Mucho antes de convertirse en campeona del mundo y en una de las futbolistas españolas más reconocidas, Olga Carmona era una niña que tenía muy claro que quería jugar al fútbol. En su casa de Sevilla, el balón estaba presente incluso dentro de un pequeño pasillo de apenas un metro de ancho: “En el pasillo de casa jugábamos muchísimo. Era un pasillo de un metro y poco y allí estábamos todo el día con el balón”, recuerda Olga.
Su madre, Olga García Gálvez, reconoce que al principio intentó que probara otras actividades, como las sevillanas o la natación. Pero Olga no estaba dispuesta a renunciar al fútbol.
Tomás, su hermano gemelo, recuerda cómo se quedaba detrás de la valla viendo entrenar a sus hermanos y lloraba porque ella también quería jugar. Los fines de semana, incluso prefería ponerse un chándal viejo para poder dar patadas al balón durante los descansos.
Finalmente, su madre cedió y la apuntó al equipo de sus hermanos, ya que por entonces apenas había opciones para niñas de su edad: “Yo quería estar con mis hermanos. Insistí, lloré y al final conseguí jugar al fútbol”, explica Olga.

Crecer entre chicos
En sus primeros años, Olga fue la única niña de su equipo. Competir contra niños no la frenó; al contrario, encontró ahí una motivación más: “Me gustaba competir contra ellos y demostrar que yo también podía ser importante”, cuenta.
Su madre recuerda que esa personalidad competitiva no aparecía únicamente en el campo. Incluso jugando en casa, perder no era fácil para ella: “Si perdía, era insoportable”, recuerda entre risas.
Después de comenzar en el Polideportivo Sevilla, llegó la oportunidad de probar con el Sevilla FC. Amparo Gutiérrez, entonces vinculada a la cantera y actualmente directora deportiva del club, fue una de las personas que participó en aquella selección. Había unas 25 niñas y solo dos fueron escogidas. Olga era de las más pequeñas, pero hubo algo que llamó especialmente la atención de Amparo: “Era de las más pequeñas, pero tenía mucha chispa y mucho carácter”, recuerda.
Su paso por el Sevilla tampoco fue sencillo desde el punto de vista físico. La falta de categorías femeninas suficientemente desarrolladas hacía que tuviera que entrenarse y competir con futbolistas bastante mayores que ella: “Siempre tenía que ir contra niñas más grandes, más rápidas y más fuertes, pero tenía ese punto de competitividad y de no dar nunca un balón por perdido”, explica Amparo.
El esfuerzo de la familia
El crecimiento de Olga también estuvo marcado por la organización de toda la familia alrededor del fútbol. Colegio, entrenamientos, desplazamientos, deberes y fines de semana ocupados.
Su madre recuerda cómo muchas veces recogía a los niños con la ropa de entrenamiento preparada para que pudieran cambiarse directamente en el coche: “Ahí es donde Olga fue creciendo y donde se fue formando”, explica.
La propia futbolista es consciente de todo aquello a lo que tuvo que renunciar desde pequeña: “Te vas perdiendo cosas de tu infancia porque tienes que entrenar, tienes que jugar los fines de semana y tienes que dedicarle mucho tiempo”, reconoce.
José Tadeo, uno de sus antiguos profesores y tutores, recuerda precisamente esa capacidad para compaginar el fútbol con los estudios. La describe como una alumna responsable, trabajadora y receptiva a los consejos: “Era una niña que escuchaba, que observaba y que después ejecutaba. Era muy responsable y nunca tuvimos ningún problema con ella”, señala.
Sevilla, la primera gran etapa
Olga debutó con el primer equipo del Sevilla siendo todavía muy joven. Recuerda especialmente aquella primera aparición, en la que jugó en la banda izquierda y consiguió marcar: “Debutar así, marcando, fue algo muy importante para mí”, explica.
Amparo recuerda a una futbolista que por entonces tenía un perfil más ofensivo y que dejaba todo sobre el terreno de juego. Con el tiempo, el técnico Paco Toro decidió retrasarla para aprovechar mejor su velocidad, su capacidad para recorrer el campo y su intensidad.
Además, la sevillana formó parte del equipo que consiguió el ascenso del Sevilla a Primera División y contribuyó a una etapa importante para el fútbol femenino del club.
Pero su progresión no se quedó en Sevilla. Llegaron la selección española, los torneos internacionales y una oportunidad que cambiaría su carrera.

El salto al Real Madrid
Durante la pandemia apareció la posibilidad de fichar por el Real Madrid. Olga estaba cómoda en Sevilla, el club en el que había crecido y que tenía además muy cerca de su familia. Su madre recuerda que decidió dejar la decisión en manos de su hija. Olga no necesitó demasiado tiempo para saber qué quería hacer: “Mamá, yo me tengo que subir en este tren”, le dijo. En el Sevilla reconocen que esperaban que permaneciera más tiempo en Sevilla, pero considera que aquel paso terminó siendo importante para su evolución.
En Madrid pasó cinco temporadas y asumió cada vez más responsabilidades hasta convertirse en capitana: “Llegué siendo una niña y me fui siendo una mujer”, resume Olga sobre aquella etapa.
Quienes estuvieron cerca de ella destacan también su capacidad para ejercer de líder fuera del terreno de juego: pendiente de sus compañeras, especialmente de las más jóvenes, y siempre dispuesta a ayudar.

El Mundial y su padre
El Mundial de 2023 llevó su carrera a otra dimensión. Olga marcó en las semifinales y volvió a hacerlo en la final, pero detrás de aquellos dos goles había una situación familiar especialmente dura.
Su padre falleció mientras la familia viajaba a Australia para asistir a la final. Olga no lo supo hasta después del partido. Su familia decidió ocultarle la noticia porque se encontraba lejos y no podía hacer nada para cambiar lo que había sucedido: “Si me lo hubieran contado antes, quizá no habría podido jugar la final”, reconoce.
La futbolista recuerda aquel momento como una mezcla difícil de explicar: “Fue el mejor momento de mi vida y, al mismo tiempo, uno de los peores”, afirma.
Olga considera que las dificultades que había afrontado anteriormente también le habían dado herramientas para superar aquel golpe: “He aprendido a convivir con el dolor y creo que muchas de las cosas que he tenido que superar me han hecho más fuerte”, explica.
Y encuentra además un significado especial en haber marcado tanto en semifinales como en la final siendo lateral: “Es muy difícil que una lateral marque en una semifinal y en una final. Creo que mi padre me estaba dando fuerzas”, afirma.

París para seguir creciendo
Después de cinco años en Madrid, Olga decidió volver a salir de su zona de confort. Esta vez, el destino era París: “Siempre he querido salir de mi zona de confort. Necesitaba dar ese paso y el PSG era una gran oportunidad para seguir creciendo”, explica.
El cambio implicaba dejar España, alejarse de su familia y adaptarse a un nuevo idioma, otro clima y una nueva forma de entender el fútbol. Pero también encontró apoyo desde el principio.
Uno de los nombres que destaca es el de Fabián Ruiz, compañero suyo en el PSG: “Fabián es una persona muy humilde, muy cercana. Desde el principio me dijo que estaba ahí para lo que necesitara”, cuenta Olga.
Ese respaldo le ayudó durante su adaptación a París, donde también está aprendiendo francés y construyendo una nueva rutina junto a sus compañeras: “Estoy tranquila, tengo buenas compañeras y poco a poco voy haciendo mi vida aquí”, explica.
Su objetivo, sin embargo, sigue siendo el mismo que tenía aquella niña que insistía para poder jugar con sus hermanos: “He venido para ganar y espero poder hacer historia aquí”, afirma.
De aquel pequeño pasillo de Sevilla a París hay miles de kilómetros, varios clubes y un Mundial por el camino. Pero Olga Carmona sigue persiguiendo el mismo sueño que defendió desde niña: jugar al fútbol y seguir avanzando.

