Durante años, antes del 11 de septiembre de 2001, un grupo de mujeres dentro de la CIA observó algo que la mayor parte de las instituciones de seguridad nacional estadounidenses no lograban ver: el surgimiento de Al Qaeda, la organización de Osama bin Laden, como una amenaza creciente y potencialmente catastrófica. Sus advertencias fueron persistentes, detalladas y, en última instancia, trágicamente proféticas, pero les costó mucho hacerse oír en una institución donde el poder y el prestigio seguían estando abrumadoramente en manos de los hombres.
La galardonada periodista y autora de éxitos de ventas del New York Times, Liza Mundy ha dedicado años a reconstruir esa historia oculta, rastreando a las mujeres cuya experiencia ayudó a dar forma al aparato de inteligencia estadounidense y cuyas advertencias pusieron de manifiesto las devastadoras consecuencias de ignorar las voces más cercanas a la amenaza. Su último libro,The Sisterhood: The Secret History of Women at the CIA, es todo un best seller en EE UU y ha sido elegido el mejor libro del año por el Foreign Policy Smithsonian. En este 25º aniversario del 11-S, en Artículo14 hablamos con Mundy sobre las mujeres que vieron venir el peligro, por qué sus advertencias no lograron desencadenar ninguna reacción y si realmente se han aprendido las lecciones tras el peor ataque terrorista en suelo estadounidense.

-¿Por qué no se tomaron lo suficientemente en serio las advertencias de las mujeres dentro de la CIA antes del 11-S, a pesar de que disponían de información importante sobre Al Qaeda, Bin Laden y la amenaza para Estados Unidos?
-Es una pregunta complicada. En parte tiene que ver con el género. Durante muchas décadas, la CIA fue una organización muy dominada por los hombres, en la que los puestos mejores y más prestigiosos solían estar reservados para ellos. Durante varias décadas, los puestos de trabajo más prestigiosos se encontraban en los ámbitos relacionados con la lucha contra el comunismo. Si trabajabas en la Unión Soviética, en Corea del Norte… esos eran puestos de trabajo prestigiosos. Antes del cambio de siglo, la lucha contra el terrorismo no era un campo especialmente prestigioso al que dedicarse.
Se habían producido algunos atentados terroristas contra estadounidenses en los años 80 y 90, por lo que era un campo que se estudiaba, pero solía ser un ámbito al que, en cierto modo, se canalizaba a las mujeres porque no era el lugar más deseable en el que estar. En parte por esto, había un grupo de mujeres que habían sido canalizadas hacia el análisis de grupos terroristas de todo el mundo. Y no eran solo mujeres, pero había muchísimas mujeres en ese departamento.
Estas mujeres habían sido testigos de secuestros de aviones y de terribles catástrofes en Oriente Medio en las que murieron civiles, familias y niños. Estaban muy preocupadas por ello y prestaban mucha atención a lo que suponía esta amenaza creciente. Una vez que cayó la Unión Soviética y la CIA se quedó un poco a la deriva -pues el comunismo ya no era la amenaza que había parecido ser durante tantos años-, la institución tuvo ciertas dificultades para encontrar una nueva razón de ser.
Había cierta incertidumbre. Se había perdido parte de la financiación porque el Congreso decía: “El comunismo ha terminado, así que, ¿por qué tenemos que daros más dinero?”. En ese contexto, había un grupo de mujeres que prestaban atención a los grupos terroristas y, en particular, a un hombre llamado Osama bin Laden y a un grupo de terroristas dispares que operaban en diferentes partes del mundo, pero que se comunicaban entre sí. Durante un tiempo, ni siquiera sabían cómo se llamaba.
Por supuesto, se llamaba Al Qaeda. Pero llevó un tiempo averiguarlo y comprender cuál era el tamaño del grupo, cómo se financiaba, cuáles eran sus intenciones y cuáles sus capacidades. Había otros grupos terroristas, como Hizbulá y Hamás, que contaban con el respaldo de países.
Pero la Al Qaeda que todo el mundo podía ver no estaba realmente respaldada por un Estado ni por un gobierno. A las instituciones de seguridad nacional de Washington les resultaba difícil tomarse en serio a un grupo que apenas tenía nombre, que no disponía de ningún ejército y que no contaba con el apoyo de ningún gobierno real.

En parte se trataba realmente de una cuestión de género. Eran mujeres que intentaban hacer oír su voz en una gran institución dominada por los hombres. En la CIA, si quieres publicar un informe de alerta o de amenaza -y gran parte de la información de inteligencia se transmite por escrito-, tienes que conseguir que muchísimas personas aprueben tu análisis o tu alerta. Y se trataba, en su mayoría, de mujeres de rangos inferiores, que tenían que recorrer literalmente todo el edificio. Cindy Storer guardaba unas zapatillas en su escritorio. Y tenían que intentar conseguir el visto bueno de analistas que trabajaban en diversas partes del mundo. Ahora hemos visto mucha literatura sociológica y libros como Lean In que muestran que, en las grandes burocracias, las mujeres, durante muchos, muchos años -y, en cierta medida, todavía hoy-, pueden tener dificultades para que se escuche su voz y se tomen en serio sus ideas.
Estas son solo algunas de las razones por las que no se prestó la atención adecuada a las advertencias de las mujeres. Empezaron a advertir sobre el 11-S o sobre Al Qaeda a principios de la década de 1990. Y pasaron muchos años hasta que se las tomara en serio dentro de la CIA.
Al final, se les tomó en serio dentro de la CIA, pero luego a la agencia le costó que se la tomara en serio en Washington, sobre todo teniendo en cuenta que una administración presidencial estaba dando paso a otra. Era el periodo de transición entre la presidencia de Bill Clinton y la de George Bush, y hubo un momento de confusión en el que no estaba claro quién había ganado las elecciones. Todos estos factores influyeron en que no hubiera suficientes personas que reconocieran la señal entre el ruido a la que las mujeres llevaban prestando atención desde hacía bastante tiempo.
– ¿Qué pasó con las carreras profesionales de estas mujeres (Cindy Storer, Barbara Sude y Gina Bennett) tras el 11-S? ¿Se les reconoció su labor, se les ascendió… o siguieron enfrentándose a los mismos obstáculos? ¿Alguien les pidió perdón por no haberles hecho caso tras el fatídico atentado?
– Ojalá fuera así, pero, de hecho, se trataba de un grupo muy reducido de analistas antiterroristas y lo que tuvieron que hacer inmediatamente después del 11-S fue intentar evitar un segundo atentado. Tenían que lidiar con el dolor, la culpa, la conmoción y el miedo. Estaban trabajando dentro del edificio el 11-S y el equipo antiterrorista fue uno de los únicos que tuvo que permanecer en el edificio en un momento en el que pensaban que el cuarto avión podría dirigirse precisamente hacia la propia CIA. Tenían que lidiar con todo tipo de emociones humanas naturales, además de sentir culpa -algunos dirían que una culpa infundada-, pero también estaban desesperadamente decididos a evitar una segunda amenaza. Y, como puedes imaginar, les llovían amenazas y advertencias por todas partes, y todo el mundo en el país, prácticamente en cada rincón, en cada ciudad, estaba convencido de que eran un objetivo, de que podían ser potencialmente el blanco del siguiente atentado.
Así que, en realidad, los días y meses posteriores al 11-S fueron un período agotador en el que simplemente se intentaba garantizar que no se produjera otro ataque. En cierta medida, esto se prolongó durante años y años. Luego, las mujeres fueron sometidas a las inevitables entrevistas e interrogatorios del Congreso y de otras instancias sobre lo ocurrido, y los medios de comunicación, así como las instituciones de seguridad nacional y el Congreso con su capacidad de supervisión, intentaban ponerse al día y averiguar qué había sucedido.
Las mujeres fueron citadas para someterse a largos y, en ocasiones, bastante hostiles interrogatorios, como si, de alguna manera, fuera culpa suya que la amenaza no se hubiera detectado y abordado a tiempo. Fue una experiencia muy traumática para ellas tras el atentado, tanto como ciudadanas estadounidenses como funcionarias públicas que intentaban evitar otro atentado. Precisamente aquellas personas que llevaban tanto tiempo llamando la atención y advirtiendo se vieron sometidas a interrogatorios muy estresantes sobre por qué no habían hecho aún más.
Solo recientemente han empezado a recibir cierto reconocimiento por haber trabajado tan duro para llamar la atención sobre esta amenaza y hacerle frente.
-¿Cómo cambió (o no cambió) la cultura de la CIA hacia las mujeres tras el 11-S?
-Tras el 11-S, diría que la CIA acabó reconociendo que ese tipo de analistas de base, que prestaban mucha atención a determinados grupos y amenazas, realmente necesitaban tener un lugar en la mesa, que se les escuchara y que no se desestimaran sus opiniones. Creo que hubo un intento por aprovechar la experiencia de estos analistas de base. Y surgió un nuevo tipo de trabajo tras el 11-S denominado “selección de objetivos”.

Al Qaeda se dispersó por todo el mundo. No se logró localizar a ciertas figuras clave, entre ellas Osama bin Laden. Y empezó a desarrollarse esta línea de trabajo -que ya existía, pero que no gozaba de mucho prestigio- y que consistía precisamente en identificar a personas concretas, averiguar dónde se encontraban, con quién se comunicaban y cómo localizarlas.
Ese solía ser un campo al que, de nuevo, las mujeres habían sido, en cierto modo, canalizadas antes del 11-S. Ahora se convirtió en un conjunto de habilidades mucho más reconocido e importante. Para entonces, obviamente, fue una década muy difícil con algunos períodos oscuros en la historia de la CIA: la tortura de los «interrogatorios mejorados», como los llamaban, a ciertos terroristas capturados para obtener información con el objetivo de prevenir un atentado.
Ese fue uno de los períodos más oscuros y polémicos de la agencia. Pero cuando llegó el momento de reanudar la búsqueda de Osama bin Laden, fue un grupo -una vez más, compuesto en su mayoría por mujeres- de analistas de objetivos quienes trabajaron con implacable paciencia en este objetivo de alto valor, como lo llamaban, “el High-Value Target número uno”, y averiguaron quiénes eran sus contactos, sus amigos, familiares y colegas; con quién se comunicaba, con quién mantenía relaciones y cuáles de estas personas podían ser identificadas, localizadas o rastreadas. Hicieron, podría decirse, aquello en lo que las mujeres destacan: centrarse en las relaciones, las relaciones humanas; porque para entonces ya disponían de tecnologías de comunicación muy, muy buenas -mucho mejores- y de la capacidad de rastrear las comunicaciones por Internet y por teléfono móvil.
Si Osama bin Laden no utilizaba un ordenador ni un teléfono móvil, no podían localizarlo electrónica o digitalmente, pero sí podían rastrear a las personas con las que se relacionaba. Tenían que averiguar con quién se relacionaba. Tuvieron que revisar información antigua, en algunos casos de hace una década, y analizarla de nuevo, con nuevas y potentes herramientas para detectar patrones, patrones de comunicación.

Mientras lo hacían, se centraron en el mensajero que le llevaba la información. Así fue como un equipo comenzó a rastrear al mensajero para seguirle hasta este complejo en Abbottabad, donde las imágenes aéreas mostraban que había varias personas viviendo en el recinto, quizá varias familias, y que había alguien a quien llamaban “el que pasea”, una figura alta a la que se veía caminando de un lado a otro, pero no había forma de saber con certeza que se tratara de Bin Laden. El grupo de personas -en algunos casos, de muy alto rango- que analizaba las imágenes, una de las cosas que observaron, y que las mujeres en particular notaron, fue la ropa tendida en el tendedero.
Al fijarse en la ropa tendida y prestarle atención, se dieron cuenta de que había niños y varias familias en ese complejo. Cuando se tomó la decisión de enviar al equipo de Navy SEALs para capturar o eliminar a Bin Laden, el grupo de analistas de objetivos había trazado con precisión la ubicación de las esposas y los niños, una vez más, con el fin de minimizar las bajas civiles. Y uno de los Navy SEALs que finalmente escribió un libro sobre la operación se maravilló de lo precisos que eran los mapas que habían elaborado los analistas de objetivos, que no solo mostraban dónde era probable que se encontrara Osama Bin Laden, sino también dónde estaban las mujeres y los niños.
La cultura cambió en el sentido de prestar realmente atención a, en lugar de convocar a directivos y altos cargos a reuniones, convocar a las personas con un conocimiento realmente detallado y analítico de los nombres, las historias, las relaciones y las ubicaciones.
-Me recordó, a las mujeres soldado que eran “los ojos de Israel en la frontera con Gaza”, cuyas advertencias sobre Hamás nunca se tuvieron en cuenta. Estaban convencidas de que Hamás estaba tramando algo importante… ¿Dejará la gente alguna vez de subestimar a las mujeres en sectores como la inteligencia, la seguridad y el ejército?
-Es realmente un ejemplo de cómo la historia se repite. La respuesta a tu pregunta es sí, hay muchas similitudes, ya que se trataba de mujeres de rango inferior que eran soldados del ejército israelí y cuya función consistía básicamente en vigilar esas cámaras que apuntaban hacia la frontera. Y podían ver los ejercicios de entrenamiento que llevaba a cabo Hamás y se daban cuenta de que se trataba de ejercicios serios de preparación para un ataque.

Una vez más, eran mujeres jóvenes que se esforzaron muchísimo por advertir a sus superiores de lo que estaban viendo. Su trabajo requería mucha paciencia para vigilar esas cámaras de seguridad y mantenerlas en funcionamiento las 24 horas del día. Hicieron su trabajo con mucha perseverancia y diligencia. Este es un claro ejemplo de auténtico sexismo, porque a una de las mujeres le dijeron, básicamente, que se callara y se quedara quieta. Ni siquiera es tu trabajo analizar estos datos. Y a otra le dijeron: “Las mujeres no son buenas para este tipo de cosas”.
De hecho, hubo, por separado pero en relación con esto, una analista de alto rango que, una vez más, se esforzó muchísimo para que sus compañeros se tomaran en serio esta actividad. Una vez más, la ignoraron y la acallaron. Así que cuando preguntas, ¿llegará algún día el momento en que se tome en serio a las mujeres y no se las subestime? No sé qué decir. Habría pensado que, tras 2001, habría un reconocimiento generalizado de que las voces de los expertos suelen proceder de las personas más cercanas al análisis y al material. Y simplemente no estoy segura de que sea cierto. Y, por supuesto, en EE UU, en estos momentos, estamos asistiendo a esta ofensiva contra la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI) y al despido de muchas mujeres en el Ejército.
A veces da la sensación de que estamos retrocediendo. Realmente es un reto al que hay que enfrentarse constantemente. Sinceramente, a estas alturas, no sé cuándo lo conseguiremos. Tengo la esperanza de que lo lograremos. Hay muchas mujeres en el Congreso de Estados Unidos, muchas que han servido en el Ejército, mujeres que han trabajado en la CIA y que ocupan puestos de poder en nuestro Gobierno. La agente de la CIA Abigail Spanberger es ahora gobernadora de Virginia tras haber sido diputada en el Congreso. Hay muchas mujeres veteranas que ahora ocupan puestos de poder político. Soy optimista y creo que no volveremos por completo a subestimar a las mujeres y a silenciarlas. Pero está claro que seguirá siendo un reto en el que tendremos que seguir avanzando.
-¿Por qué quisiste escribir un libro como The Sisterhood: The Secret History of Women at the CIA (La hermandad: La historia secreta de las mujeres en la CIA)? Antes de empezar la investigación y realizar más de 100 entrevistas, ¿pensaba que había tanto sexismo dentro de la CIA como para que se ignoraran ciertas alertas de seguridad nacional?
-¿Con mi libro anterior, Code Girls, llegué a comprender realmente que la Segunda Guerra Mundial fue el periodo en el que Estados Unidos se vio obligado a crear rápidamente un sistema de inteligencia. Antes de la Segunda Guerra Mundial, no teníamos realmente ninguna capacidad para descifrar códigos. Eso se conoce como inteligencia de señales. No teníamos mucha capacidad de espionaje ni para analizar informes de inteligencia. Y el país, tras la conmoción de Pearl Harbor, necesitaba realmente reforzar sus agencias de inteligencia de la noche a la mañana. Como los hombres estaban luchando, hubo muchísimas mujeres que desempeñaron un papel fundamental a la hora de sentar las bases de lo que se convertiría en nuestra comunidad de inteligencia nacional y moderna.

En la actualidad hay 18 agencias de inteligencia en Washington, D.C. La Fuerza Espacial es la más reciente. En la Segunda Guerra Mundial no teníamos ninguna de estas agencias. No teníamos la CIA ni la NSA. No teníamos un director de inteligencia nacional. Tuvimos que crear todo eso desde cero. Sabía que las mujeres habían estado ahí desde el principio. También sabía que, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, hubo un esfuerzo concertado por parte del Gobierno para expulsarlas del mundo laboral, para expulsar a las mujeres de prácticamente todos los puestos de trabajo a los que habían accedido durante la guerra. Y eso incluía fábricas, oficinas y otros ámbitos, y por supuesto, las agencias gubernamentales.
Hubo un intento de, por así decirlo, volver a meter al genio en la lámpara. Y, literalmente, había noticiarios que decían a las mujeres: «Es hora de volver a casa y dejar los puestos de trabajo a los hombres, a los soldados que regresaban». Y muchas mujeres abandonaron el mundo laboral.
Pero había mujeres a las que les encantaba este trabajo, a las que les encantaba el espionaje, el análisis de inteligencia o el descifrado de códigos. Y querían seguir haciendo este mismo trabajo durante la Guerra Fría. Y me interesaban mucho los sacrificios que estas mujeres hicieron para poder desempeñar su labor.
Casi inevitablemente, si se les permitía seguir haciéndolo en los años 50, 60 y 70, estas mujeres no podían formar una familia. No podían casarse. No podían tener hijos. En el Departamento de Estado de EE UU, si te casabas, básicamente te obligaban a dimitir. Era algo que acababa con tu carrera profesional. Por eso, muchas de las mujeres que se dedicaban a este tipo de trabajo se vieron obligadas a renunciar a tener una relación de por vida o a tener hijos.
Empecé a hablar con mujeres que habían trabajado durante ese periodo y sus experiencias eran fascinantes. Sus contribuciones fueron significativas. Los obstáculos con los que se topaban, la discriminación a la que se enfrentaban y el acoso sexual que sufrían en su propio lugar de trabajo eran sencillamente indignantes y exasperantes.
Las mujeres con las que hablé me causaron una gran impresión. Además, antes de empezar a escribir el libro, había oído hablar de un grupo de analistas mujeres que habían estado advirtiendo sobre las intenciones y capacidades de Al Qaeda. Sabía que existía un grupo compuesto en su mayoría por mujeres e intentaba comprender por qué no se les había hecho caso. Realmente fue necesario realizar todas estas entrevistas y comprender la historia de la CIA y lo dominada por los hombres que había estado durante tanto tiempo, porque los puestos de alto nivel en la CIA son puestos fantásticos. Son trabajos realmente divertidos. El trabajo secreto y encubierto de actuar por todo el mundo, tener una identidad secreta y clandestina, conocer a gente, conseguir que revelen secretos, persuadirles para que los revelen y, a continuación, transmitir información vital al presidente de Estados Unidos. Es un trabajo realmente apasionante e impactante. En realidad, fueron los hombres quienes quisieron guardárselo para sí mismos. Así que, al final, para poder entender por qué no se hacía caso a las analistas que investigaban a Al Qaeda, tuve que comprender bien lo que había sucedido anteriormente y el tipo de institución y burocracia en la que trabajaban. Eso explica en parte por qué el libro se convirtió en una especie de saga multigeneracional. Pero disfruté mucho hablando con ellas.

Yo misma viví el 11-S. Estaba en Washington, D.C. Nuestros vecinos tenían a sus hijos en la guardería del Pentágono. Y estaban bien. Pero aquí en la capital todo el mundo rememora la conmoción de aquel día. Sé que todo el mundo en todo el mundo se acuerda y recuerda el miedo que todos sentíamos después de que ocurriera, ante la posibilidad de que hubiera otro atentado. Yo había experimentado de forma muy vívida, aunque solo fuera a nivel personal, las consecuencias de no tomarse en serio esas advertencias. Y quería entender mejor por qué había ocurrido.
-En este sentido, ¿escribir sobre ello y sacarlo a la luz ha tenido consecuencias personales?
-Lo entiendo mejor. Al recordar yo misma el 11-S, comprendo mucho mejor cómo se fue gestando la amenaza, durante al menos una década, y que había unas funcionarias públicas realmente muy decididas y muy trabajadoras que intentaban llegar al fondo del asunto y, de verdad intentaban proteger al pueblo estadounidense. Personalmente, sentí que tenía una comprensión mucho más completa de las fuerzas que estaban en juego y que condujeron a ese terrible día que todos vivimos.

