La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, ha irrumpido en el debate internacional mucho más allá de los límites habituales del discurso religioso. El documento, centrado en la inteligencia artificial, la revolución digital y sus consecuencias sociales, propone una lectura moral y antropológica del desarrollo tecnológico desde la doctrina social de la Iglesia, recuperando la tradición de León XIII y su respuesta a la revolución industrial en Rerum novarum.
El sacerdote y teólogo Javier María Prades, miembro de la Comisión Teológica Internacional, ha interpretado precisamente la elección del nombre papal como una declaración de intenciones. “León XIV quiere afrontar la revolución digital como León XIII afrontó la revolución industrial”, explica. Para Prades, la encíclica evita tanto el entusiasmo ingenuo por la tecnología como una condena moral simplista. “No basta con poner pegas desde fuera”, sostiene. El desafío consiste en acompañar humanamente a quienes están desarrollando esas herramientas.
Ese acompañamiento atraviesa buena parte del documento. Magnifica humanitas no demoniza la inteligencia artificial, pero insiste constantemente en una idea: la inteligencia humana no puede reducirse a cálculo, datos o procesamiento de información. Prades subraya uno de los conceptos centrales de la encíclica, la “intelección”, definida desde el latín intus legere, “leer dentro”. La máquina puede calcular más rápido que el ser humano; no significa que comprenda.

La encíclica insiste además en la dimensión afectiva y corporal de la inteligencia humana. “Todos nosotros tenemos una raíz afectiva en el entendimiento”, recuerda Prades al comentar el texto pontificio. De ahí también una de las frases más citadas tras su publicación: “No hay ser humano solo con algoritmo”. Para el teólogo, el auge de asistentes virtuales y tecnologías capaces de simular empatía demuestra precisamente el vacío que intentan suplir. “Por eso estas máquinas tienen que fingir afecto”, afirma.
El documento ha generado interés también fuera del ámbito eclesial. El filósofo Santiago Alba Rico interpreta la encíclica como una respuesta directa a la “encrucijada civilizacional” abierta por la inteligencia artificial y el nuevo capitalismo tecnológico. A su juicio, León XIV identifica el verdadero conflicto contemporáneo: la tensión entre humanidad y posthumanidad. Alba Rico considera especialmente relevante que el Papa se distancie tanto del tecnocratismo digital como de ciertos humanismos conservadores ligados al capitalismo reaccionario.
La teóloga Antonina Wozna ha puesto el foco en otro dato revelador del texto: mientras el término “inteligencia” aparece apenas unas decenas de veces, la palabra “persona” supera ampliamente el millar de menciones. El centro del documento no es la tecnología, sino la dignidad humana. Wozna interpreta la encíclica como una actualización ambiciosa de la doctrina social de la Iglesia para la era digital, especialmente en cuestiones relacionadas con el trabajo, la precariedad y las desigualdades tecnológicas.

Esa dimensión social resulta fundamental. León XIV advierte del impacto que la automatización y la inteligencia artificial pueden tener sobre el empleo, los salarios y las economías locales. Así, la encíclica vuelve a colocar el trabajo humano en el centro de la cuestión social. El Papa alerta de una “reducción significativa y rápida de puestos de trabajo” y denuncia el crecimiento de nuevas formas de precariedad mientras una minoría hiperespecializada concentra beneficios y poder.
El texto propone incluso un “nuevo pacto social” internacional capaz de regular los cambios tecnológicos. León XIV reclama la colaboración entre responsables políticos, sindicatos, empresas y comunidad científica para construir mecanismos de protección frente a la nueva revolución industrial digital.
La encíclica aparece así como uno de los documentos más ambiciosos publicados por la Iglesia católica sobre inteligencia artificial hasta la fecha. No plantea únicamente un problema técnico o moral. Plantea una cuestión antropológica: qué significa seguir siendo humanos en una época fascinada por la posibilidad de sustituir parte de lo humano por sistemas automáticos, predictivos y aparentemente perfectos.

