Hay una forma de solidaridad que exige bastante poco: elegir una causa noble y repartir entre los demás el esfuerzo de defenderla. Tú pones la pancarta. El comerciante, las pérdidas. El vecino, la paciencia y el servicio de limpieza ya se encarga del resto.
La acampada de Sol ha terminado siendo una buena ilustración de ese reparto.
Empezó con el problema de la vivienda, una preocupación que compartimos muchas personas que jamás hemos sentido la necesidad de instalar una Quechua delante del Tío Pepe. Pero compartir una preocupación no obliga a aplaudir cualquier cosa que se haga en su nombre. Y mucho menos a aceptar que quienes se atribuyen la representación del pueblo puedan desentenderse del pueblo que tienen al lado.
Porque alrededor del campamento también había gente intentando llegar a fin de mes. Comerciantes que pagaban alquileres. Dependientes con nóminas. Personas cuyo casero, presumiblemente, no aceptaba como forma de pago haber contribuido involuntariamente a una experiencia de transformación colectiva.
RTVE recogió testimonios de negocios que denunciaban caídas de ventas de entre el 30 % y el 70 %. Un trabajador explicó que habían tenido que prescindir de un compañero. Ese compañero también necesitaba un sueldo para pagar su vivienda. Una pequeña complicación para quienes habían decidido defender a los trabajadores ocupándoles la puerta del trabajo.
La respuesta de uno de los acampados, recogida en el mismo reportaje, merece enmarcarse: «Es algo que está ocurriendo y que tienen que aceptar».
Tienen que aceptar.
Qué fácil resulta repartir sacrificios cuando te reservas el papel de dar instrucciones. El comerciante no había votado a favor de nada, pero le había tocado financiar sus consecuencias.
Para participar personalmente en la “acampada”, en cambio, parecía haber más flexibilidad. A finales de octubre, Carlos Quílez recorrió el campamento para Antena 3 y constató que gran parte de las tiendas estaban vacías. Los participantes hablaban de rotación y explicaban que algunas se reasignaban a personas sin hogar que llegaban por la noche.
El respaldo podía ir y venir; la ocupación del espacio público permanecía. La tienda se quedaba de manifestante suplente. Una Quechua tiene esa ventaja sobre el militante: aguanta la lluvia, ocupa sitio y jamás discrepa.
A los vecinos y comerciantes se les exigía comprensión con aquella ocupación. Una exigencia que contrasta bastante con los reparos para solidarizarse con los vecinos de Ceuta, que también reclamaban recuperar la normalidad de sus calles y espacios públicos.
Un asistente a la protesta de Sol explicó a El País que apoyaba a los ciudadanos ceutíes, pero que no había acudido a las concentraciones porque ciertos partidos se habían apropiado del discurso.
Ahí aparecía la letra pequeña de tanta fraternidad. Para pedir comprensión a los demás, bastaba con tener un problema. Para ofrecérsela, había que revisar primero la convocatoria. No fuera uno a preocuparse por alguien en compañía de una persona que votase mal.
El comerciante de Sol tenía que aceptar una protesta que perjudicaba su negocio, aunque no compartiera sus planteamientos. El manifestante, en cambio, podía quedarse en casa porque no compartía las compañías de otra protesta. Sus reservas ideológicas merecían todas las consideraciones. Las pérdidas del de enfrente eran algo que tenía que aceptar.
Una solidaridad estupenda: obligatoria cuando la recibes, sujeta a condiciones cuando te toca darla.
Con ese reparto de responsabilidades, el desenlace de la acampada resultó bastante coherente. Tras el desalojo, unos cincuenta operarios municipales, camiones y excavadoras retiraron tiendas, lonas y enseres. Trabajadores del SELUR, equipados con protección individual, limpiaron y desinfectaron la plaza.
Después de tantas semanas hablando de cuidados, hubo que mandar a gente a recoger.
Y ahí estaban algunos de esos trabajadores en cuyo nombre se pronuncian tantos discursos. Con guantes, herramientas y un turno que cumplir. Ocupándose de las consecuencias de una revolución que ya les había dejado el trabajo encargado.
Eso es lo que me irrita de estos progres de boquilla: su extraordinaria capacidad para convertir las obligaciones propias en responsabilidades colectivas. La causa es suya; las molestias, de todos. El mérito se lo apuntan; la factura se reparte.
Lo cómodo de esta solidaridad es que siempre encuentra trabajo para otro. Al comerciante le pide sacrificio; al vecino, comprensión; al operario, que recoja. Cuando toca corresponder, en cambio, hay que mirar quién convoca, quién asiste y si la causa encaja con la propia ideología.
Así cualquiera acaba con la conciencia limpísima. La plaza ya la limpia otro.

