Líbano

Safa Hanjoul: “Es realmente indignante sentirse afortunado simplemente por haber sobrevivido”

Trabajadora humanitaria y madre de tres hijos, Safa Hanjoul comparte con Artículo14 el sufrimiento de tantas familias del sur del Líbano en un conflicto bélico abierto

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Safa Hanjoul admite que sus hijos "se han convertido en expertos en diferenciar aviones por sus sonidos"
Cortesía

Si el anverso es una actitud vitalista y pragmática que ha hecho legendarios a los libaneses en todo Oriente Medio y más allá, el reverso es haberse acostumbrado, no exenta de un punto de indiferencia de una parte de la población, a una guerra de baja intensidad que sigue teniendo lugar en el sur del país. Unos 600 kilómetros cuadrados de las comarcas meridionales -de un país de apenas 10.000 kilómetros cuadrado, el tamaño de Navarra- siguen ocupados por el Ejército de Israel, que, desde el pasado mes de marzo, no ha dejado una sola semana de atacar supuestos objetivos personales y logísticos de Hizbulá a pesar del alto el fuego oficialmente en vigor.

El paso de los meses ahonda en la brecha entre Beirut, el Monte Líbano o las comarcas del norte del malhadado sur libanés, donde decenas de localidades ha quedado completamente destruidas como consecuencia de los ataques israelíes de este año y de los que se produjeron durante el otoño de 2024. Es el territorio de Safa Hanjoul, que es una joven trabajadora humanitaria de ACNUR con base en Tiro, la más importante de las ciudades de la región, aunque natural de Nabatieh -uno de los municipios más castigados desde el inicio e la contienda-, y sobre todo madre de tres hijos -de once, ocho y cinco años- que se están criando -como tantas generaciones de libaneses- en una situación de guerra.

Como para tanta gente del sur, la guerra de este año -que comenzó el pasado mes de marzo en el marco de la ofensiva israelí y estadounidense contra la República Islámica de Irán-, la familia de Safa ha vivido junto a su familia dos desplazamientos en menos de dos años. “Es un trauma que compartimos con miles de familias: hacer las maletas presas del pánico, diez horas conduciendo entre atascos, dormir en sitios nuevos, etc. Sin mencionar el dolor de ver a otras personas que no podían encontrar o pagar un refugio, que durmieron en las calles, en colegios y en espacios públicos, y muchas de esas personas pueden ser familiares o vecinos”, relata. “Solo entonces nos dimos cuenta de cómo las cosas más simples de la vida pueden convertirse de repente en lujos, e incluso hacernos sentir culpables por tenerlas”, reconoce Hanjoul a Artículo14.

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Pupitres escolares fuera de las aulas improvisadas de la Escuela Secundaria de Burj Qalaouiyah, al sur del Líbano
Efe

Si la situación es todavía altamente peligrosa para la población en gran parte del sur libanés, más alentadora es la situación para la milenaria ciudad de Tiro, cuyos habitantes han entrado en una suerte de nueva normalidad -relativa- desde el pasado mes de junio. Ello movió a la libanesa de 36 años y a su familia a regresar en agosto a su hogar y dejar su refugio temporal en el distrito del Suf. “Acabamos de volver a Tiro, que habíamos dejado en marzo, una vez la situación empezó a mejorar de forma gradual. Hubo momentos en los que nuestra vida cabía en un puñado de maletas en el coche, y nos movíamos entre distintas opciones de vivienda buscando una comodidad que se nos escapaba”, continúa el relato la joven.

Según el último dato de ACNUR, de mediados de agosto, 860.000 personas desplazadas por la guerra iniciada en marzo ya habían regresado a sus lugares de origen en el sur de Líbano. Sin embargo, unas 360.000 continuaban lejos de sus hogares, incluidas al menos 22.000 en refugios colectivos. La crisis está, por tanto, lejos de haber concluido: muchos retornados encuentran viviendas dañadas, servicios básicos colapsados y nuevos desplazamientos siguen produciéndose como consecuencia de ataques israelíes.

“Me di cuenta de un sentimiento que compartían muchas de las personas con las que me encontré, que también habían regresado: sencillamente querían pasar todo el tiempo posible dentro de sus hogares”

Safa admite ser una afortunada por haber encontrado su casa en pie, un privilegio que no han tenido miles de familias en sus regresos en las últimas semanas. “Cuando volvimos, el puente principal que permitía la entrada a Tiro estaba destruido, así que tuvimos que tomar otra ruta para quedar atrapados de nuevo en atascos de locura. Varias casas alrededor de la nuestra quedaron destruidas, así que muchas ventanas quedaron hechas añicos, los paneles solares se agrietaron y, por encima de todo, el hogar ya no parecía un hogar”, evoca a Artículo14.

La destrucción de la casa familiar

La situación es muy distinta en Nabatieh, su ciudad natal, situada a poco más de diez kilómetros de la frontera con Israel, y uno de los lugares más castigados del país. “Ella está en mi corazón. Es donde se formaron mis primeros recuerdos. Durante esta guerra perdimos a personas muy queridas para nosotros, y también la casa de mis padres, un lugar que guardaba tanta historia familiar y mi infancia Todos esos hermosos recuerdos de infancia quedaron reducidos a ruinas y cenizas”, confiesa.

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Imagen de la casa de los padres de Safa, en Líbano
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Asegura que nadie está apoyando en estos momentos el proceso de reconstrucción de las viviendas, lo que, como tantas otras veces en la historia libanesa, está obligando a la propia población a tratar de rehacer sus vidas con lo poco que les queda y tienen a su alcance. “La incertidumbre hace muy difícil para las familias que perdieron sus casas, como mis padres, seguir con su vida, porque continuar adelante significa decidir sobre lo indeciso”, afirma.

A sus dificultades personales se une el drama cotidiano del que, como trabajadora humanitaria en la zona dedicada a las respuestas de emergencia sobre el terreno, es testigo. “Creo de verdad que, a veces, ayudar a otros a encontrar un poco de alivio también puede traernos algo de alivio en medio de nuestras propias dificultades”, asegura la joven natural de Nabatieh.

Convivir con los traumas

“Sin duda las las guerras afectan a las personas de forma distinta. Para mí, como madre de tres hijos, trabajadora humanitaria y mujer del sur, esta guerra logró tocar cada parte de mi vida con una crueldad muy particular”, confiesa Hanjoul.

“Mis hijos han desarrollado un claro odio hacia la guerra. Más allá del propio trauma, han tenido que pasar al aprendizaje a distancia dos veces ya, en momentos en los que la privacidad, la concentración y el apoyo familiar estaban en su peor momento. Han echado de menos no solo el contenido educativo, sino también sus pupitres, los patios de recreo, a sus profesores y, sobre todo, a sus amigos. Mis hijos añoraban sus habitaciones, sus juguetes, las risas sencillas que antes llenaban nuestra casa. Cuando por fin volvimos, nos sentimos hechos pedazos, como los cristales de las ventanas de nuestra casa”, relata a Artículo14.

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Una de las habitaciones de la casa de Safa
Cortesía Safa

“Pero al menos sobrevivimos. Y es realmente indignante sentirse afortunado simplemente por haber sobrevivido. Y aun así, estamos agradecidos por cada pequeño instante de normalidad, incluso cuando sigue siendo interrumpido por el sonido de los bombardeos israelíes cerca de nosotros. Seguimos agradecidos de estar de vuelta en nuestro querido sur, en nuestra querida Tiro”, concluye.

“En un día normal, prosigue la trabajadora de ACNUR, escuchamos todo tipo de sonidos a nuestro alrededor: ataques con misiles israelíes y drones, aviones militares, etcétera. Nuestros hijos se han convertido en expertos en diferenciar esos sonidos, cuando a su edad deberían estar aprendiendo a reconocer sonidos más felices”.

El sueño de un “mañana mejor”

A pesar de la extrema volatilidad de la situación en el sur, con la posibilidad de una nueva escalada entre EE UU e Irán que inevitablemente se dejará sentir en el Líbano, Hanjoul y su familia tratan de sentar las bases de “un mañana mejor” en Tiro. “Con toda la incertidumbre y la tristeza, insistimos en tener nuestro momento de sobhiyeh, que es la forma libanesa de disfrutar el café de la mañana en familia, junto al mar, los árboles y la brisa del sur”, evoca para admitir que su familia y ella “sueñan con el día en que podamos construir nuestra nueva casa libanesa tradicional, y plantemos muchos olivos alrededor para reemplazar algunos de los muchos árboles que fueron robados y quemados.

Para concluir, la libanesa comparte con Artículo14 haber percibido en muchas de las personas que regresaban a Tiro cómo “sencillamente querían pasar todo el tiempo posible dentro de sus hogares, en el caso de que les hubiera quedado la casa en pie”. “Hay algo profundamente conmovedor en eso. Me recordó que un hogar nunca es solo paredes, puertas y ventanas. Es identidad. Es un espacio seguro. Es la calidez de una madre. Y quizá eso es exactamente lo que nuestra tierra significa para nosotros. Nuestro sur no es solo un lugar al que regresamos: es hogar, en todo el sentido de la palabra”, concluye con la esperanza de un futuro de paz para este mil veces trágico rincón del Mediterráneo oriental.

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