Opinión

El casting del Frente Amplio: del todo de Rufián a ‘Nada’ Colau

Ada Colau y Mónica García.
Ada Colau y Mónica García.
EuropaPress
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El presidente Pedro Sánchez lo ha vuelto a hacer, ha vuelto a sorprender a todo el mundo con la convocatoria de elecciones generales anticipadas. A todos menos al Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo, que, escaldado por la experiencia del año 2023, llevaba meses preparado para la gran batalla electoral, para la madre de todas las batallas electorales. Feijóo ha demostrado que nadie engaña dos veces a un gallego.

Los grandes damnificados por este adelanto electoral son los socios de gobierno de Sumar a los que no les ha dado tiempo a elegir a su candidato a la presidencia del Gobierno. Los partidos a la izquierda del PSOE tenían dos graves problemas ontológicos, además de su inveterado minifundismo político. Uno era encontrar un nombre atractivo para su nuevo proyecto político, el otro era encontrar a la persona que sustituyese a Yolanda Díaz al frente de la candidatura. Cuando habían resuelto el primer reto de una manera satisfactoria, Sánchez convoca elecciones con sus socios todavía enfrascados en una fase incipiente de su segundo desafío.

Escribía en otra columna mía el gran acierto que suponía la denominación de Frente Amplio, “que evoca al inolvidable Pepe Mujica, el político más sugerente que la izquierda ha ofrecido en décadas a los votantes de todo el orbe”. Pero el tremendo olfato político de Sánchez unido a su insuperable osadía política ha pillado a sus socios con el casting de elección de líder a medio hacer y las consecuencias de este retraso pueden ser letales para su formación.

Había un candidato natural, un candidato extraordinario, que solo tenía el hándicap de pertenecer a un partido independentista, pero que se dejaba querer y al que se le veía cómodo y feliz con la posibilidad de ser el nuevo Julio Anguita de las izquierdas patrias. Ese hombre era Gabriel Rufián, Robespierre Rufián, el primer jacobino indepe. Mis lectores se merecen que yo les confiese un sentimiento, una debilidad mía: a mí me encanta Gabriel Rufián. He dedicado muchos años de mi vida a la escritura de discursos políticos, a la oratoria y no tengo ninguna duda de que el noi de Santa Coloma es el mejor orador de las Cortes españolas. El diputado del partido del gigantesco president Tarradellas no solo comunica de maravilla, sino que ha creado un nuevo tipo de oratoria: la oratoria digital, la oratoria del siglo XXI. A la gran oratoria clásica, barroca, florida de un Emilio Castelar, le siguió la oratoria sobria, elegante, culta de un Antonio Cánovas del Castillo o de un Manuel Azaña y a esta le sucedieron años de oradores que mezclaban ambos estilos hasta que el diputado catalán empezó a hablar de otra manera y a ganarse la atención de los medios y de los ciudadanos. Gabriel Rufián habla despacio, con frases cortas, sin subordinadas, teatralizando sus intervenciones con brillantes golpes de efecto (el billete de cincuenta euros que le sacó a Míriam Nogueras en el debate de los decretos sobre la vivienda diciéndole que era la estelada de Junts per Catalunya fue sencillamente demoledor, y eso que Nogueras también se defiende muy bien verbalmente). El sucesor de Joan Tardá, otro gran portavoz de ERC en el Congreso, ha realizado otra aportación extraordinaria a la oratoria parlamentaria: la pausa. Las pausas de Gabriel Rufián son a la retórica lo que el maravilloso juego de espalda de Dani Olmo es al fútbol.

Gabriel Rufián ya no es aquel novato que realizaba performances con impresoras ni esposas, es un formidable político que encima tiene la valiosísima habilidad de arrasar en las redes sociales y llegar a la gente con una facilidad pasmosa. Solo le pierde, en ocasiones, la sobreactuación, como le ocurrió con Carlos Mazón, con el que fue tremendamente injusto, porque él sabía perfectamente que el presidente valenciano fue un irresponsable y un incompetente, pero no un homicida.

Descartado Gabriel Rufián para liderar el Frente Amplio, el problema es que las candidatas conocidas están absolutamente achicharradas y los candidatos que no están políticamente calcinados no los conoce absolutamente nadie. Unos hablan de Irene Montero, si hubiese una confluencia con Podemos, la dificultad insalvable es que la Rosa Luxemburgo de Galapagar está desde hace mucho tiempo profundamente marchitada. Otros citan a Mónica García, pero una ministra de Sanidad  con un conflicto permanente con los médicos no parece ser poseedora del  carácter y del mejor recetario para recabar apoyos y aunar voluntades. Por último algunos han resucitado a Ada Colau, la peor alcaldesa de la Barcelona democrática según el diario Ara, que no es precisamente el periódico favorito de Macarena Olona. Asusta pensar que Colau le pueda hacer a España lo que le hizo a Barcelona.

Los ministros Pablo Bustinduy y Ernest Urtasun aparecen también en las quinielas. El problema es que, teniendo ambos perfiles estimables (tanto profesional como humanamente), son menos conocidos por los españoles que las virtudes futbolísticas de Dani Ceballos por el Bernabéu. Y así llegamos al último candidato al que yo veo con posibilidades de liderar este Frente Amplio, del que tenemos la certeza de que será un frente, pero no de que vaya a ser amplio. Se llama Emilio Delgado, es el portavoz adjunto de Más Madrid y para mí es la gran revelación política de la política española de los últimos meses. Gabriel Rufián piensa lo mismo que yo. Emilio Delgado es savia nueva, tiene una dialéctica fresca y temible y sobre todo una vida coherente con los valores que ensalza y predica la izquierda. Para mí sería un gran candidato y estoy seguro de que más pronto que tarde va a tener mucho protagonismo y va a dar muchas tardes de gloria a la izquierda madrileña y española.

Salvo que se produzca el milagro de que el catalán Gabriel Rufián o el mostoleño Emilio Delgado encabecen la candidatura del Frente Amplio, auguro una hecatombe electoral histórica, pero no del tipo de las que disfrutaban los héroes griegos tras sus sangrientas batallas. Si la izquierda de la izquierda no acierta con su candidato esos votos apoyarán masivamente a Pedro Sánchez. El político más “amado” por las derechas españolas en cincuenta años de democracia se llevará todos los votos de la izquierda y la extrema izquierda española. Otra cosa son los votos del centro izquierda que serán los que si se abstienen darán la Moncloa a Feijóo y si se movilizan, por la aversión que les produce Vox, nos darán una noche electoral apasionante. En todo caso solo una cosa está clara: la única esperanza de las izquierdas para impedir la pronosticada, probable y posible victoria de Feijóo se llama Pedro Sánchez. Las izquierdas españolas se han entregado ya rendidamente al marido de Begoña Gómez y a la poesía de T. S. Eliot: “Usted es invulnerable, no tiene talón de Aquiles. / Seguirá adelante y cuando haya vencido / podrá decir: en este punto han fracasado muchos”.