Francisco Murillo tiene 83 años y duerme en la plaza Altamira, uno de los rincones más reconocibles de Caracas. Su edificio en La Candelaria quedó inhabitable tras los terremotos. Sus hijas viven fuera del país, una en Argentina y otra en Chile. Está solo. “El edificio se vino abajo y la mayoría de la gente ahí quedamos afuera y no podemos entrar ni salir”, explicó al medio venezolano El Pitazo. Nadie ha ido a buscarlo. Nadie le ha dicho qué hacer.
Su historia no es la excepción. Es Venezuela entera. Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el país en la noche del miércoles 24. En pocas horas, dejaron 920 muertos, 3.360 heridos y 172 personas todavía atrapadas bajo los escombros, según las últimas cifras ofrecidas por Jorge Rodríguez, el hermano de Delcy y presidente del Parlamento venezolano. Más de 383 edificaciones resultaron total o gravemente dañadas, la mayoría en el estado costero de La Guaira, al norte de Caracas, declarado zona de desastre. Allí, más de 100 edificios se derrumbaron y 70.000 familias lo perdieron todo, según el Ministerio del Interior.
Dormir en el asfalto
Desde la noche del terremoto, los caraqueños comenzaron a llenar las plazas de la ciudad. En Catia La Mar, una de las localidades más castigadas, cientos de personas se instalaron en el asfalto, en jardines, canchas y campamentos improvisados, recostadas sobre colchones, sábanas y cartones. La escena se repite en distintos puntos de la capital.

En la plaza Altamira, junto a Francisco Murillo, también pernoctó Evelyn Blanco, que había logrado subir desde La Guaira en medio de la desinformación. Alguien le había dicho que había alerta de tsunami y decidió no arriesgarse. Marilyn Durán, vecina de la zona, lo explicó con la claridad de quien no tiene más opciones: “Nosotros estamos a dos edificios del que se desplomó, no podemos pasar la noche allá porque no es seguro”.
Algunos durmieron en sus coches aparcados frente a sus propios edificios, aún en pie pero potencialmente comprometidos, sin saber si aguantarían otra réplica. Otros lo hicieron en carpas. Muchos, directamente en el suelo.

El Estado mira hacia La Guaira
En el municipio de Chacao, el alcalde Gustavo Duque pidió a los vecinos acudir a plazas y centros de acopio, y cifró en cuatro los edificios colapsados en su distrito. De uno de ellos se rescató con vida a 18 personas en las primeras horas. Otros 30 inmuebles presentan daños estructurales que los hacen inhabitables. El propio Duque habló inicialmente de 12 muertos en su municipio, aunque las cifras globales oficiales no dejan de crecer.
La percepción generalizada entre la población es que la respuesta institucional se concentra en La Guaira, la zona más devastada, dejando a otros barrios y municipios a su suerte. En Caracas, la parroquia de San Bernardino habilitó varios centros de refugio y reportó 25 fallecidos en las primeras labores de rescate. En La Guaira, el Polideportivo José María Vargas se convirtió en campamento de emergencia, con tiendas de campaña para quienes lo perdieron todo. Pero las labores de búsqueda continúan, lentas y desbordadas.

Voluntarios donde no llega el Estado
En ese vacío, son los propios ciudadanos y las brigadas de voluntarios quienes están cargando con el peso del rescate. Equipos extranjeros han llegado al país para apoyar en la búsqueda de supervivientes y en la remoción de escombros, en edificios donde aún puede haber personas con vida. No hay un protocolo claro. No hay una cadena de mando que la población sienta como propia. La desconfianza hacia las instituciones es parte del nuevo paisaje en el norte del país.
Venezuela lleva años acumulando fragilidades: emigración masiva, infraestructuras deterioradas y pobreza extendida. El terremoto no ha creado ese vacío, pero lo ha hecho brutalmente visible. Francisco Murillo lo sabe. Duerme en una plaza, solo, a los 83 años, esperando que alguien le diga qué viene ahora. Nadie se lo ha dicho todavía.

