Opinión

Cuando el Papa le habla al mercado

l Papa León XIV en la firma de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, 15 de mayo de 2026.
l Papa León XIV en la firma de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, 15 de mayo de 2026.
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Hay momentos en que una voz inesperada interrumpe el ruido y obliga a detenerse. El 25 de mayo el Papa León XIV publicaba Magnifica Humanitas, su primera encíclica. Un documento de 45.000 palabras sobre inteligencia artificial, dignidad humana y el orden mundial. Y aunque muchos lo leyeron como un texto religioso, León XIV lo construyó también como una advertencia sobre la lógica con la que hoy se desarrolla la inteligencia artificial, una lógica que, sin corrección, nos conduce hacia un lugar que no querremos habitar.

Resulta difícil no percibir cierta tensión entre el momento en que llega este mensaje y el mundo que lo recibe. León XIV pide multilateralismo cuando el multilateralismo atraviesa quizás su período de mayor fragilidad en décadas. Reclama marcos éticos compartidos cuando los países tienden a replegarse sobre su soberanía digital, industrial, energética y militar. Llama a proteger la dignidad humana en un mundo donde la guerra ha recuperado una centralidad que muchos preferiríamos no reconocer.

Los conflictos armados operan también como motores económicos, como escaparates donde se prueban y exportan tecnologías, como demostraciones de poder que otorgan a quien las protagoniza una posición más sólida en la mesa donde se negocia el orden siguiente. Lo que emerge no es necesariamente caos, sino algo quizás más inquietante: un orden más frío y más calculado, donde los activos duros (recursos naturales, metales, chips, datos, capacidad militar, control de infraestructuras críticas…) parecen haberse convertido en el lenguaje predominante de la negociación internacional. Un mundo donde los valores no han desaparecido, pero se movilizan según convenga y se abandonan cuando incomodan.

Más allá de lo religioso

Una imagen simbólica de la IA.
Articulo14.

Es precisamente en ese contexto donde la encíclica adquiere una dimensión que va más allá de lo religioso, porque nombra con precisión lo que el sistema prefiere no nombrar. Que la inteligencia artificial no es neutral, que asume los valores de quienes la construyen y financian. Que su desarrollo está siendo capturado por una lógica de competencia sin reglas donde el que llega primero gana y las consecuencias para el resto se externalizan.

Que un número reducido de empresas controla hoy la infraestructura cognitiva del planeta con una supervisión democrática que muchos considerarían insuficiente. Que los algoritmos ya no solo optimizan procesos, sino que seleccionan objetivos militares, moldean opiniones y condicionan quién accede a qué oportunidades. Todavía no existe, en ningún foro internacional, un acuerdo claro sobre qué está permitido y qué no. Por eso León XIV no habla solo de regular la IA sino de desarmarla, de sustraerla a la lógica de la carrera antes de que esa lógica se vuelva difícil de revertir.

Lo verdaderamente perturbador, sin embargo, no es solo lo que la encíclica denuncia. Es lo que revela sobre la naturaleza de la autoridad en el mundo actual. Pocas voces con ese alcance global pueden permitirse pedir que se reoriente esta carrera sin tener un interés económico directo en su resultado. Quienes podrían hacerlo son también quienes carecen hoy de mecanismos para forzar que ocurra. Su autoridad es puramente moral en un momento histórico en que la autoridad moral está dejando de ser moneda de cambio en las negociaciones que importan. Esa paradoja no es un detalle menor, sino la que define exactamente el vacío de gobernanza en el que la inteligencia artificial se está desarrollando.

Perspectiva inversora

Desde una perspectiva inversora, la pregunta relevante es si los mercados han incorporado algo de esto en sus valoraciones. Probablemente no, o no de forma suficiente. No porque los analistas sean ciegos, sino porque los mercados son buenos valorando ciclos y menos hábiles valorando rupturas. Han cotizado el rearme europeo, el oligopolio de IA, los contratos del Pentágono. Pero la acumulación de tensiones que este documento describe (tecnológicas, militares, sociales) podría producir una reordenación no gradual sino disruptiva.

Las empresas cuyas valoraciones descuentan décadas de dominio continuo son quizás las más expuestas a ese escenario, no porque su negocio sea frágil, sino porque el precio de hoy asume implícitamente que nada significativo va a interrumpir esa historia. La historia, en momentos como este, tiene la costumbre de interrumpirse.

Un cambio en marcha

No es la primera vez que una encíclica llega tarde a un mundo que ya se ha puesto en marcha. Cuando León XIII escribió Rerum Novarum en 1891, la Revolución Industrial llevaba décadas transformando el mundo. Los mercados funcionaban. El capital se acumulaba. Algo se estaba acumulando bajo la superficie que los precios no veían. Treinta años después, ese algo produjo revoluciones, guerras y un profundo reordenamiento del orden global. No se trata de trazar una equivalencia directa. Se trata de reconocer un patrón: que los sistemas que ignoran sus propias tensiones de fondo no las evitan, las difieren. Y cuando llegan, llegan con intereses.

León XIV no le habla al mercado. Le habla a la humanidad, con el lenguaje de quien todavía cree que es posible elegir. Pero su encíclica llega en un momento profundamente paradójico: cuando el mundo parece moverse en la dirección contraria a lo que este documento reclama, cuando la carrera alcanza su punto de mayor aceleración y cuando la distancia entre lo que se construye y lo que se reflexiona rara vez ha sido tan grande.

Los inversores que solo leen balances se pierden la mitad del cuadro. La otra mitad, a veces, está escrita en documentos como este.

Claudia Casco, Portfolio manager de Miralta AM.