Fue un proceso muy desafiante”, explica. Sin embargo, en ningún momento desapareció del todo la necesidad de volver a hacer aquello que más le gustaba. “La pasión es tan grande que uno siempre busca la forma de poder seguir haciendo lo que ama”, cuenta.
Ese camino comenzó a tomar forma cuando su fisioterapeuta le propuso probar el CrossFit durante su recuperación. Amalia reconoce que le daba miedo y que llegó a cancelar hasta cinco veces su primer entrenamiento. Aun así, decidió darle una oportunidad porque era la única opción que tenía en ese momento. Al principio, Amalia se acercó al CrossFit sin conocer siquiera su versión adaptada. Se limitaba a hacer los ejercicios que podía realizar y buscaba la manera de entrenar con las posibilidades que tenía en ese momento. Hasta que una atleta estadounidense con una discapacidad en una pierna, le habló de una modalidad de CrossFit en la que los movimientos se adaptan a las necesidades de cada deportista y la animó a probarla. Aquella primera sesión fue un punto de inflexión. “Quedé en el piso, pero era lo que buscaba”, recuerda entre risas al explicar aquel exhaustivo primer entrenamiento.
Desde entonces, el CrossFit se convirtió en una nueva puerta hacia la competición. Descubrió que podía volver al alto rendimiento y que incluso podía alcanzar objetivos que antes no había imaginado. “Podía demostrarme a mí misma y a todas las personas que me habían dicho que no, que realmente sí se podía”, afirma. Hubo momentos de duda, reconoce, pero nunca llegó a plantearse abandonar definitivamente porque siempre encontró una razón para continuar: “Es como tener una meta en la vida que me incomode tanto que me haga querer seguir adelante”. Su historia deportiva volvía a empezar, esta vez desde un lugar completamente distinto.

Cuando el ejemplo abre camino
Lo que empezó con miedo acabó abriendo un camino para otros. Amalia encontró en el CrossFit adaptado un espacio en el que podía entrenar y competir junto a personas con distintas discapacidades, sin que esa diferencia marcara el ritmo. Lo que ella comenzó haciendo casi a ciegas terminó animando a otros a seguir sus pasos y hoy ya son más de una decena de personas las que comparten entrenamientos. “Lo más lindo de todo ha sido poder abrir camino a otros chicos con discapacidad”, cuenta. Para ella, esa comunidad demuestra precisamente lo que todavía falta por cambiar: “Las personas todavía le tienen un poco de miedo a la discapacidad”.
Ese temor, explica, muchas veces aparece incluso desde las buenas intenciones. “A veces por cuidarnos, nos limitan un poco”, señala. Por eso defiende que las adaptaciones no deberían verse como algo excepcional, sino como una parte más de la vida: “Utilizar gafas es una adaptación, ser zurdo es una adaptación”. Su deseo es que esa mirada también llegue al deporte y a la sociedad, para que la discapacidad no se entienda como una barrera, sino como “una capacidad diferente” para alcanzar las mismas metas.
Y quizá ahí esté el verdadero valor de lo que comenzó haciendo Amalia: no solo demostrar que ella podía volver a competir, sino conseguir que otros también se vieran capaces de hacerlo. “Los límites son más mentales que físicos”, afirma. Una idea que resume con su propio lema: “Cuidado con lo que quieres porque lo conseguirás”.

Un sueño olímpico
Hace aproximadamente un año comenzó a entrenar atletismo, centrándose en las disciplinas de lanzamiento de peso, disco y jabalina. Un cambio de especialidad con un objetivo ambicioso: prepararse para intentar estar en los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028. Para llegar hasta allí todavía quedan entrenamientos, competiciones y mucho trabajo por delante, pero el sueño ya está en marcha.
Los Juegos serían el escenario más grande al que puede aspirar una deportista paralímpica y, para ella, también la oportunidad de llevar su carrera un paso más allá. Quién sabe si el próximo capítulo de esta historia llegará en forma de medalla.

