Liliana Colino se enteró por su padre de que Argentina había recuperado las Malvinas. Era abril de 1982 y tenía 26 años. Por entonces trabajaba como enfermera en la Fuerza Aérea Argentina y todavía no sabía hasta qué punto aquel acontecimiento iba a cambiar su vida.
Cuando llegó al hospital, se encontró con un ambiente muy distinto al habitual. Había movimiento, nervios y una expectación que se respiraba también fuera de allí. En Argentina, la recuperación del archipiélago había despertado una enorme ola de patriotismo y, dentro de las Fuerzas Armadas, empezaba a quedar claro que aquello podía acabar en un enfrentamiento con Reino Unido.
Colino estaba preparada para situaciones difíciles. Se había formado como enfermera y también había estudiado Veterinaria, algo poco habitual en una mujer de su generación. Además, formaba parte de las primeras promociones de mujeres que habían podido incorporarse a las Fuerzas Armadas argentinas con rango militar.
Su especialidad era la terapia intensiva y había trabajado con pacientes coronarios, trasplantados renales y personas con quemaduras graves. Hasta entonces había aprendido a enfrentarse a situaciones límite dentro de un hospital. Pronto tendría que hacerlo en medio de una guerra.
Pero para entender cómo aquella joven enfermera terminó viajando hasta las Malvinas hay que remontarse mucho más atrás, hasta una disputa que llevaba casi 150 años enfrentando a Argentina y Reino Unido.
Una disputa de casi 150 años
Las Malvinas son un archipiélago del Atlántico Sur situado frente a la Patagonia argentina, formado por dos grandes islas y cientos de islotes. Su ubicación, cerca de las rutas marítimas australes y de la Antártida, explica parte de su importancia estratégica, aunque su historia está marcada sobre todo por una cuestión mucho más antigua: quién tiene derecho a gobernarlas.

Tras la independencia argentina, el 9 de julio de 1816, Buenos Aires consideró que había heredado los territorios que habían estado bajo dominio español y formalizó su presencia en las islas en 1820. El 3 de enero de 1833, sin embargo, fuerzas británicas expulsaron a las autoridades argentinas y Reino Unido pasó a ejercer el control del archipiélago. Argentina nunca reconoció aquella situación y mantuvo desde entonces su reclamación de soberanía.
Durante décadas, el conflicto permaneció en el terreno diplomático. En 1965, Naciones Unidas reconoció la existencia de una disputa de soberanía y pidió a ambos países que buscaran una solución negociada. El problema era que las dos partes partían de posiciones incompatibles: Argentina defendía su soberanía sobre el territorio, mientras Reino Unido apelaba, entre otros argumentos, a la voluntad de los habitantes de las islas.
La cuestión parecía condenada a permanecer enquistada. Hasta que, en 1982, dejó de ser un asunto de despachos y negociaciones.
El desembarco que cambió la historia
Argentina llevaba seis años bajo una dictadura militar cuando Leopoldo Galtieri llegó al frente de la Junta. El régimen estaba cada vez más debilitado por la crisis económica, la inflación y el descontento social. En ese contexto, la reivindicación de las Malvinas ofrecía una causa capaz de despertar un fuerte sentimiento nacional.
El 2 de abril de 1982, las Fuerzas Armadas argentinas desembarcaron en las islas y tomaron el control. La noticia fue recibida con entusiasmo en buena parte de Argentina, donde miles de personas salieron a las calles para celebrar lo que consideraban la recuperación de un territorio propio.
En Reino Unido, la respuesta fue muy distinta. Margaret Thatcher ordenó enviar una fuerza militar al Atlántico Sur para recuperar el archipiélago. La operación que Argentina había presentado como una recuperación territorial acababa de desencadenar un enfrentamiento entre dos países separados por miles de kilómetros.
Mientras los barcos británicos ponían rumbo a las islas y los soldados se preparaban para el combate, Liliana Colino vivía aquella escalada desde otro lugar: un hospital.
Una enfermera rumbo al frente
Hasta entonces, el papel de Liliana Colino estaba en tierra. Trabajaba en el Hospital Aeronáutico Central y, cuando comenzó el conflicto, se encargó junto a otras compañeras de preparar los botiquines y el material médico que necesitaban los equipos desplegados en el Atlántico Sur. Después fue destinada al Hospital Reubicable de Comodoro Rivadavia, donde empezaron a llegar los militares heridos desde las islas.
Los encargados de trasladarlos eran los Hércules C-130. Volaban principalmente de noche y a baja altura, intentando pasar desapercibidos ante las fuerzas británicas. Cada aparato que llegaba a Puerto Argentino llevaba suministros y regresaba cargado de heridos. Colino no formaba parte de esas tripulaciones. Al menos, no estaba previsto que lo hiciera.

Todo cambió mientras preparaban uno de aquellos vuelos. El capitán médico Adolfo Smith se acercó a ella y le preguntó: “¿Te animas a venir?“. Colino aceptó. En la noche del 21 al 22 de mayo, subió al Hércules que la llevaría hasta Puerto Argentino. No sabía todavía que aquel sería su único viaje a las islas durante la guerra.
El aterrizaje dio paso a una carrera contrarreloj. Había que descargar rápidamente los alimentos, la sangre y el material sanitario para hacer sitio a los pacientes que esperaban fuera. Las ambulancias comenzaron a llegar y los heridos fueron subiendo al avión. Algunos podían viajar sentados; los más graves tuvieron que ser acomodados directamente sobre el suelo, porque aquel enorme aparato de transporte estaba muy lejos de las condiciones de un hospital.
Colino conocía bien las situaciones límite. Su experiencia en terapia intensiva le había enseñado a actuar con rapidez cuando la vida de un paciente dependía de ello. Pero allí había una diferencia imposible de ignorar: mientras ella trabajaba, el avión permanecía en una zona de guerra y cada minuto en tierra aumentaba el riesgo.
El miedo ya lo había sentido antes. Durante una alerta roja tuvo que refugiarse junto al resto del personal y se encontró rodeada de hombres. “Yo era la única mujer en todo el enorme galpón“, recordó años después. Entonces pensó: “Estoy indefensa aquí, si bombardean yo no puedo hacer nada”.
En el Hércules, sin embargo, no había tiempo para pensar en lo que podía ocurrir. Las ambulancias seguían llegando y los heridos seguían subiendo. Había que atenderlos.
El despegue que nunca olvidó
En el interior del Hércules, el tiempo corría. Habían conseguido subir a alrededor de 30 heridos, pero todavía había ambulancias esperando en tierra cuando llegó la orden de cerrar la compuerta. No podían quedarse más.
Para Colino, aquella fue probablemente la decisión más difícil de toda la misión. Sabía que cada minuto adicional en Puerto Argentino aumentaba el riesgo para el avión y para quienes viajaban en él, pero también veía que todavía había personas que necesitaban ser evacuadas. “Fue el momento más difícil“, recordaría años después.
La compuerta se cerró y el Hércules despegó.
Colino abandonó Puerto Argentino mientras la situación en tierra seguía empeorando. Poco después, las posiciones argentinas volvieron a quedar bajo el fuego británico. Ella ya estaba en el aire, de regreso al continente, con los heridos que habían podido subir al avión.

Habían sido apenas unas horas en las islas. Sin embargo, aquel viaje quedó grabado para siempre en su memoria. Con el paso del tiempo, Colino describiría haber pisado las Malvinas cuando todavía ondeaba la bandera argentina como “el privilegio, el honor y el orgullo” de su vida. También recordaría aquel momento como “la mayor emoción de su vida“.
Aquel vuelo terminó cuando el Hércules volvió a tierra firme. Para Liliana, sin embargo, la historia de aquella noche apenas acababa de empezar.
74 días de combate
Mientras Colino regresaba al continente con los heridos que habían podido ser evacuados, en las islas la situación se complicaba cada vez más. La guerra, que había comenzado el 2 de abril de 1982, todavía tenía por delante varias semanas de combates.
Uno de los episodios más polémicos llegó el 2 de mayo, cuando el submarino británico HMS Conqueror torpedeó al crucero argentino ARA General Belgrano. Murieron 323 militares argentinos. El ataque sigue generando controversia, especialmente porque el buque se encontraba fuera de la zona de exclusión marítima establecida por Reino Unido. Dos días después, Argentina consiguió golpear a la flota británica: un misil Exocet alcanzó al destructor HMS Sheffield.
A partir de entonces, las fuerzas británicas fueron estrechando el cerco sobre Puerto Argentino. Los combates se intensificaron en lugares como Goose Green, Monte Longdon, Tumbledown y Wireless Ridge, hasta que la resistencia argentina quedó prácticamente agotada.
El 14 de junio, 74 días después del desembarco, el general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición. El conflicto había dejado 649 militares argentinos, 255 británicos y tres civiles isleños muertos, además de miles de heridos.
Pero la derrota tendría consecuencias que irían mucho más allá del campo de batalla. En Argentina aceleró el final de la dictadura militar y abrió el camino a las elecciones de 1983, que llevaron a Raúl Alfonsín a la Presidencia. En Reino Unido ocurrió lo contrario: la victoria reforzó a Margaret Thatcher y contribuyó a su triunfo en las elecciones del año siguiente.
Para los dos países, la guerra había terminado. Sus consecuencias políticas, sociales y personales durarían mucho más.

La otra batalla de Liliana
Volver al continente no significó dejar atrás las Malvinas. Después de la guerra continuó trabajando en el ámbito sanitario y desarrolló también su carrera como veterinaria, pero con el paso de los años asumió otra tarea: conseguir que la participación de las mujeres en el conflicto ocupara el lugar que merecía.
Y no fue la única. Otras profesionales participaron en labores sanitarias, logísticas y de comunicación, aunque durante mucho tiempo sus historias quedaron relegadas frente al relato protagonizado por soldados, pilotos y mandos militares. En el caso de Colino había, además, un hecho que hacía especialmente singular su experiencia: había estado en Puerto Argentino durante los combates.
Su camino hasta allí tampoco había sido sencillo. Antes de entrar en la Fuerza Aérea había querido convertirse en guardaparques, pero en aquella época las mujeres no podían acceder a esa formación. Una convocatoria para enfermeras militares le abrió otra puerta y decidió cruzarla.
La situación no fue mucho más sencilla dentro de las Fuerzas Armadas. Colino se movía en un entorno formado mayoritariamente por hombres y tuvo que abrirse paso en una institución en la que su presencia todavía resultaba excepcional. Ella misma ha contado que llegó a sentirse como una “oveja negra” por querer ocupar espacios que tradicionalmente estaban reservados a ellos.
Por eso, su historia no termina cuando el Hércules abandona Puerto Argentino. La guerra fue solo una parte de su recorrido. Después llegó el esfuerzo por recuperar una memoria en la que durante demasiado tiempo las mujeres habían quedado en segundo plano.
Malvinas sigue siendo una herida
En 2013, los habitantes de las islas volvieron a pronunciarse sobre su futuro. El referéndum registró un resultado prácticamente unánime: el 99,8% de los votos válidos respaldó mantener el vínculo con Reino Unido. Argentina cuestionó la validez de la consulta para resolver una disputa que considera anterior a la población actual del archipiélago.
Pero la herencia de 1982 va mucho más allá de aquella discusión política. Durante décadas, numerosas familias argentinas vivieron sin saber con certeza qué había ocurrido con sus seres queridos. Los trabajos de identificación de los soldados enterrados sin nombre en el cementerio de Darwin permitieron poner rostro y nombre a muchos de ellos y cerrar una parte de aquella herida.
Y ahí vuelve a aparecer Liliana Colino. Durante años, su experiencia quedó lejos de los grandes relatos sobre la guerra. Ella, que había subido a un Hércules para atender a los heridos, terminó convirtiéndose también en una voz para reivindicar la presencia de las mujeres en Malvinas. Su historia demuestra que una guerra no desaparece cuando dejan de sonar los disparos: permanece en quienes estuvieron allí, en quienes esperaron su regreso y en quienes todavía intentan contar lo que ocurrió.

“Como guerra, ninguna vale la pena”
Liliana Colino habla de las Malvinas con orgullo. Haber pisado las islas bajo bandera argentina sigue siendo, para ella, un recuerdo extraordinario. Pero cuando le preguntan por la guerra, su respuesta cambia: “Como guerra, ninguna vale la pena“.
Quizá esa sea la mejor manera de entender su historia. Colino llegó para cuidar a quienes habían resultado heridos. Entró en un Hércules, trabajó entre camillas y material sanitario y regresó al continente mientras todavía quedaban ambulancias esperando en tierra. Después tuvo que convivir con el recuerdo de aquella noche y con una memoria de la guerra en la que las mujeres tardaron demasiado en encontrar su sitio.
Las Malvinas suelen contarse a través de presidentes, generales, barcos y batallas. La historia de Liliana permite mirarlas desde otro lugar: desde una enfermera que se subió a un avión para salvar vidas y que, décadas después, sigue contando lo que vio.
La guerra quedó atrás en 1982. Para Liliana Colino, aquella noche en Puerto Argentino nunca terminó del todo.

