A los 37 años, después de casi una década trabajando como administrativa, Loreto Aldámiz decidió romper con una vida profesional que no sentía plena. Cambió las jornadas interminables de oficina por el serrín y el olor a madera.
“Llevaba ya 8 años en un trabajo como administrativa, gestionando hipotecas, en una de esas jornadas laborales que te roban todo el día. El sueldo no estaba mal y aunque solía reírme mucho en la oficina, poco a poco eso empezó a cambiar y empecé a sentirme fuera de lugar y vacía hasta que un día sin darme cuenta me vi preguntando a mis compañeras y compañeros si de verdad se veían jubilándose allí, yo era la única que tenía claro que ni de broma. Aguanté un par de años más por allí, porque tampoco tenía muy claro qué podría hacer con mi vida. Pero mi actitud ya no era la más proactiva. Un día uno de mis jefes me preguntó qué iba a hacer si no, y sin pensarlo le dije que iba a ser carpintera. Él se río”.
Pero no era ninguna broma. Loreto estaba decidida a transformar una realidad que ya no encajaba con quién era. Tenía claro que quería fabricar, con sus propias manos, aquello que diseñaba. Y acabó en un taller de una ONG en el barrio madrileño de Vallecas. Fue el inicio del cambio. “Siempre me he considerado una privilegiada, desde pequeña he sabido que podría hacer lo que quisiera y que tendría el respaldo de mi familia, quizá por eso he ido por la vida como sobrevolando algunas situaciones a las que nunca he prestado atención. Al dejar el trabajo me decidí por matricularme en un Máster de Arquitectura de Interiores, pero en realidad sabía que lo que yo quería era fabricar y hacer yo misma lo que dibujaba. En la escuela no había taller, pero me hablaron de los certificados de profesionalidad del SEPE, para aprender oficios. Tuve la suerte de caer en el taller de una ONG de Vallecas, muy bien equipado y con gente increíble, además la profesora, Carolina Lloreda, era una mujer mayor, carpintera y pedagoga, alguien muy especial que hizo que me enamorase perdidamente del oficio”.

En ese camino también encontró referentes femeninos. Mujeres vinculadas al arte y la arquitectura que la ayudaron a construir su propia identidad profesional. “Lo primero que hice después de firmar los papeles del paro fue llamar a mi hermana mayor, que es arquitecta, para pedirle el teléfono de una amiga suya de toda la vida, Aurora, que es artista y que para mí ya desde pequeña era la referencia absoluta por las cosas que era capaz de hacer. Aún no tenía claro qué iba a hacer yo pero sí sabía que quería ser un poco como ellas. Yo era todo entusiasmo aunque con poca cabeza, quizá por eso Aurora me amadrinó y acabamos trabajando juntas en muchos proyectos. Fue una etapa preciosa en la que aprendí mucho”.
Todavía choca ver a una mujer trabajando con la madera y reconoce haber sentido el prejuicio de algunos hombres y, como contraposición, la confianza ciega de otras mujeres. “Sí, algún momento de esos ha habido, ¡jajajaj! Con los hombres sobre todo he sentido una cierta condescendencia, con las mujeres en cambio una sensación que me resulta más inquietante, plena confianza, casi como si yo fuera una carpintera mágica. ¡Mucha presión!”.
Para Loreto, las diferencias a la hora de trabajar no residen en el género sino en la manera de afrontar el oficio. “Lo bonito de la carpintería es que es un oficio muy amplio que abarca infinidad de necesidades y claro que hay muchas maneras diferentes de abordar como trabajar una pieza de madera según cual sea su destino. En realidad no creo que haya diferencias en cuanto al género, sino más bien en cuanto a la parte del oficio a la que te dedicas y en las condiciones que lo haces”.

Habla de la madera como si cada pieza tuviera un mensaje por descifrar. El momento de elegir un tablón y empezar a trabajarlo es, para ella, casi una forma de escucha. “Disfruto mucho de todos los procesos, desde el diseño inicial hasta la ejecución o instalación, pero probablemente es cuando escojo un buen tablón de madera y empiezo a labrarlo y prepararlo para deshilarlo, desde ese momento siento como ya no soy solo yo la que manda, cada pieza de madera es única y tiene sus particularidades, aprender a leerlo e intentar comprenderlo es un camino infinito”.
La precisión, dice, es una de las claves más difíciles del oficio. Encontrar el punto perfecto requiere de un trabajo minucioso. “Como carpintera he aprendido que un milímetro es la diferencia entre el bien y el mal, a partir de ahí, cada cosa que hacemos en el taller por simple que sea depende de eso. Trabajar con confianza y a la vez ser delicada, para llegar al punto exacto. La paciencia es imprescindible”.
Aunque cada vez conoce a más mujeres vinculadas a este mundo, sigue siendo poco habitual encontrar a una carpintera tradicional. “Aunque he conocido a muchas profesionales increíbles dedicadas a este oficio normalmente pocas se definirían solo como carpinteras, ellas suelen ser docentes, restauradoras, ebanistas, etc. Un poco como yo misma, sigue siendo raro encontrar a una mujer en un taller de carpintería puro y duro o haciendo una instalación de una cocina a medida”.

También reconoce haber sentido en algunos momentos la necesidad de demostrar más que sus compañeros hombres. “En algún momento sí he sentido falta de confianza por parte de algún jefe, hasta el punto de preguntarme por qué habían decidido contratar a una mujer, pero esa sensación desapareció en cuanto pasaron unas pocas semanas de mi incorporación al taller, en cuanto pude empezar a trabajar sin restricciones todo cambió”.
Y envía un mensaje a las mujeres más jóvenes que estén pensando en dedicarse a un oficio manual como este. Las posibilidades que ofrece la carpintería, asegura, son infinitas. “Puedes encontrar tu sitio en el taller en mil campos diferentes, trabajar con las máquinas de bancada o las herramientas manuales, y los millones de herrajes diferentes te ofrecen siempre diferentes caminos que te llenan de inspiración para seguir comprendiendo y buscando maneras más inteligentes de resolver una pieza”.
El tiempo le ha dado la razón. No se equivocó cambiando la oficina por el taller. “Es un oficio en el que la creatividad surge como el respirar, como si no dejaras de estar jugando nunca”.
