El mantra de la izquierda es que cualquier pacto del PP con Vox es un peligro. El de la derecha es que hay que echar a Pedro Sánchez de La Moncloa porque todo lo que le rodea es corrupción.
Si hoy hubiese elecciones, este sería el argumentario. Si se convocasen dentro de un año, igual. No importa la fecha, no va a cambiar nada. Es lo que escucharán los ciudadanos durante la campaña.
La verdad es que nos lo ponen muy difícil. Hay que elegir entre susto y muerte. Que cada uno decida en qué lugar sitúa su opción.
Por un lado, se encuentra el PSOE con varios frentes judiciales abiertos. Para empezar, la investigación que afecta al entorno del jefe del Ejecutivo, con su mujer y su hermano en el foco. También está la que protagoniza José Luis Rodríguez Zapatero que, aunque lo defiendan, ha generado dudas y eso basta para hacer tambalear al mito. A esto se suma la trama que cerca al partido con Santos Cerdán y Leire Díez a la cabeza y la que se acaba de resolver con una sentencia condenatoria de más de 24 años para el exministro José Luis Ábalos.
Los escándalos se suceden, pero aquí no pasa nada. Ni ceses ni dimisiones. En las filas socialistas se comen todo lo que aparece en las noticias y observan con espanto las ramificaciones de estas cuatro causas y otras nuevas que van surgiendo con más imputados. Como hacía en su día el PP, todo pasa por presentarse ante la opinión pública como víctimas de una campaña de acoso y derribo. No cuela.
Por otro, está el Partido Popular que visto lo visto sólo puede gobernar si llega a un acuerdo con la formación de Santiago Abascal. Se ha comprobado en Extremadura, en Aragón, en Castilla y León y ahora, para rematar, en Andalucía. Sus dirigentes han tenido que aceptar en todos los sitios medidas de rechazo a la inmigración y la dichosa ‘prioridad nacional’. De esta forma se defiende que los españoles tengan preferencia frente a los extranjeros a la hora de acceder a recursos públicos.
No es algo nuevo, el concepto apareció en la década de los 80 de la mano del Frente Nacional liderado por Jean-Marie Le Pen. Para Vox es “un principio político y moral basado en el sentido común” y así lo acaba de asumir Juan Manuel Moreno. No quería bajo ningún concepto, pero finalmente ha terminado tragándose sus palabras. La hemeroteca es muy mala y todo el mundo se lo echa en cara. Y es verdad que ha tomado posesión del cargo y ha evitado una repetición electoral, pero el precio a pagar es muy alto: con su decisión ha perdido toda pátina de moderación.
Visto así uno se da cuenta de que el centro no existe y que los ultras van extendiendo sus tentáculos, ocupando vicepresidencias y enarbolando sus banderas. Es un ensayo general para lo que puede suceder en el futuro si le llega el turno a Alberto Núñez Feijóo. Con los postulados ideológicos que se van a aplicar en los territorios ya tienen esbozado incluso su programa de gobierno. Están condenados a entenderse.
Esto es lo que hay. Creen que con el verano o el fútbol nos van a entretener, pero sabemos que el bipartidismo no convence y que las formaciones minoritarias se diluyen. No hay oferta que guste realmente. Cada político debe digerir lo que tiene en su casa y los demás vamos a tener que taparnos la nariz para ir a votar. Ya no es que haya una tercera España que no comulga con extremismos sean del bando que sean, tal y como decía Manuel Chaves Nogales en el prólogo de ‘A sangre y fuego’. Lo que hay ahora es una sociedad huérfana. Los partidos tienen sus ideales y soluciones, pero muchos no coinciden con los nuestros. No queremos deshonestidad o fascismo. Sólo iniciativas eficaces, debates de altura y partidos dignos. Es mucho pedir.

