Opinión

Cuando la moda se convierte en atrezo

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Pues sí. Hoy y por primera vez me sumo públicamente (como diseñador no me queda otra) a la crítica a una campaña que jamás debería haber existido. Al menos no así, no de estas formas, no sin contar con el sector, ya que luego pasa lo que pasa: campañas que nacen para comunicar una idea y que, sin pretenderlo, terminan comunicando algo muy distinto. Y eso es, precisamente, lo que como diseñador me produce una profunda sensación de oportunidad perdida con la ya más que comentada campaña de DMOCRACIA lanzada por el Gobierno para celebrar los 50 años de democracia en nuestro país.

No pretendo con este artículo, ni muchos menos, posicionarme políticamente. Al menos no en este artículo, porque nada tiene que ver con eso. La democracia no es patrimonio de ningún partido político. Celebrar cincuenta años de democracia es, o debería ser, motivo de orgullo colectivo. Es una conmemoración que pertenece a todos los españoles, piensen como piensen. Precisamente por eso, cuando una campaña nace con esa vocación integradora, resulta inevitable preguntarse si las decisiones tomadas han contribuido a reforzar ese mensaje o, por el contrario, han terminado proyectando una imagen diferente y generando malestar en la industria.

No entraré en la calidad profesional de quienes han participado. Tampoco en si un influencer debe cobrar más o menos por su trabajo. Cada profesional es libre de valorar su tiempo y su alcance. Lo que sí me preocupa es el mensaje que transmitimos como país cuando, según las cifras publicadas por diversos medios —y que todavía no han sido desmentidas con detalle por la Administración—, una de las creadoras de contenido podría haber percibido alrededor de 20.000 euros por participar en la campaña, mientras que, por ejemplo, el Premio Nacional de Diseño de Moda, entregado hace tan solo unos días y concedido por el propio Gobierno como reconocimiento a toda una trayectoria profesional, está dotado con 30.000 euros.

Diez mil euros de diferencia entre una acción promocional puntual y el mayor reconocimiento institucional que puede recibir un diseñador en España. Con el mismo pagador.

Tampoco cuestiono el valor del trabajo de nadie. Cuestiono las prioridades que parecen desprenderse de estas comparaciones. Porque también educamos con los símbolos. También damos ejemplo con aquello que decidimos premiar. Pero si algo echo verdaderamente en falta es que se haya perdido la ocasión de convertir esta campaña en un proyecto de país para la moda española.

¿No habría sido infinitamente más enriquecedor convocar un concurso abierto entre diseñadores? ¿No habría sido lógico contar con la Asociación de Creadores de Moda de España (ACME), con la que las instituciones ya han colaborado anteriormente en diferentes iniciativas? ¿No habría sido una magnífica oportunidad para poner en valor el enorme talento creativo que existe en nuestro país y convertir la celebración de la democracia en un escaparate internacional de nuestra industria?

Eso sí habría sido Marca España

Siendo sinceros, cuesta entender que una colección cápsula cuyo coste solo de producción supera ligeramente los 110.000 euros termine materializándose en unas prendas básicas, sin apenas desarrollo creativo y que, además, ni siquiera llegarán a comercializarse. Se trata de prototipos destinados al envío a prescriptores digitales, no de una colección concebida para generar industria, empleo o retorno económico.

Y aquí es donde hablo desde el oficio: no me corresponde juzgar intenciones políticas. Me corresponde hablar de diseño. Y, desde el diseño, cuesta encontrar un discurso creativo que justifique una inversión de esa magnitud. La moda tiene la extraordinaria capacidad de contar historias, de emocionar, de construir identidad y de generar patrimonio cultural. En este caso, sin embargo, el diseño parece haber quedado relegado a un mero soporte para una estrategia de comunicación.

Quizá por eso y, lamentablemente, la percepción que ha quedado instalada en buena parte de la opinión pública no sea la de una campaña en favor de la moda española ni siquiera la de una celebración de estos cincuenta años de democracia, sino la de una acción institucional dirigida a acercar la imagen del Gobierno a un público joven mediante perfiles con gran alcance en redes sociales. Error. Esa diferencia importa.

Porque cuando el sector creativo apenas participa, cuando no se consulta a quienes llevan décadas construyendo la moda española y cuando la conversación gira mucho más en torno a influencers, presupuestos y polémicas que al talento de nuestros diseñadores, algo falla. Y más en un Gobierno que dice llevar la cultura por bandera.

Rectificar siempre ha sido un ejercicio de inteligencia. Ojalá futuras iniciativas aprendan de esta experiencia y sitúen a la moda española en el lugar que merece: como industria, como cultura y como un gran motor de nuestro país.

Suelo huir siempre de la crítica pública, más si es política (esa mejor dejarla para la intimidad, al menos por ahora), pero esta vez como diseñador no puedo evitar pensar que esta campaña estaba llamada a celebrar algo que es de todos y, sin embargo, ha terminado pareciendo otra cosa. 

Muy lejos de la realidad del sector. Muy lejos de quienes lo sostienen cada día. Y, sobre todo, muy lejos de la magnífica oportunidad que existía para demostrar que la democracia también puede vestirse y enriquecerse de talento español. Insisto, rectificar (y aprender) es de sabios. También saber asesorarse. 

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