La sargento primera Marina Esther Fernández Ahumada no es de las que se quedan en casa cuando España las necesita. Natural de Ceuta, entró en el Ejército con 18 años en una batería de armas de artillería, en una época en que pocas mujeres se aventuraban en las zonas más operativas. Desde entonces ha acumulado una trayectoria que incluye la misión de la FINUL en el Líbano, la labor humanitaria durante la DANA y una condecoración de manos de la ministra de Defensa. Técnico Superior en Mecatrónica Industrial y especialista en defensa NBQ, esta artillera de la Brigada XII habló con Artículo14 sobre sus misiones, el impacto emocional de ayudar en una catástrofe y lo que significa ser mujer en uno de los ámbitos más exigentes de las Fuerzas Armadas.
¿Qué la llevó a elegir una carrera militar siendo Técnico Superior en Mecatrónica Industrial?
Me viene de familia, en mi familia siempre había tradición militar, sobre todo artillera, por eso elegí este arma. Yo terminé bachillerato y siempre me llamó la atención. Me crié en Ceuta y allí los Regulares y la Legión son algo muy cotidiano. Siempre quise ser militar, además era una maripandona de chica, yo quería ser jefa.

¿Cómo ha sido su trayectoria desde que ingresó en las Fuerzas Armadas hasta llegar a su puesto actual?
Entré con 18 años en Ceuta, en una batería de armas. Fuimos de las primeras en entrar en una pieza de artillería, entramos diez chicas y las diez fuimos a baterías de armas, fuimos pioneras en ese sentido. A los cinco años decidí hacer de esto una carrera más profesional, me preparé, aprobé la oposición y estuve en Lérida un año, donde aprendí muchísimo. Después me especialicé en artillería en Segovia y tuve mi primer destino en Burgos, donde estuve todo mi empleo de sargento. Luego ascendí y me mandaron a Almería, donde me saqué el curso de Especialista en Defensa NBQ. Después volví a Madrid para estar más cerca de mis hijos, y después llegó la DANA.
¿Cómo fue llegar a los municipios afectados por la DANA y ver la magnitud de lo ocurrido?
Se me removió todo. Lo que veíamos en los telediarios no tenía nada que ver con lo que veías allí. Cien kilómetros antes de llegar a Valencia ya se veía la destrucción. Las caras de la gente, el sufrimiento, fue duro. Fue duro mantener el tipo porque al final nosotros estábamos muy instruidos para ir allí a ayudar, pero también somos humanos y el factor humano dolía. Teníamos que estar fuertes porque esa gente necesitaba nuestro apoyo.
¿Cómo gestionó ese impacto emocional para poder seguir trabajando?
Respirando mucho y apoyándome en la instrucción, aunque nadie te instruye para una catástrofe natural. Nosotros no somos la UME, ellos están más acostumbrados. Lo más complicado fue transmitir tranquilidad a mis subordinados sin dejar de ser humanos. Eso solo lo conseguimos siendo nosotros mismos. La parte más dura venía por la noche, cuando te acostabas y le dabas vueltas a todo lo que habías hecho durante el día. Es duro, pero es gratificante porque te das cuenta de que de verdad has hecho algo por alguien.

La condecoración de la ministra Robles en agosto de 2025, ¿qué significó para usted?
Para mí ese día fue un orgullo de verdad. Que me lo diera la ministra y que fuera un reconocimiento público a algo que nosotros hicimos de corazón. Fuimos voluntarios, fuimos porque quisimos. Y sobre todo fue una concienciación de que nuestro trabajo se valora. Cuando actuamos no esperamos una palmadita en la espalda, sino que la gente vea que estamos ahí y que pueden contar con nosotros.
¿Cómo fue su experiencia en la misión de la FINUL en el Líbano?
Salí voluntaria porque tenía muchas ganas de desplegar. Un militar que no ha desplegado es como que le falta algo. Los últimos tres meses de la misión no fueron agradables. Llegaba un momento en que veías tu vida bastante en peligro, aunque lo teníamos tan automatizado que no nos dábamos cuenta hasta que volvimos y verbalizamos todo lo que habíamos vivido. Recuerdo que quedamos los compañeros a las dos semanas de volver y cuando hablamos, nos dimos cuenta de todo lo que habíamos pasado. Tuvimos la suerte de que no nos pasó nada, pero desgraciadamente los compañeros nepalís y franceses no tuvieron la misma suerte. Pasamos muchas horas en el búnker, sobre todo las primeras semanas, y salíamos en convoyes para suministrar comida y agua a las posiciones. La aventura era un peligro.
¿Qué diferencias encuentra entre una misión internacional y una misión de emergencia como la DANA?
En capacidad emocional, nos costó más la DANA. Porque eso nos pilló muy de cerca, era nuestra tierra, era nuestra gente. No quiere decir que no te duelan otras cosas, pero hay una diferencia. En el Líbano lo teníamos tan automatizado que no sentíamos el peligro hasta después. En la DANA el golpe emocional fue inmediato.

¿Cómo ha vivido su experiencia como mujer en una especialidad técnica dentro del Ejército?
Al principio fue complicado. Éramos muy pocas y el Ejército estaba en transición, pasando de los restos de la mili a este ejército profesional. En artillería, en las zonas más operativas, cuando te meten en una pieza con ocho hombres y una sola mujer, te lo tienes que ganar un pelín más que tus otros compañeros. Tienes que demostrar que estás ahí porque te lo mereces. Hoy en día eso ha cambiado mucho. ¿Sigue pasando? Siempre hay resistencias, por eso estamos aquí, para pelear por esa equidad.
¿Ha sentido en algún momento que tenía que demostrar más por ser mujer?
Sí. Por ejemplo, los proyectiles de artillería pesaban lo mismo que pesaba yo en aquella época y mi cabo no tenía ningún tipo de empatía: lo tenía que cargar y ya. También en educación física, al principio íbamos todos al mismo ritmo, daba igual que acabaras de ser mamá. Sin embargo, eso hoy en día está muy protegido. Había desigualdad visible en algunos sectores, pero ha cambiado mucho.
¿Qué mensaje daría a una joven que esté pensando en seguir una carrera militar?
Primero que se informe, que pida consejo. Hay mil especialidades dentro del Ejército y hay hueco para todos. Que no se aventuren, que lo piensen, porque esto es un trabajo vocacional que tiene que nacer. Y que tengan paciencia porque todo va cambiando. Además, que tengan claro que hay muchas medidas de conciliación, pero que tienen que enfocar su carrera sabiendo que si España las necesita, tienen que estar disponibles. Todo lo que hagas tiene que tener el respaldo de tu gente de atrás.

