A Lena Dunham siempre se le vio el plumero. Es una suerte poder escribir sobre ello sin que venga ningún emisario a afearme la conducta como pasa cuando hablo –con mucha suavidad– de algunos personajes televisivos que se soliviantan cual gorgonas si te refieres a ellos en términos reduccionistas por debajo de “icono” (por citar a Rosalía, que gusta mucho). Ningún amigo, pariente, o familiar de la Dunham va a recalar en mis opiniones sobre la popular creadora y mujer hecha a sí misma.
Lena Dunham se hizo conocida con su primera película. Tiny Furniture fue un más que reseñable debut. La película fue editada en DVD por el mejor sello de Cine del mundo, que por si no lo saben es Criterion Collection (aunque también les recomiendo echarle un ojo a Deaf Cocrodile y Severin Films si son ustedes aficionados al café para los muy cafeteros). Criterion en aquella época sacaba principalmente películas ya dentro del canon cinematográfico, sin importar país, presupuesto o género. Si una película está en Criterion es porque es buena. Dos años después, Dunham escribió, dirigió, y protagonizó Girls, expansión de su universo personal. Si Star Trek tiene humanos, vulcanianos, klingons, y romulianos, el mundo de Lena Dunham tiene estudiantes de la NYU, diseñadores gráficos, aspirantes a cineasta, publicistas y terapeutas. Unos viven aventuras en el espacio y otros en Nueva York. No aguanté Girls más allá de un par de capítulos. Lena Dunham ya me resultaba cargante entonces. Me decían que no tiene prejuicios a la hora de mostrarse como es, pero yo creo que es pura desconexión de la realidad. Y el reciente reportaje de Vogue sobre su “maternidad” corrobora mis sospechas: es una pedorra, y eso siendo generosos.
Dunham es de esos personajes que en entrevista dejan claro que no tienen ningún amigo que no se dedique a lo mismo que ellos. Dunham sufrió una endometriosis severa por la que tuvo que ser sometida a una histerectomía. Doloroso y triste, máxime para una mujer que desee fervientemente ser madre. He conocido a varias mujeres que no pudieron ser madres (todos las hemos conocido) y siempre hablaban de la maternidad con añoranza y resignación. Pero no se planteaban la terrorífica idea de alquilar a otra mujer para tal fin. Dudo que a Lena Dunham (considerada feminista por gente un tanto desubicada) esto le haya planteado ningún problema ético; la imagino –como siempre refleja en su obra y en sus entrevistas– completamente concentrada en su propio dolor, su propia vivencia. Concenteada en su ombligo, vaya. Su serie, consabidadamente autobiográfica, ya reflejaba las cuitas de una irritante larva burguesa inmensa en el mundo del artisteo neoyorquino, y el mundo del arte casi siempre sale de la última generación del linaje de alguna profesión liberal asentada en los últimos trescientos años. Si eso se hace cuesta arriba en Barcelona, en Nueva York tiene que ser insoportable.
El texto que Dunham ha escrito para Vogue (ese en el que cuenta su experiencia de venta) redunda involuntariamente en la idea de que la importante ahí es ella. La impagable escena del parto parece sacada de alguna película de los inicios del gore: Lena se sienta en en una silla en el paritorio (quizás estorbando al personal sanitario), delante del dilatado y sangrante potorro (perdón por el lenguaje) de la señora gestante. Lena se emociona contemplando el milagro de la vida manifestado en otra mujer “a la que hace un año ni siquiera conocía”. La propia Lena nos cuenta cómo se ha dedicado a comprarle ropa de marca a ese bebé que le fue entregado en mano nada más nacer. La señora gestante, es decir, la madre, no llegó a abrazar al fruto de su vientre. Punto de sutura, analgésicos, transferencia, y para casa. Me encantaría saber si el servicio de tendido 1 zona sombra se paga aparte o si entra por defecto dentro del pack de la experiencia.
La frivolidad con la que hablan los clientes de este tipo de servicios no deja de asombrarme. He leído textos en los que los detractores de la maternidad subrogada se preguntan que qué va a pasar con esos niños cuando crezcan, y si se van a preguntar dónde están sus madres. Ni pruebas ni dudas de que no van a preguntarse nunca nada, porque habrán sido educados en el egoísmo, en el propio deseo como única ley. Tenía razón Anton La Vey cuando dijo que es dificil ser maligno cuando el mundo entero se ha ido al infierno. Esto de parir se va quedando para los pobres, como lo de estar gordo o tener la nariz grande.

