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Maya Alcaide o el “muchísimo rechazo” que sintió de sus amigas al verla en silla de ruedas: “Pasé el peor año y medio de mi vida”

Ha logrado la medalla de bronce en Japón en un torneo internacional de parabádminton

Maya Alcaide durante el torneo de Japón en el que se hizo con la medalla de bronce
Maya Alcaide durante el torneo de Japón en el que se hizo con la medalla de bronce

Acaba de regresar de Tokio con una medalla de bronce colgada al cuello conseguida en la reciente edición del Japan Para Badminton International. Es la octava –primera de este año- que consigue Maya Alcaide, una cordobesa nacida hace 18 años en Fuente Palmera, que se ha hecho un hueco entre las mejores jugadoras de parabádminton en silla de ruedas del mundo.

¿Satisfecha? “Diría que sí porque era el objetivo que me había marcado aunque, lógicamente, siempre se puede dar más”.
Lo dice porque cayó eliminada en semifinales del individual femenino ante la peruana Pilar Jáuregui, la actual número uno del mundo. “La verdad es que todavía no la he conseguido ganar”. Y es que la experiencia a nivel internacional entre ambas es hoy por hoy un hándicap insalvable. Así que, Alcaide, lo tiene claro. Hay que ir poco a poco. “Ahora mismo el objetivo no es ganarla ya que demuestra un nivel muy por encima del mío”, afirma. Todo llegará. De momento, lo mejor es comprobar que la botella está medio llena. En el último set frente a la peruana perdió por un ajustado 21-14.

Ella misma se define como una jugadora “cabezota”. Es de esas que cuando entrena adopta una actitud negativa al comprobar que no le salen las cosas. “Todo el día estoy con el `no´ en la boca y es algo que tengo que corregir pronto porque, al final, solo consigues frenarte a ti misma”, explica. También es de las que se enfada cuando llegan las derrotas, aunque no siempre. “Depende, si he hecho lo que tenía que hacer y he jugado como tenía que jugar, salgo contenta pese a haber perdido”. Otra cosa es que pretenda hacer cosas que no ha entrenado o no dejar de lado ese exceso de adrenalina que le ha llevado a perder algún partido. Es que, a veces, le llevan los demonios.

Cabezonería y amor propio

Esa cabezonería de Maya, que puede rozar la ofuscación, se contrarresta cuando tira de amor propio y empieza a repetirse a sí misma en voz baja: “quiero que me salga”. Su particular manera de motivarse, al final, consigue su objetivo. Está claro que no es una mujer autocomplaciente. Al contrario. “Si estoy sufriendo me da igual porque voy a seguir entrenando, lo mismo que si me quejo o lloro, porque sé que tengo que seguir intentándolo”, espeta. Lo dice alguien que confiesa que tras su regreso de Japón tiene unas “tremendas” heridas en la mano “que forma parte del proceso por hacer desplazamientos con el aro antideslizante que llevamos en la silla de ruedas que es de goma, tira de la piel, y se van creando ampollas”.

Desde muy pequeña siempre le gustó practicar cualquier tipo de deporte. Daba igual kárate, voleibol o natación. Aunque no tenga mucha base probatoria, Maya Alcaide insiste en que considera el baile flamenco como una actividad deportiva “que hice desde que tenía uso de razón hasta los nueve años”. Le encantaba mover su bata de cola con la música de fondo de los gaditanos Camarón de la Isla o Niña Pastori.

Y eso que al nacer los médicos le detectaron que tenia espina bífida, un defecto congénito del tubo natural que se produce durante las primeras semanas del embarazo cuando la columna vertebral y la médula espinal no se forman de la forma correcta. “Me la detectaron en cuanto nací, lo que pasa es que no había equipos de neurocirugía infantil en Córdoba y tuvieron que esperar tres años para derivarme al Hospital Virgen del Rocío, en Sevilla”, comenta Maya. Le tuvieron que operar de urgencia. “Me advirtieron de que si no lo hacía me iba a quedar peor”. A partir de entonces su vida se convirtió en un rosario de visitas a hospitales pasando en más de una ocasión por el quirófano. “No tuve más remido que acostumbrarme a ese modo de vida”, se lamenta.

Diez intervenciones

En total, sufrió diez intervenciones. Era recuperarse de una para volver a meterse en otra sin solución de continuidad. Maya Alcaide no rehúsa a contar cosas de esa etapa de su vida por muy dolorosas que fueran. “Obviamente lo pasaba mal porque muchas veces me enfadaba cuando tenían que ponerme una escayola o no me podía poner boca arriba”. Tampoco es lo mismo acostumbrase a la vida hospitalaria cuando eres una niña que cuando te conviertes en una adolescente. “Es que ya eres más consciente de las cosas y te cuesta más aceptarlas”. Para eso está también la figura materna. En ese caso resultó esencial. Fue su madre la que insistió para que no se desvinculara del deporte.

“Ella siempre me inculcó que debía de hacer algo porque era saludable para fortalecer mi pierna”, añade.
Si hay algo que molesta a Maya Alcaide de su enfermedad son las miradas compasivas que, sin querer, provoca en la gente cuando la ven paseando por la calle con su silla de ruedas. “Te miran como diciéndote: pobrecita, ¿cómo podrá hacer todo esto?”.

La cordobesa puede entender que suscite ese tipo de pensamientos entre las personas mayores, no así entre la gente joven. “Ya es hora de que ente todos tengamos que aprender a normalizar que una persona con discapacidad puede hacer las mismas cosas que otra sin discapacidad”, asevera.
Ese cambio de actitud lo ha llegado a percibir en entornos muy cercanos como pueden sus amigas del pueblo. “Ahora ya no noto ningún tipo de discriminación, pero cuando viví allí hasta los 13 años la verdad es que sí”, asegura. Le duele recordar el “muchísimo rechazo” que sintió por parte de ellas cuando le vieron por primera vez en silla de ruedas. Le dejaron apartada. “Pasé el peor año y medio de mi vida”, afirma. La ayuda de su madre y de una psicóloga sirvió para que salir adelante y forjar su carácter de luchadora. Ahora ya todo ha cambiado con sus amigas porque, según dice, se lleva “bien” con todas ellas.

La familia, fundamental

El apoyo familiar siempre fue fundamental en su desarrollo. Y también el psicológico. “Al principio era bastante reacia porque siempre he querido hacer las cosas por mí misma, hasta que te das cuenta de que ese tipo de ayudas te aportan herramientas que te permiten ver las cosas desde otra perspectiva”, recalca.

De sus padres solo habla maravillas. ”Nunca han querido ponerme trabas ni han actuado como sobreprotectores por mi discapacidad”. De hecho, presume de que siempre le han dado libertad para hacer lo que ha querido “obviamente, dándome su punto de vista”. Por ejemplo, cuando les comentó que quería trasladare a Toledo le dijeron: “Si es tu decisión, adelante”.

Eso sí, admite que a su madre le costó siempre “un poquito más” aceptar que quisiera emanciparse.
Lo de mudarse a Toledo tiene bastante que ver con el bádminton. Cuando le ingresaron unos días en el hospital de Parapléjicos de Toledo, coincidió con la celebración de una competición internacional de parabádminton en el complejo deportivo Rafael del Pino.

Ya conocía a algunos jugadores de la selección y al entrenador, así que todo resultó bastante sencillo. Entre todos la convencieron para que hiciera una prueba y su respuesta fue: “¿por qué no?”. Lo hizo, y desde entonces no ha dejado de empuñar una raqueta ni un solo día. Lo siguiente fue buscarle un sitio en Córdoba para entrenar. Pronto se dio cuenta de que aquello no iba a ser la solución definitiva por lo costoso que iba a resultar para su familia.

Por aquel entonces Maya Alcaide residía en Villaviciosa, una localidad situada a 47 kilómetros de la capital y carente de transporte público que le pudiera llevar a diario hasta allí. Sus padres tenían que llevarle al instituto, luego traerla de vuelta al pueblo para después ir a Córdoba a entrenar y emprender el viaje de vuelta cuando acabara “y al final todo salía muy caro”. Cuando las cosas se torcían había un plan b que consistía en entrenar en el pabellón multiusos de su localidad donde su padre compró una red y con cinta aislante marcaba la pista.

Un año después le hicieron una propuesta para irse al centro de tecnificación de Rafael del Pino. Esa fue la razón que le llevó a fijar su residencia en Toledo. Ya tiene el título de auxiliar de enfermería y ha hecho algunas prácticas en el Hospital de Parapléjicos. Además, este mismo año se ha matriculado en un grado de Educación Infantil online “para poder compaginar los estudios con mis viajes y entrenamientos”.

No descarta que en un futuro pueda entrenar a niños o niñas con alguna discapacidad. “Estaría chulo”, se apresura a decir. Mientras, seguirá entrenando duro para engordar su palmarés y con la ilusión puesta en acudir a los próximo Juegos Paralímpicos, donde el programa solo le permite participar en el torneo individual.

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